Los chicos de los guardapolvos negros

Me asomé al mirador de mi casa y vi pasar a dos chicos posmodernos, más altos que la media y vestidos con larguísimos guardapolvos negros. Venían de la estación de tren de mi pueblo y se dirigían a la zona de los bares. De eso hace ya mucho tiempo. Tanto tiempo como de aquí a mi Bachillerato. El caso es que, en cuanto los vi, supe para qué habían hecho el viaje. Uno, para pedirme salir. Y el otro, para infundir ánimo a su amigo y consolarlo si recibía calabazas. Que las recibió, por cierto. De aquel día recuerdo perfectamente que agradecí al destino haberme empujado hacia la ventana justo en el instante en que aquellos dos compañeros del Instituto Benjamín de Tudela cruzaban mi calle. De esta forma, antes de que me llamaran podía pensar en algunas palabras amables que sirvieran tanto para rechazar proposiciones de amor como para hacer amistades de por vida. Y aunque no tuve mucho tiempo para unir frases de Pulitzer, sí el suficiente como para hilar unas buenas razones. Enseguida sonó el teléfono y, quince minutos después de colgar el auricular, ya estaba sentada frente a él en la mesa de un pub. Su amigo, muy discreto, se había quedado apoyado en la barra, guardando las espaldas a su colega. A mí, la verdad, todo aquello me daba un mal rollo tremendo, pero al menos tenía un discurso hilvanado que ofrecer al pretendiente y eso me infundió cierta tranquilidad. Así que, para resumir, escuché la declaración de aquel chico de COU con atención y, en cuanto terminó, le solté un fantástico no. Uno de esos noes que quedan estupendamente en cualquier rincón de la casa. Un rechazo que no deja cadáveres en la alfombra. Vamos, que salí de ahí como una campeona. Y aunque algo sí que me temblaban las piernas, no quiero ni pensar cómo hubiera afrontado aquella situación si llega a cogerme de improviso, sin haberme preparado una respuesta de señorita. Por eso, entiendo muy bien cómo debe estar el alcalde de Santa Cruz con el lío político montado tras el accidente de la Gala del Carnaval y las batallas internas de sus socios socialistas. Para mí que a él también le hubiera gustado asomarse a su ventana y ver cruzar la calle a sus concejales Florentino Guzmán, Julio Pérez e Hilario Rodríguez, vestidos con guardapolvos negros. Posmodernos y más altos que la media.

Impactos


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Hace 15 años, cuando me instalé en la capital tinerfeña, todavía llegaba La Vanguardia a los quioscos. Yo solía comprarlo los domingos junto a un par de rotativos más y tomarme un café mientras leía las noticias internacionales, las únicas que consumía con inconfesable placer. Como ejemplo del deleite sólo diré que este ritual me dio tan fuerte y me llevó tan lejos, que incluso mi humor llegó a depender de él. Desgraciadamente, poco después La Vanguardia dejó de llegar a Santa Cruz y a mí se me fueron las ganas de seguir con el ceremonial. Me da cierta pena pensar en aquellos días porque, entre otras cosas, la única portada que he arrancado en mi vida para guardarla fue precisamente una que brindó al mundo ese periódico catalán el domingo 11 de abril de 1999 en su Revista. Y es que, a veces, no sé muy bien por qué, algo que apenas roza a los demás, impacta de lleno en otros y se queda de por vida. Y justo eso es lo que me ocurrió con esa primera página, ocupada en su totalidad por una secuencia de dos fotos y el titular: “Nunca más”. El primer “nunca más” que me atravesó el cerebro. Por aquel entonces, en Europa la guerra se centraba en los Balcanes y La Vanguardia apostó por la imagen de un padre en lágrimas y su hija momentos antes de que tomaran un avión rumbo a Turquía, como miles de refugiados más. Aquellas dos fotografías me cortaron el desayuno y el día, y fue cuando decidí guardar la página. Catorce años después, esta semana he sentido algo parecido al saber del desmayo de una joven en Santa Cruz debido a que llevaba varios días sin comer. Con su hijo de dos años de la mano, la mujer se desplomó en la avenida del Carmen, dejando impreso allí mismo su decoro y timidez. Dicen que le daba vergüenza pedir. Y a mí eso me ha tocado de veras. El caso es que entre aquel 11 de abril del 99 y esta semana se acumulan millones de crímenes en el mundo. Miles de millones de desgracias. Sin embargo, ha sido la noticia de esa joven la que me quitó ayer el deseo de terminarme el café. No sé la razón. Lo que sí sé es por qué me ha sentado mal el cortado de hoy, cuando he leído la reacción de la concejal de Servicios Sociales animando a las personas a que no tengan vergüenza de pedir ayuda. Un discurso de nivel.

