Manuel

Yo aquí no voy a fastidiar a nadie que ya ande tragando fastidios por la vida. Tampoco tengo la intención de boicotear hábitos de supervivencia ni de desvelar confidencias que, si se supieran, condenarían a unos cuantos a más ostracismo del que pueden masticar. Pero hay algo que vi un día y creo que merece ser santificado en literatura. En esa clase de literatura rápida y de tapas blandas que viene bien tener a mano durante las esperas. Se trata de la historia de un hombre del que no sé su identidad, aunque sí conozco su secreto. Para que resulte más fácil el relato, lo llamaré Manuel. Me topé con Manuel hace unos años por casualidad, cuando los dos estábamos al aire libre de Santa Cruz, con el sol de la mañana aún rozando el horizonte y la crisis sudando en el ring. Yo esperaba a un amigo y él se apoyaba en un muro. De vez en cuando veía cómo Manuel me echaba miradas de ceño fruncido, supongo que por entretenerse con algo. Por mi parte, también por pasar el rato, le devolvía las ojeadas como si se tratara de un partido de tenis. Y tantas le devolví, que hasta me dio tiempo de buscar un buen encuadre y hacerle una foto. Una foto robada. Una foto que, precisamente por hacerla a traición, sólo es para consumo propio. Ese día, Manuel combinaba pantalones negros con una sudadera roja, y a su lado, apoyadas en el suelo, tenía dos bolsas de plástico y otra de piel sintética, clara y raída. Despeinado y sin afeitar, echaba rizos negros y barba canosa y se adornaba con pulseras y cadenas. Lo que me llamó la atención de la estampa y me animó a fotografiarla fueron los cables que salían de su bolsillo y de uno de sus bolsas. Eran dos cargadores de teléfonos que se alimentaban de un par de enchufes que había en el muro. Minutos más tarde, cuando las miradas caducaron y sobrevino la conversación, Manuel me explicó que la gente sin muchos recursos acude a ese lugar a cargar teléfonos. Lo hacen con disimulo, sin abusar, y agradecidos de que les dejen. Porque en Santa Cruz, además de ver cada vez a más personas asomadas a contenedores y durmiendo en cajeros y parques, ahora no les queda otro remedio que cargar móviles en enchufes al aire libre. Y yo diría dónde exactamente, pero prefiero guardar silencio y no aguar la vida a nadie.

Dormir en duro

El horror es el acontecimiento del mes en Santa Cruz.Y tengo que decir que como acontecimiento no está nada mal, ya que este en concreto crece a la sombra de esa especie de acotación a pie de vida que suele ser la carpa de un circo. Personalmente nunca me hicieron gracia los payasos ni las bestias circenses, aunque también es verdad que yo ando genéticamente afiliada a las risas difíciles de exprimir. En cualquier caso, y genética al margen, estoy convencida de que la mayoría no va al circo a soltar carcajadas sino a consensuar tradiciones. Y no hay mayor tradición que meter miedo, ya sea con chistes o leones. Por esto, el Circo de los Horrores que se ha instalado en la ciudad viene que ni pintado en estos tiempos en los que unos buenos sustos espabilan más que nunca. Hay que asumir que los circos de payasos caducaron hace tiempo y ahora lo que se le pide a una carpa de calidad son otras emociones, mucho más acordes con esta época convulsa. El Circo del Sol fue un ejemplo de renovación, un renacer de los quehaceres que se desarrollaban hasta entonces bajo lona de la buena y vientos bien tensados. Así, del circo en sepia pasamos al de la luz, y de este último y al de la oscuridad. Ahora es el turno de hombres lobo, vampiros, momias y desfigurados en general, que han llegado a Santa Cruz sin saber hasta qué punto a los chicharreros no hay que explicarles de qué va el miedo ni a qué sabe la vida en vilo. De eso, los de aquí van servidos. Tanto, que ya reaccionan hasta los bancos (asientos) del centro de la capital. El pasado martes, a la hora nocturna en que los bares cierran y cortan el suministro de cubatas, aparecieron varios carteles apoyados en los respaldos de unos cuantos de esos bancos. En ellos ponía: ¿Te gusta el frío? Pues prueba a dormir aquí. Al lado de uno de esos mensajes, dos hombres apuraban al aire libre un par de latas de bebidas, con las espaldas rectas y los discursos aprendidos. Eran los discursos de siempre, de los de sin palabras ni explicaciones. Algo así como: Bienvenidos a la miseria, el país donde se duerme a la intemperie y se sueña con fantasmas.