Como tiza en suspensión

Los domingos en Santa Cruz son de los que bajan persianas y suben el volumen de la televisión. Son de esos tipos que van en pijama del salón a la cocina o, como mucho, en chandal del salón a la azotea. Y en invierno empeoran. Con el frío, esos mismos domingos son de sofá y manta, de dolores posturales y hasta de un cierto mareo de desánimo que hace vomitar bostezos. Y, la verdad, no sé de dónde les viene esa apatía, ya que ni siquiera pueden argumentar resaca de los sábados, que son días con un ostracismo similar. En general, los sábados y domingos chicharreros sólo hermanan efímeras alegrías durante las mañanas: los primeros a base de disponibles escaparates en línea, y los segundos a golpe de rastro y mercado. Pero al llegar la tarde, todo calla. El pulso se desvanece y la vida queda como tiza en suspensión, con la pizarra borrada y los pupitres vacíos. El Ayuntamiento de Santa Cruz de Tenerife lleva empeñado en animar los fines de semana año tras año, gobierno tras gobierno, en la riqueza y en la pobreza. Pero por mucho que lo intenta, fracasa. Y es una frustración que entiendo bien porque yo también me he quedado mil veces enredada en literatura. Y esa manía, mal usada, entumece los huesos. Así que, tal y como yo lo veo, los planes estratégicos por los que se desliza cándidamente la ciudad son sólo carne de estantería. Únicamente sirven para entretener al lector cada cierto tiempo. Por ejemplo, a la idea municipal de crear una bolsa de locales para alquilarlos o venderlos a los comerciantes que se comprometan a abrir los sábados por la tarde le faltan números. Cuentas, vamos. Y a mí, o me ponen cifras por delante o ni me molesto en considerar propuestas. Pero, en general, así son los planes estratégicos. A todos les suelen faltar matemáticas. El único número que aportan es el plazo para hacerse realidad. Y en el caso del de Santa Cruz, la cosa va para 20 años como mínimo. Para entonces, todos viejos. Así que, en realidad, la recomendación de los expertos de especializar la capital en turismo de mayores no es un mal consejo. Es, quizás, el más acertado de todos.

Sin conspiraciones

 

Escopeta de caza. Foto: Javier Rincón Borobia.
Escopeta de caza. Foto: Javier Rincón Borobia.

Han pasado miles de años ya y todavía me acuerdo de la cara que puso la enfermera cuando salió de una de las consultas del Hospital de Pamplona y se dirigió directamente a mi padre, que por aquel entonces aún me podía llevar en brazos. “Señor, tengo que preguntarle si su hija come caza”, dijo mientras la pobre mujer parecía pensar, como de propina: “Y por el bien de la niña espero que la respuesta sea que sí”. Mi padre, extrañado, ejercitó ceño y contestó: “Es que soy cazador”. Y así fue como supe por primera vez en mi vida a qué saben los suspiros de alivio de un médico. “Entonces, los puntos que se ven en la radiografía de Sol van a ser perdigones. Ya los expulsará”, se desahogó el profesional. Y, efectivamente, lo eran. Mi relación con cartuchos, balas, balines y perdigones es más profunda de lo que uno se puede imaginar. En casa siempre había, como mínimo, un buen par de escopetas, e incluso algunos de mis amigos pescaban ranas a tiros. De hecho, hubo un tiempo en que a mí también me dio por las armas. Tengo un premio que lo certifica. Una copa, concretamente. Pero el antojo duró poco. Tan poco como la guitarra, el microscopio y el bádminton. Todo este pasado me viene a la memoria por el hallazgo en Santa Cruz de un considerable número de cartuchos, balas, casquillos y trozos de pistola en plena calle Pilar, algunos en el suelo y otros en un contenedor. Y, como buena hija de cazador, puedo permitirme el lujo de considerar este descubrimiento, además de como un evidente motivo de preocupación, como una especie de consuelo al saber que entre las piezas hay cartuchos sin disparar. Porque, con lo caro que va el kilo de munición, el que alguien se haya deshecho de ella es, así a bocajarro, una especie de señal de paz. Y si he decidido agarrarme a esta teoría es porque es la menos conspirativa y, además, me permite pasar por ella como cuando de niña tragaba codornices: sin apenas masticarlas. De los detalles que se encarguen los profesionales. Ya que, para ser sincera, no dudo que tras este hallazgo también pueda haber algún perdigón perdido. Pero para eso están los Rayos X, que lo ven casi todo.

Creando comunidad

Las personas que habitan la vieja fábrica de Celgán equilibran su subsistencia mancomunando comida, esfuerzos y malos tragos. Con especial empeño en dignificar sus vidas, adecentan refugios en torno a un patio confederado, apto para trapichear con conversaciones de todo tipo y condición. De problemas andan bien servidas, pero al menos han encontrado cemento bajo el que calentar café y recibir visitas. En definitiva, los habitantes de este lugar sacan el máximo provecho a una arquitectura malparada y afligida por los avatares del tiempo. Una arquitectura que les ha ayudado a pasar la mala racha, pero que desgraciadamente ha terminado por sucumbir, dejando al descubierto la amargura que ha escondido todos estos años. Así, el hundimiento parcial de una de las plantas ha saltado a las páginas de los periódicos como el síntoma que faltaba para poner remedio urgente a la vida que duerme allí. Sin embargo, a mi me da que ese desplome no llega en un buen momento. Y no lo hace porque la opción más inmediata para las víctimas es el albergue municipal. Y, como todos saben, al albergue se le describe en los libros de Historia como un punto y final. Una descripción muy diferente a la que detalla la existencia en la antigua fábrica de yogures, salpicada de verbos como arreglar, construir, pintar, repartir, iluminar, calentar, señalizar, animar, mediar o limpiar. Y una reseña que aglutine tanto infinitivo de buen ver se merece encuadernación de tapa dura. De las personas que conviven allí sólo sé que hay una a la que le gusta leer y que daría lo que fuera por tener luz eléctrica con la que atacar la pila de textos que colecciona en su cobijo. También conozco a otra que anda de aquí para allá organizando a la comunidad vecinal y, de paso, poniendo en orden las opiniones de la sociedad chicharrera, no sea que descarrilen hacia el lado equivocado. Y el orden al que me refiero va más o menos así: nadie allí quiere seguir como está; a todos les gustaría trabajar para pagar un alquiler; y, finalmente, no van a acatar órdenes de amargo sabor a albergue. Y habrá que acostumbrarse a este tipo de fe. Sobre todo, porque a la crisis aún le quedan años.

Romper la porcelana

Santa Cruz se despereza entre porcelana. Y eso, voto a Dios, no es desperezarse de verdad. Eso es, de toda la vida, pura retórica. Y, como todo el mundo sabe, la retórica viene bien para ciertas pócimas, pero cuaja de pena cuando hay que afrontar la hora de la verdad. Es más, según mis cálculos, la poética es una estrategia de ciudad lánguida: no soluciona problemas, pero crea la ilusión de que sí lo hace. Sé de lo que hablo. Yo me he metido en muchos problemas por perseguir versos, y sobre este asuntillo tengo que decir que las rimas sólo dan para ir tirando una temporada. Después, lo mejor es ponerse a trabajar. Sin embargo, la capital chicharrera aún parece remolonear en sus ideales. Por ejemplo, lleva soñando con el mar una eternidad. Concretamente desde que alcanzó la edad de enamorarse. De hecho, cuando yo la conocí en los 90 ya estaba metida en estos líos de faldas. La recuerdo perfectamente algo tímida en su coqueteo, pero segura de su propósito. Con un poco de rubor frontal cuando hablaba de abrirse al océano, pero firme sobre sus tacones. Efectivamente, Santa Cruz fantaseaba con el mar y yo la creí. Y al calor de su fantasía se hicieron proyectos y se abrieron debates. Se tantearon inversores y se facilitaron titulares de periódico. Pero los años han pasado y aquel sueño de playas y paseos de orilla aún anda en trance, como sonámbulo en su quimera. Más tarde, cuando la ciudad tuvo edad para emanciparse y empezó a ganarse la vida, le dio por cuidarse a lo grande. Y en su plan de belleza sobraba la refinería. Así que se armó de valor, soltó sus lamentos sin cortarse un pelo, y en un abrir y cerrar de ojos las calles se convirtieron en campamentos de promesas y plazos que, finalmente, tampoco han terminado por encajar. Por todo esto, el plan que ahora exponen los expertos para encauzar Santa Cruz me suena a viejo, aunque también a inevitable. Mejorar el litoral y desplazar la refinería es como escribir sin faltas de ortografía. Es lo mínimo exigido en esta escuela. Pero, claro, ahora hay que subir nota. Y para eso, o se pierde el miedo a romper la porcelana, o esto se queda en nada.

‘El caso de Santa Cruz’

La historia que voy a referir la novelo a vuela pluma, como apunte en sucio o testamento hecho en el último minuto. Incluso el título que propongo no es de mi cosecha. Se lo he copiado a Manuel Parejo, que por aquel entonces era concejal de Planificación Territorial y Urbanismo de Santa Cruz. Así que para él van todos los derechos. Una vez aclarado esto, lo mejor es empezar ya. El caso de Santa Cruz: Mediaba el año 2003 y la ciudad olía a calor y vacaciones. Era, para concretar fecha, julio. El lujoso crucero Oceana acomodaba sus 285 metros de eslora en el puerto y la capital chicharrera andaba agobiada apagando pequeños incendios sin mucha gravedad, 17 en total según informó la Policía Local. En definitiva, nada en el ambiente hacía pensar que algo podía salir mal. Pero, como en cualquier crónica que merezca la pena, lo hizo. Todo comenzó la mañana en la que Manuel Parejo anunció que el Ayuntamiento había adjudicado a la empresa Corporación 5 la elaboración del Plan Estratégico de la capital por algo más de 150.000 pavos. “Lo importante es que la propuesta de Corporación 5 se adapta al caso de Santa Cruz”, explicó el concejal. Y aunque entonces se dio por entendido que a lo que se refería era a la escasez de territorio y a la lejanía del continente, El caso de Santa Cruz comenzó a desgranarse realmente dos años después, con el apremio de la caducidad de los plazos y la obligatoria fuga de titulares. De esta forma, el plan estratégico desveló que a Santa Cruz se le caía la economía y se le desinflaba el liderazgo. Apuntaba que mientras Las Palmas “tiene voluntad de imponerse”, la ciudad chicharrera “sólo tiene mentalidad de supervivencia”. En cuanto a las soluciones, Corporación 5 aconsejó siete del estilo: diversificar la economía, convertir a la capital en un potente destino turístico, apostar por la cultura y respetar el territorio. Así que, con estas propuestas de a 21.430 euros el kilo, a muchos concejales les dio por pensar que se les había tomado el pelo. Por eso, 10 años después de aquel verano, la capital va por su segundo plan estratégico. Espero que esta vez gratis, o casi. Porque lo dicho hasta ahora tampoco es nuevo. Lo nuevo es que se hiciera realidad.

La casa

Amigo Cristóbal, gracias a ti ya tengo al fin un lugar en Santa Cruz donde dejar a la bella y arrogante Estella. Me orientaste hasta allí para mostrarme cómo muere la alta alcurnia chicharrera, pero lo que me encontré fue el capítulo XXIX de Grandes Esperanzas. Y tengo que decir que, hasta ahora, es el mejor sitio que he visto en la ciudad para poder escenificar los amargos desprecios que espabilaron a Philip Pirrip. La casa de la que me hablaste pasa, efectivamente, desapercibida. Y si juega tan bien al despiste es porque su decadencia crece intramuros y habita la orilla menos transitada de la rambla, dos ventajas impagables a la hora de fenecer en privado. La agonía de Estella también me la imagino así, muy de puertas para adentro. Pero, dejando al lado Dickens, si como dices esa casa es otro ejemplo del azote de la crisis económica en Santa Cruz, opino que merece al menos un pequeño réquiem por lo perdido. Porque cuando pienso en la rambla de la capital tinerfeña, siempre la pienso escorada hacia el lado de las mansiones. Esa hilera de magníficas casas fue de lo primero que me llamó la atención cuando me instalé aquí, hace 14 años. E, inevitablemente, cada vez que camino por ahí, termino resbalando hacia ellas, más que hacia el Parque García Sanabria o hacia el ancho paseo peatonal de las tinajas. Nunca las vi muy de cerca, porque no es posible abarcarlas con tranquilidad si no es desde la rambla, pero sí lo suficiente como para darme cuenta de que algunas adolecen de depresión. Lo que no sabía es que también las hay que ya están como la de Havisham en sus peores momentos. Siguiendo tu teoría de los estragos de la crisis en familias santacruceras de abolengo, la casa de la que hablamos es, efectivamente, un buen ejemplo. La recesión ha oxidado las dos puertas de entrada al edén y las ha amarrado a unas cadenas que parecen hechas para transitar por la eternidad. Las hierbas del jardín apenas dejan ver la fachada de la vivienda, que asoma ladrillo amarillo en lo alto de un sendero. Las ramas de los árboles desfallecen secas. Las piedras del camino son ruinas y derrumbe. Tal vez un día fue prado, pero ahora es pura selva. Es tan sombría que, si alguien cayera dentro, se levantaría siendo Estella.