Mi primera manifestación

Como mi familia hace estiramientos con dos ideologías radicalmente distintas, a mis padres no les quedó otra que observarnos de reojo a mi hermano y a mí, manteniendo disimulo y respiración, a ver por dónde les salíamos de mayores. Sin ánimo de influenciar o aconsejar, decidieron forrar el nido con una neutralidad tipo Suiza y cruzar los dedos hasta comprobar la influencia real de los discursos que nos llegaban de abuelos, tíos y primos. Por eso, cuando empecé el Instituto y estrené mi primera manifestación, los dos vieron pasar mi vida entera como si se tratara del girar de una ruleta: “No va más. Todo al rojo”. Así que levantaron hombros, tacharon casilla, y centraron la atención en su otro hijo. Sin embargo, lo que mis padres no sabían es que yo andaba metida en estas procesiones debido a un chico de COU. Vamos, que la causa me importaba algo pero no tanto como para andar tomándole el pulso a la Policía sin una buena historia de amor detrás. Y aunque en aquella primera protesta se gritaron cuatro cosas a los uniformados y hasta bloqueamos la Plaza de los Fueros de Tudela, lo que más recuerdo de la jornada es una figura flaca con pantalones vaqueros y chaqueta azul marino de punto inglés, de piel morena y cabello negro revuelto en rizos. Por supuesto, él nunca supo de mi existencia. Y en cuanto a mí, los fracasos acabaron por agotarme. Desde entonces, sólo acudo a las manifestaciones para pulir convicciones. Por ejemplo, la que abarrotó el centro de Santa Cruz de Tenerife el miércoles pasado fue una de esas. Me acoplé a la cola sobre las seis de la tarde y terminé en la Plaza de España como tres horas después, tras un lento avance inicial de dos metros a la hora. Y así, despaciosamente, una vez apartada definitivamente de mi memoria la chaqueta azul de punto inglés, empecé a asumir otros descalabros más serios. Entre ellos, la visión de los bares y supermercados del centro llenos hasta los topes, y la evidencia de las terrazas repletas de gente consumiendo recortes y brindando con la nueva reforma laboral. Porque Santa Cruz protestó al aire libre más que nunca, pero descarriló en su propósito de vaciar negocios, que, en definitiva, es lo que más duele en estas guerras.