Un final para Valleseco

Ahora que a la editorial Alba le ha dado por reintegrarme las ganas de leer Orgullo y Prejuicio, me vienen a la memoria los pulsos a muerte que he mantenido a lo largo de mi vida sin otro desagravio como excusa que la corazonada. La corazonada es mi primera versión de la certeza. Y, según lo veo yo, esa manía me llega de muy atrás, concretamente de la cuarta columna de mi biografía: los Castro. Columpiarme en ese apellido siempre es un placer, sobre todo porque garantiza finales felices, al puro estilo Bennet y Darcy. Pero también requiere un constante esfuerzo para mantenerlo a raya, no sea que se desboque definitivamente y acabe con toda la vajilla. En resumen, me manejo como puedo por ese cuarto eslabón de mi identidad, adaptando los pulsos que voy echando por la vida al único objetivo que merece la pena: un buen desenlace. Y entre todos los grandes desenlaces a los que he asistido recuerdo uno en particular: el que me reconcilió con la costa de Valleseco. Esta zona de Santa Cruz de Tenerife se cruzó conmigo a finales de los 90 y apenas la vi me dio dolor de cabeza. La primera impresión con la que certifiqué mi desaire se componía de incómodos guijarros, algunas pintadas, ciertos olores, y una arquitectura en coma. Sentí aquel lugar alejado de todo, inconveniente, anacrónico y desconcertadamente orgulloso en su ostracismo. Y así fue durante algún tiempo. Un tiempo de largas sentencias inapelables. De críticas y desprecios. Así fue, hasta que lo conocí de verdad. La metamorfosis llegó obligada por la profesión, cuando un día saqué boli y libreta y empecé a hilvanar relatos llegados de Valleseco. Relatos sobre chapuzones en el mar, juegos en la orilla, jornadas de pesca y meriendas comunales. Relatos sobre el arte del cambullón y el reinado de la solidaridad. De repente rompí relación con recelos y petulancias y me afilié a la lucha por una playa digna y a la nostalgia que abrillanta las paredes de las dos carboneras que aún resisten en la zona. Esas carboneras que finalmente han sido reconocidas como Historia, completando así el final feliz al que está destinada la costa de Valleseco.

Sin ídolos por aquí

La primera vez que agité el árbol de los mitos, tres o cuatro cayeron al suelo. Fue un golpe tremendo, desde luego, pero son cosas que se superan pronto si te cogen a la edad apropiada.Y a mí, menos mal, esos despeñamientos me pillaron con el casco puesto.Van un par de ejemplos. A los 20, mis amigas y yo convulsionábamos por Enrique Bunbury. En aquella época, Zaragoza entera olía a él y cualquiera con buen olfato se veía obligado a seguirle el rastro. Nosotras no fuimos menos. Con las narices despejadas y la fe en lo imposible, lo aupamos tanto que acabamos por verlo como la torre del conocimiento, naturalmente pelirrojo, eternamente en verso. Somatizamos su mirada, memorizamos sus canciones y nos extenuamos en sus conciertos. Pero no mucho más tarde de aquella fiebre, la vida me sentó a su mesa en varias ocasiones y eso supuso el fin de la estima. Sin embargo, mi decepción favorita no va de personalidades, sino de cafeína. Acababa de comenzar el XXI y yo iba camino de la treintena y de Madrid, este último destino por placer. Holgada de compromisos y de equipaje, al llegar a la capital de España decidí que la mejor forma de celebrar el día era tomándome un cortado donde antes se lo tomó la Generación del 27: en el 21 del Paseo de Recoletos. Me equivoqué. A los cinco minutos de estar allí, el aura del Café Gijón se convirtió en galerna, con más rudezas que sonrisas, y aquel sueño se desplomó a peso. No volví más. De hecho, no volví a pensar en ese lugar hasta anteayer, cuando uno de esos obtusos camareros le cobró a un amigo 8,20 euros por dos cafés. “Yo quería respirar un trozo de historia y he muerto asfixiao”, colgó en su Facebook. De esta forma, el mito bohemio del Café Gijón murió oficialmente el día de los enamorados de 2013, a las 12:35 horas (hora peninsular). Por fortuna,  Santa Cruz no va de ídolos ni de mitos, más allá del sol. Y ni siquiera cuando sale un día nublado se palpa mucha desilusión en el ambiente. En cuanto a estrellas del rock, esta ciudad no da para andar por esos cielos. Y en lo que se refiere a locales de tertulias de renombre nacional, tampoco soy capaz de enfocar ninguno ahora mismo. Eso sí, los precios de las sobremesas chicharreras son más llevaderos. Yo me monto una todos los días por 0,70 euros la taza.

Día de los enamorados

Nunca he visto a Santa Cruz mojar sus pies en SanValentín. No sé si, llegado este día, la ciudad organiza bailes, coloca adornos en las calles o discurre otro tipo de tretas que a medianoche la conviertan en balada. Pero es que yo crezco al margen de ese santo. Y aunque me doy cuenta de que cada 14 de febrero los supermercados venden fresas en recipientes con forma de corazón, lo cierto es que siempre he andado bastante distraída por esta fiesta anglosajona, a la que conozco de encontrármela de vez en cuando en las películas. Pero cada uno asume el romanticismo a su modo. Los comerciantes, por ejemplo, más que asumirlo lo explotan. Flores, tarjetas, joyas, lencería y bombones se hacen fuertes en los escaparates del centro e intentan engatusar a los consumidores garantizándoles onomatopeyas de amor al final del día. Sin embargo, este año parece no haber suerte. En la capital tinerfeña ya no se vende como antes, a granel. Más bien se despacha a cuentagotas. Las parejas de la crisis se apañan con un leve –casi etéreo– detalle y la promesa de algo extra para más tarde, cuando los demás duerman. Inevitablemente, los enamorados en paro vuelven a las manualidades, a las jornadas temáticas en el dormitorio y a los paseos por el García Sanabria o Las Teresitas. Para mí que la cosa mejora. Aunque, claro, no desde el punto de vista del comercio de Santa Cruz, que además tiene que encajar San Valentín con la extenuación que imprime el Carnaval en los bolsillos de los chicharreros, por mucho botellón que se haga. Porque esta ciudad hermana el amor con la mascarada y eso es mucho desgaste. Las atracciones de la fiesta cuestan lo suyo, lo mismo que los churros con chocolate, las papas locas y los perritos calientes de madrugada. Así que, en esta capital, a San Valentín se le recibe acorde con los tiempos que corren: en riguroso orden de preferencia. Y aquí, entre gastar en Carnaval o invertir en tradición anglosajona, se sigue optando por lo primero. Si bien, hay veces que los planetas se alinean, las estrellas se fugan y las brujas conjuran para que del Carnaval surjan las más bellas historias de amor. Que eso también es posible.

No es como Beirut

A lo largo de la vida no queda otro remedio que asistir a toda clase de sueltas de palabras. Y, por desgracia, muy pocas veces son respetables o inspiran ideales. Más bien al contrario: lo habitual es que, en cuanto se ven libres de ataduras, desafinen melodías o cojeen a mitad de carrera. Y es que a la hora de liberar discursos hay que andarse con cuidado. Lo mejor es soltarlos en zonas bien iluminadas y, sobre todo, con un rumbo previamente pensado. Si no es así, es preferible criar palabras a imagen y semejanza de las corbatas de Arturo Pérez- Reverte, sobrias y estrechas, para luego dejarlas reposar antes de servirlas. Pero estas son cosas que se aprenden a golpe de lectura y reflexión, que es una de las maneras más aceptadas para andar por el mundo con un poco de sentido de la orientación. Y es por esto último precisamente por lo que no veo el acierto de comparar el estado en que se encuentra el acceso del Puerto a Santa Cruz de Tenerife con las ruinas que aún se ven en Beirut. No porque el muelle por donde entran los turistas no tenga que ser embellecido, sino porque Beirut sangró una guerra civil de continuos bombardeos que le da cierto derecho a recuperarse a su ritmo. Así que el responsable de la Sociedad de Desarrollo del Ayuntamiento chicharrero tendría que haber escogido otras palabras para describir el aspecto del muelle. Otras más rumiadas. Otras que al menos no simplificaran tanto el recuerdo de una ciudad herida. Por ejemplo, hubiera quedado más respetable contar en bruto y sin rodeos los traspiés que tienen que dar los visitantes cuando desembarcan en la capital. O también podría haber informado sobre los recovecos por los que tienen que encoger estómago y aguantar la respiración hasta dar con las tiendas y los museos. En definitiva, con cuantificar metros, socavones y vallas metálicas hubiera bastado para hacernos una idea de lo mal que está el preámbulo de la ciudad. Porque está mal. Eso es indiscutible. Mal y en obras. Pero de ahí a hermanarlo con Beirut hay un universo entero de diferencias. Sobre todo, porque la capital del Líbano anda mejor de paseos marítimos y yates de lujo que la capital tinerfeña. Vamos, que le da cien mil vueltas.

Santa Cruz abre el telón

A Santa Cruz se la puede entender de muchas maneras. Una de mis preferidas es cuando se convierte en escenario. Cuando eso pasa, la vida parece más cómoda. Sólo hay que sentarse y observar lo que ocurre encima de las tablas. Eso es todo. Desgraciadamente, esta ciudad se repliega muy pocas veces. En muy raras ocasiones exhala resignación. Casi nunca reniega de ser contenido para transformarse en continente. Muy al contrario. Siempre protagoniza datos que criticar y chismes a los que atender. Sin embargo, hace dos meses me dio uno de esos escasos momentos en los que relaja pulsaciones y se deja hacer. Hace dos meses, la capital tinerfeña cerró su boca y se limitó a ser escenario de alcaldes. De los 88 alcaldes de Canarias. Y eso eclipsa mucho. Tanto como 88 arcas públicas semivacías; 88 poblaciones con parados, desahuciados y dependientes sin recursos; 88 sacos de problemas. En resumen, la Federación Canaria de Municipios celebró aquí su Asamblea General, y varios taxis y coches de oscuro porte oficial treparon por la empinada 25 de Julio para dejar a los 88 representantes municipales en la puerta misma de la sede de la Federación. Fue todo un acontecimiento ver pasar por ahí los quebrantos económicos y sociales de Telde, Tacoronte, Puerto del Rosario, Alajeró, Breña Alta, Haría, El Pinar… Y así hasta completar el teclado de un piano. Los mandatarios subieron las escaleras con las cuentas claras y el indeleble porvenir de sus municipios grabado a sangre, y se sentaron a debatir la situación económica, que viene envuelta en curvas. Reunidos en una sala, tal vez con algún refrigerio que echarse a la boca y alguna bebida con la que tragar saliva , 88 mentes políticas depositaron sus encargos, aprobaron lo que tenían que aprobar, y se volvieron por donde habían veni- do. Eso sí, cada uno se marchó con su regalo de Navidad, cortesía de la Federación. Y como, en definitiva, la Federación somos todos, pregunté sobre el obsequio.