Sin un tiro en la calle

No hay monserga más pesada que la que se queda suspendida en el aire. Esa que no se va a ningún sitio y se engancha al recuerdo como una garrapata. Es decir, un buen día alguien te suelta un rollo de otro mundo y es tal su impacto que te quedas rumiándolo toda la vida. A Alejandro Ramiro Pfeiffer le sucedió esto hace unos meses, cuando el banco le denegó la dación en pago y le remató el sermón con una carcajada y un sincero: “Si comenzamos a aceptar la dación en pago, ¿qué va a ser lo próximo? ¿salir a la calle a pegarnos tiros?”. Que soy yo, y al banquero le devuelvo su pregunta a trozos. Sin embargo, a Alejandro Ramiro Pfeiffer le dio por quedarse atrapado entre la indignación, la humillación y la sorpresa, condenado así a arrastrar esa sensación –mezclada pero no agitada– por los siglos de los siglos. El drama de este joven comenzó en 2006, cuando le concedieron una hipoteca. A pesar de tener un contrato ‘requeteventual’ como auxiliar de enfermería, nunca le faltó el trabajo. Ni siquiera una sola vez. Desgraciadamente, este nunca se encogió dos tercios con la crisis y el Servicio Canario de Salud salió de su agujero para anunciar despidos inmediatos. Así que, con la responsabilidad a cuestas, Alejandro se dirigió a su banco para pedirle alternativas en caso de que fuera despedido. Y la solución fue la ya conocida carcajada con sarcasmo incluido, y algo más de propina: la amenaza de quitarle la casa a su madre, por ser la avalista. Finalmente, con la contestación del banquero soplándole en la nuca día tras día, como si fuera un mal de ojo, el chico se quedó en paro y comenzó su calvario. Un vía crucis que terminó el viernes pasado en la capital tinerfeña, donde acampó con otras dos personas en su misma situación, enrolándose juntas en una dolorosa huelga de hambre. La determinación de estas personas, junto con la puntilla que aportó el Ayuntamiento chicharrero al sacar su dinero del banco, sirvió para que la entidad financiera ofreciera soluciones, entre ellas la dación en pago a Alejandro Ramiro Pfeiffer. Y todo sin pegar un solo tiro. Al menos, de momento. Que como el de Alejandro, Carmen e Inma hay miles de casos más.

Una vieja partitura

La gran esperanza de El Toscal es poder peinar sus azoteas, desentumecer sus huesos y evitar sombras alargadas como si se trataran del mismo diablo. Si alguna vez se cumplieran estos tres deseos, este barrio de Santa Cruz ya podría bajar las armas y dedicarse a otra cosa, que la vida apremia. Sin embargo, estos anhelos todavía parecen una utopía y, desde luego, no creo que la fisonomía de este lugar esté bien asegurada, y mucho menos a salvo del derecho de pernada. Los peligros que acechan a El Toscal provienen, básicamente, de los que lo miran y en lugar de casas y calles ven hornacinas vacías y desfiladeros demasiado ceñidos para poder respirar a gusto. Las amenazas llegan directamente de los que compraron para estirar alturas y engordar carteras. De los que cantan sonetos funerarios para adelantar velatorios. Esos son los verdaderos riesgos que se esconden en la partitura toscalera, a pesar de los 200 inmuebles que el Ayuntamiento quiere proteger y los árboles que quiere plantar. Así que habrá qué ver cómo se maneja la iniciativa privada en zona de guerra, con francotiradores apostados en las ventanas. Y es que después de tantas caceroladas, manifestaciones y tensiones no resueltas, no será fácil colarle a este barrio un gol al bies, ni de frente ni a traición. Si le marcan un tanto será, simplemente, por decreto, que es el camino más corto para conseguir algo. Un ejemplo de esto último viene en forma de aparcamientos –nada menos que 1.335– para paliar los que quieren eliminar de varias calles toscaleras. Es decir que ahora habrá que pagar por dejar el coche cuando antes uno alineaba las ruedas sin soltar un céntimo. De esta manera, el Ayuntamiento de Santa Cruz empobrece a los vecinos y enriquece al constructor y gestor del párking, una idea tan manida como el peor de los refranes: Ande yo caliente y ríase la gente. Al más puro estilo político. Porque, si hay que resolver las cosas, mejor hacerlo usando viejas fórmulas, que son las que vienen de fábrica y arrastran inercias de rancio abolengo y viejos trajes de postín.

Cada uno con su frío

En Santa Cruz de Tenerife las castañas asadas no apetecen porque haga frío. En Santa Cruz de Tenerife las castañas asadas apetecen porque son castañas. Y para aclarar el asunto nada mejor que ponernos a hacer fracciones: si a la capital tinerfeña la dividimos en cinco partes, yo diría que sólo una quinta – tal vez menos– es pura frialdad. Y es que Santa Cruz es una ciudad donde el calor no se va ni acribillándolo a tiros. Es más, se trata de una ciudad que cuando al fin puede celebrar la retirada del bochorno, el festejo tampoco es para tanto. Porque frío, lo que se dice frío, no hay demasiado por aquí. Por eso, el brote de puestos de castañas que estos días aromatiza y ahúma las calles de la capital lo achaco más a la temporada de cosecha que a la necesidad de calentarnos el cuerpo con algo. Y no me quejo. Espero que eso siga así por muchos años, que los castañeros no sean sustituidos por carritos de perritos calientes gringos, y que incluso se potencie la tradición con puestos más acogedores en lugar de las chapas metálicas de las que están hechos ahora. La capital tinerfeña debe vender castañas asadas aunque andemos por ahí en mangas de camisa, sudando fuego o tosiendo calima. Y si hace falta adoptar un frío subjetivo para unir con una bufanda los puestos de castañas con una gélida Navidad, pues también podemos hacerlo. Porque, bien pensado, cada uno interioriza el frío como le viene en gana. Por poner un ejemplo, las personas que estos días son estigmatizadas con la indeleble tragedia del desahucio viven este otoño con una sensación térmica algo trastocada. Se diría que padecen escalofríos crónicos y una hipotermia cuesta abajo y sin frenos. Si el calor aprieta, ellas no lo notan. Si ven castañas al fuego, sólo piensan en lo bien que les vendrían para calmar tembleques. Es lo que tiene que los bancos te echen de casa. Que a uno se le queda mal cuerpo y no hay manera de subir temperatura. Al final, a las calles de Santa Cruz de Tenerife no sólo le brotarán puestos de castañas, sino también tiendas de campaña. Y cada uno que aguante su frío, sea el que sea.

Adivina mi nombre

Yo pasé una época de mi vida en la que lo único que hacía era ver cómo mis amigos caían en las garras de Mick Jagger. Uno a uno, y con ellos yo, fuimos alejándonos del formalismo de los sujetos, verbos y predicados, y nos metimos de lleno en las metáforas, alegorías, ironías, paradojas, símbolos y frases rotas o a medio hacer que nos proporcionaba aquel inglés. Nos metimos tan de lleno, que acabamos sintiendo gloriosa y sincera simpatía por el misterioso millonario de buen gusto y mejor clase que con tanta maestría recreó Jagger y que tanto eco ha producido a lo largo de la historia de la humanidad. Precisamente la otra noche, mientras veía pasar por el centro de Santa Cruz el catálogo completo de Hallowen, volví a pensar en ese personaje de abultada billetera y elegante vestir al que un día cantó el líder de The Rolling Stones. Al tiempo que brujas, calabazas asesinas, monstruos de película y víctimas ensangrentadas desfilaban por el Puente Serrador, yo pensaba en lo bien que aquel individuo nos ha enseñado a subdividir el terror hasta hacerlo desaparecer. Por poner un ejemplo, sabemos que en Canarias hay 380.000 parados. Que los bancos de alimentos necesitan más alimentos. Que los desahucios provocan suicidios. Que aumentan las ventas de los artículos de lujo. Que muchas personas no pueden comer suficiente carne ni pescado. Que la educación ya no es para todos. Que la sanidad se paga. Que los derechos son para unos pocos y las obligaciones para todo Dios. Eso, por pensar a lo grande. Pero luego, archivados en carpetas más pequeñas, se encuentran los acontecimientos locales. Así, Santa Cruz amaneció ayer con la agonía de un perro maltratado y metido en una maleta para que muriera poco a poco de asfixia. Y hoy la ciudad desayuna con 11.000 euros menos, que son los que el Ayuntamiento se gastó en copas la noche de la Gala de la Reina de 2008. Que, bien pensado, a mí me llegan a ofrecer una de esas copas y me la bebo sin respirar. Y es que los caminos de ese misterioso millonario son inescrutables. Como él dice: “I hope you guess my name. Oh yeah”.