– “Es un maletín”, me informaron en recepción.

Minutos después, los alcaldes fueron saliendo uno a uno con sus maletines en mano y la certeza de que 2013 será un año malo. Y Santa Cruz bajó el telón.

Rubalcaba estuvo aquí

A Alfredo Pérez Rubalcaba le tocó la última de Luis Bárcenas en Santa Cruz de Tenerife, lejos de su zona de confort. Y a tenor de las veces que cambió su agenda en la capital tinerfeña, sospecho que hubiera dado gran parte de su izquierda por que los titulares del día le hubiesen cogido desayunando en Madrid. Es normal. Cada uno se apaña mejor en su casa, que es donde todo queda a mano y, si es absolutamente necesario, donde todo queda también a un tiro de piedra. Sin embargo, el escándalo del Partido Popular le pilló en el Atlántico. Así que no tuvo otro remedio que lucir en tierra chicharrera esa semiótica tan suya de gestos apaciguadores y hombros ligeramente inclinados hacia adelante, como cura confesor o maestro veterano. De esta manera, y aunque adelantó su vuelo unas cuantas horas para regresar pronto a la Península, el líder del PSOE empezó a esculpir la belleza de la derrota ajena desde la sede que sus compañeros tienen en la avenida Islas Canarias de la ciudad. “Las agendas han saltado un poco”, encajó en su disculpa el secretario general de los socialistas canarios, José Miguel Pérez, por el incordio causado a los periodistas con tanto cambio de horas. Pero, claro, es que los acontecimientos sucedidos “tienen que ver con un interés general de la política”, añadió. Lo entiendo. Es más, el interés es mutuo. Y es que a la gente que no anda en la gestión de lo público tampoco le suelen sentar bien destapes como los publicados. Sobre todo, si se producen en zona de crisis. Por eso, a  Rubalcaba se le encogió la agenda de repente y tuvo que sacar atril y compostura en Santa Cruz, desde donde se dirigió a España entera. Y como él se baña en estas aguas desde el principio de los tiempos, no le costó nada cargar peso en la chepa, adelantar las manos, moderar la voz, contener el rostro y, finalmente, lanzar un muy sentido beneficio de la duda, que siempre viene de perlas para amortiguar golpes. Un rato después, puso rumbo a la capital del reino. Porque Santa Cruz no está mal para empezar, pero si hay que seguir a lo grande, con peticiones de dimisión y todo, mejor hacerlo allá donde se cruzan los caminos, donde el mar no se puede concebir.

Sesiones urbanísticas

Santa Cruz asomó cabeza en el siglo XXI con aspiraciones urbanísticas espabilándole el sueño. Desempolvó solares con apellidos de arquitectos internacionales. Avivó inversiones con proyectos que tenían por objetivo magnificar barrios y enorgullecer almas. Se miró al espejo y se imaginó diferente. Se esbozó más joven, más dinámica, más ambiciosa, más alegre, más admirada. Yo recuerdo bien esa Santa Cruz. Esa capital que de repente se desperezó a base de urbanismo. Esa ciudad que comenzó a dar titulares de gran prestancia y a llenar páginas de periódicos con kilos de arquitectura. Los primeros años del XXI fueron años en los que aprendimos a pronunciar el nombre de Dominique Perrault, pusimos cara a Jacques Herzog y a Pierre de Meuron, descubrimos a Alejandro Zaera-Polo y volvimos a ver a Santiago Calatrava trastear por Cabo Llanos. También nos aplicamos lo nuestro para saber reconocer las diferencias entre un anteproyecto, un proyecto básico y un proyecto de ejecución. Fue todo un esfuerzo de asimilación. Un entretenimiento continuo que consistía en crear ciudad, pensar ciudad, hablar ciudad. Sin más, a los periodistas nos cayó encima la responsabilidad de traducir inspiraciones y anhelos, y edificamos con letras un World Trade Center, una catedral chicharrera, una enorme playa en pleno centro de la ciudad, un puerto para cruceros y yates de lujo, un litoral de kilómetros y kilómetros de ocio y esparcimiento. Incluso el Ayuntamiento empezó a celebrar el Día Mundial del Urbanismo cada 8 de noviembre, y sus responsables viajaron a París, Basilea, Londres y Nueva York para tomar apuntes. Definitivamente fue toda una experiencia pasar por aquel parto de ideas y visionados, y estuvo bien asistir a aquellas sesiones de grandes documentales urbanísticos. Sin embargo, hacer ciudades también supone otras muchas cosas. Por ejemplo, la rehabilitación que se está llevando a cabo en el barrio de Miramar con el asesoramiento de estudiantes de Ingeniería de la Edificación y Trabajo Social. Universitarios cuya misión es la de formar a los vecinos e implicarlos y responsabilizarlos en esa reforma. Porque, al final, la ciudad es la convivencia entre sus ciudadanos. Y eso se solía hacer con los pies en el suelo.

Lo que cabe en un paréntesis

Como la tendencia general suele ser estirar la vida en sentido ascendente lo máximo posible, aconsejo practicar la construcción de paréntesis como un salvoconducto hacia la superficie. La colocación de paréntesis en cualquier crónica personal es un arte difícil de dominar, pero tan necesario como coger aire. En mi caso, muchos de los que he logrado encajar en mis párrafos me han proporcionado la felicidad. Otros, sin embargo, lo único que me han dado es un respiro. E incluso ha habido algunos en los que sólo he encontrado una silla donde acomodar el mal tino. Pero, en definitiva, son lo mejor que hay para romper tendencias. Y, además, un paréntesis puede ser cualquier cosa que huela a decisión: un viaje, un trabajo, una investigación, otra carrera, otra persona. Cualquier cosa. Por ejemplo, una de las acotaciones más sonoras que acomodé en mi biografía fue el abandono de mi profesión por nueve meses de cerveza negra, música celta y leyendas de Michael Collins. Con mi espalda y mis pies apoyados en los dos extremos cóncavos de la pausa irlandesa, me dediqué a observar costumbres y a ralentizar los días. Pero los paréntesis sirven para lo que sirven, que suele ser para poder continuar luego con la rutina; y duran lo que duran, que es más bien poco. Lo normal es abrir uno para meter cosas dentro y cerrarlo mucho antes de que aquello empiece a tomar la forma de doctorado. Aunque, a veces, sucede eso mismo. Sin ir más lejos, mi estancia en Tenerife pasó por esa metamorfosis que convierte la expresión en mandamiento. Y es que las cosas vienen como vienen, y en ocasiones no diferenciamos un intervalo de un comienzo. Por ejemplo, la amenaza del alcalde de Santa Cruz de retirar el dinero público de los bancos que desahucien a lo bestia me pareció al principio uno de esos incisos que se meten en medio del discurso para llamar la atención. Un paréntesis en el que refugiarse para coger oxígeno y después seguir con la inercia que marcan los intereses. Sin embargo, el alcalde no abrió paréntesis sino capítulo. Y eso es otra cosa. Un capítulo puede ser el comienzo de un libro. Y un libro puede hacer historia.

Se sortea un derecho

 

En la escuela
Javier Rincón Huerta de niño.

El día que Javier Rincón Huerta hizo la primera comunión, su padre lo cogió de la mano y lo llevó hasta el castillo del pueblo, el mismo castillo que perteneció a la Corona del Reino de Navarra, y el mismo donde se solía hospedar Carlos III el Noble cuando le apetecía ir de cacería. Con el niño a rastras, Marcelino Rincón simulaba no oír las quejas de su recién sacramentado hijo, y se esforzaba por no mirarlo a los ojos. Lo único que quería era terminar lo antes posible con su cometido. Así que, sin vacilar ni un segundo, en cuanto pisó sombra de almena llamó a la puerta. Quisiera o no quisiera el crío, allí había que cumplir una tradición. Y la tradición mandaba que cuando un niño del pueblo hacía su primera comunión había que llevarle ante los nobles que vivían tras las murallas para recibir de ellos unas monedas. Pero Javier Rincón Huerta no estaba dispuesto a pasar por aquello, y tanto se revolvió que al final los dos se fueron por donde habían venido, sin un gramo de peso más en los bolsillos. La primera vez que mi padre me contó esta historia me proveyó de muchas más. Por ejemplo, me narró que en aquellos tiempos, cuando llegaba la Navidad, las hijas de los nobles que habitaban en el castillo se asomaban por las almenas y tiraban juguetes para los chavales del pueblo. Éstos, poco acostumbrados al desahogo, se lanzaban cuerpo a tierra a ver si cogían alguno. Sin embargo, no había para todos, claro, por lo que, aún sin maldad ni regocijo, con un par de impulsos de brazos las pequeñas aristócratas lograban dividir a la chiquillería en dos grupos: los agraciados y los desgraciados. Y como sé de buena tinta cómo se las gasta el fruncir de ceño de mi padre, no hizo falta que me dijera qué moraleja tenía que extraer de todo eso. Desde entonces, me quedaron muy claros cuatro o cinco conceptos y dos o tres derechos básicos. Por eso, cuando el otro día me enteré de que los comerciantes del centro de Santa Cruz de Tenerife piensan incentivar las compras sorteando un puesto de trabajo entre los desempleados, me vinieron a la memoria las almenas de mi pueblo, metáforas de piedra de lo que está por venir.

Pensamientos de muerte

Lo mejor de salir de casa es volver a ella con al menos un par de conceptos cambiados. Eso, o volver con al menos un par de conceptos nuevos. Si no es así, no interesa el esfuerzo de pisar calle. No merece la pena pisarla ni siquiera para sembrar reputación. Y lo sé porque he perdido muchas tardes pasando páginas en blanco. Mucho tiempo mirando relojes estropeados. Afortunadamente, la inercia siempre puede descarrilar. En mi caso, si tuviera que elegir una de las veces que rompí tendencias para poder meterme en la cama con la sensación de provecho, escogería una de hace muchos años, cuando aún me faltaban tres o cuatro desamores para ser oficialmente una adolescente. Recuerdo aquel día perfectamente porque salí de casa segura de que los toros tenían cuernos, y regresé convencida de que lo que tenían eran pensamientos de muerte unificados. Y todo porque aquella tarde acabé husmeando entre las estanterías de la biblioteca del pueblo, desde donde me cayó a las manos la definición que Francisco Umbral dio a los pitones. Desde entonces, asistir a un encierro nunca fue lo mismo para mí. Donde la mayoría veía peligro, yo veía poesía. Y cuando todos se apartaban de las astas, yo metía la cabeza entre los maderos por si descubría en ellas otro propósito que no fuera el de pinchar carne ajena. Así fue. Un breve desvío a la biblioteca bastó para modificar unas cuantas percepciones. Y es que las bibliotecas son una de las mejores maneras de innovar conceptos. Aunque en mi caso también fueron refugio, confusión y, sobre todo, descubrimiento. Por ejemplo, mis jóvenes incursiones de biblioteca siempre estarán ligadas a Memorias de un niño de derechas y Qué dice usted después de decir hola, los primeros libros que cogí al azar para probar suerte. Ahora, con el tiempo ajustado al trabajo, ya no piso estos espacios. Sin embargo, las horas que pasé en ellos se resienten al saber que la Biblioteca Pública del Estado en Santa Cruz de Tenerife cierra sus clubes de lectura, su taller literario y su curso de novela. Tampoco puede comprar más libros ni revistas. Los recortes económicos que sufre la cultura devuelven cuernos en lugar de pensamientos.

Viejas contiendas

Casa del barrio de El Toscal, en Santa Cruz de Tenerife. Foto hecha por Sol Rincón Borobia con Nikon D300S. Objetivo 50 mm.
Casa del barrio de El Toscal, en Santa Cruz de Tenerife. Foto hecha por Sol Rincón Borobia con Nikon D300S. Objetivo 50 mm.

Hay contiendas que se originan para permanecer irresolubles toda la vida. Altercados empecinados en perdurar. Asuntos que acaban encajados agenda tras agenda y no hay año ni lustro ni década que consigan tacharlos del calendario. Si yo tuviera que destacar uno, apuntalaría el clásico y nunca suficientemente reconocido problema entre los edificios de Santa Cruz que amenazan con desplomarse y los ciudadanos que andamos empeñados en no morir de un golpe en la cabeza. Por desgracia, esta vieja aversión de ademanes generalmente contenidos viene avalada por la actualidad: El derrumbe de una vivienda en el barrio de La Salud. La casa, cansada de aparentar entereza, decidió no dejar pasar el fin de semana sin mostrarse al mundo tal y como es y eligió el domingo para destapar sus secretos. Mal día para hacerlo. Casi mata a dos personas. Pero en esto del desahogo nunca se sabe. Aliviar penas largamente reprimidas puede ser, de lejos, la peor terapia de choque si coge a alguien por delante. Y otra cosa no, pero en la capital tinerfeña hay unos cuantos edificios que pasaron la madurez hace tiempo e intentan sobrevivir a la vejez más extrema a base de corsés. Por ejemplo, y sin necesidad de pensar mucho, me vienen a la memoria dos casas ubicadas en el centro. Una en la calle Santiago y otra en la calle La Rosa. Cada vez que paso por delante de estas dos reliquias, las dos me muestran sus vahídos como su fueran señoritas de buenos modales y pañuelos de delicados bordados y finas puntillas. Parece como si de verdad no se dieran cuenta de que se caen a pedazos. Como si aún creyeran que su porte y abolengo no necesita reparaciones. Claro que tampoco nadie les ha puesto un espejo delante. La demanda de la Federación Canaria de Municipios, que en 2006 abogaba a gritos por una obligatoria inspección de edificios en cada pueblo y ciudad, se quedó en nada. Por lo tanto, estas casas nunca han tenido a alguien a su lado que les devolviera la cordura. Tampoco el Ayuntamiento de Santa Cruz ha cumplido plazos, ya que lleva desde verano prometiendo la citada inspección. En definitiva, esta contienda urbanística sigue sin resolverse.

Un mundo de colores

Los primeros tacos con los que yo calcé mi pubertad sabían a libertad. Tenían un porte especial. Una grandeza redonda que empezaba y terminaba en el reniego. Es más, los dicterios con los que nos entrenábamos los amigos reflejaban un elegante hastío de párpados caídos y cínica sonrisa, como si hubieran sido heredados de la mismísima Bette Davis o hubieran salido del blanco y negro de Humphrey Bogart. Realmente, el manejo lechuguino de palabrotas y juramentos en mi primera juventud fue una experiencia necesaria, casi obligatoria. Y, por supuesto, clandestina. Las dedicatorias jamás asomaban más allá de las reuniones entre los colegas. Rebotaban entre nosotros como el eco y, luego, cansados, nos íbamos a casa a cenar. Eso era todo. Años más tarde, la cosa cambió. Los tacos e insultos dejaron de tener el sabor de la autodeterminación y sólo se me caían de la boca en raras ocasiones, cuando no tenía otro remedio que airearlos o morir. Yo a lo mío, y ellos a lo suyo. Y así nos iba bien. Desafortunadamente, ahora he vuelto a las andadas y los he recuperado a razón de un par al minuto y sin nada de glamour. Es una desgracia, sin duda. Sobre todo cuando el director del Instituto Cervantes, Víctor García de la Concha, anda por ahí tirándonos de las orejas por hablar un español “zarrapastroso”. Sin embargo, una buena maldición española a tiempo libera mucho. Ayer, por ejemplo, se me escapó una muy buena al tropezarme con un Papá Noel que campaneaba felicidad insistentemente en la esquina de la calle El Pilar de Santa Cruz de Tenerife. La imprecación me vino sin querer, de forma espontánea y ajena a mi voluntad. Pero es que yo creo que la felicidad no es de las que necesitan dar la lata para llamar la atención. Y ese Papá Noel se empeñaba demasiado. En definitiva, si cuento los tacos con los que amenizo mis días, debo llegar a la conclusión de que este año llevo mal lo de la función navideña en la capital tinerfeña. Los pinos, luces y alfombras con los que se adornarán las calles comerciales suponen un desembolso de 25.000 euros públicos. Casi 125.000 canarios han tocado diciembre sin ni siquiera un subsidio para vivir. Y, finalmente, la cantante Merche viene a la capital a narrar que el mundo es de colores. Víctor García de la Concha me va a tener que perdonar. Y mucho.