Un pésimo folletín

Hace años, cuando andaba mal del estómago por eso de la extrema juventud, una portada de un libro bastaba para que me decidiera a comprarlo. Contraria a adquirir lectura de moda, páginas y páginas bendecidas por las ventas del mes, prefería buscar otra clase de literatura, como relatos de autores relegados a las estanterías del fondo. Era mucho más divertido y echaba la tarde sin darme cuenta. Así, por ejemplo, descubrí La conjura de los necios, un libro que todavía conservo y que algún día volveré a leer. O El libro del desasosiego, que siempre lo incluyo en mis mudanzas. Pero no siempre acertaba. A veces el tiro me salía por la culata y de un día para otro me veía escupiendo balines y pólvora por lo gastado y no aprovechado. Entonces, para subdividir errores, dentro de esta carpeta de desaciertos creé dos categorías: una reservada a los libros que me decepcionaron desde el primer momento, y otra para aquellos que me parecieron buenos durante un tiempo pero que con el paso de los años y el consumo de más lectura perdieron peso. Esto último me pasó, por citar alguno, con Héroes, de Ray Loriga. El autor aparecía en la portada con pelo largo y bigote de mosquetero, grandes anillos en negro y plata, una botella de cerveza en la mano y cara de malo. A mis 20 años aquello me pareció que era lo más de lo más, así que me llevé su historia a casa como quien espera una revelación en sus páginas. Recuerdo que lo leí con interés y hasta subrayé algunas frases. Sin embargo, con la perspectiva que da el reloj y la exigencia a la que obliga la madurez, tengo que confesar que no me explico qué me pudo gustar de aquella novela. Y esto es justo lo que me ocurre ahora con la literatura que genera el pleito insular canario, con la guerra abierta de nuevo entre el alcalde de Santa Cruz y el de Las Palmas de Gran Canaria por quién se lleva más dinero del Gobierno. Cuando llegué a Tenerife me suscitaba curiosidad esto del pleito y leía todo lo que sobre el tema me ponían delante. Pero, ahora, apostada en la cima del aburrimiento que me produce la política, tengo que decir que esta pelea es un pésimo folletín de segunda.

A golpe de piedra

Es bien sabido por todos que las piedras reivindican sus derechos a base de años y de historia. Sin moverse de donde están, enseñan la buena caligrafía de sus currículos y cantan sin descanso sus batallas de viejo, por si hay suerte y logran colar el sermón en algún agujero. Y es que las piedras no lo tienen fácil en esta vida. La mayoría de las veces no consiguen levantar cabeza y sólo les queda esperar la ayuda de algún mecenas que crea en ellas. En Santa Cruz hay varias de estas, de las acabadas, medio muertas, olvidadas y abandonadas. Al principio, y por confesar algún pecado, esta clase de piedras me traía sin cuidado. Pasaba a su lado ajena a sus crónicas y leyendas, feliz en mi inconsciencia y acoplada a mis propios intereses, que eran los que mejor se me daban. Fue mucho después de terminar el Instituto cuando, de repente, me empezaron a llamar la atención. Sobre todo, gracias al castillo de mi pueblo y a mis visitas a ciertas localidades norteñas, como Albarracín o Saint Jean Pied de Port. Pero hasta entonces, las únicas piedras por las que sentía especial cariño eran por las que me podía meter en el bolsillo. Que, en definitiva, eran las que me daban rentabilidad a corto plazo. Afortunadamente eso cambió con los años y, ahora, una vez al año, me hago un tour por algunos empedrados del país. En cuanto a Santa Cruz, no caigo, así de golpe, en la primera impresión que me llevé de ella, pero puedo asegurar que nada tuvo que ver con su condición de Plaza Fuerte, de aguerrida defensora de sus costas, de ciudad de castillos, baterías, muros y fortalezas. Estas piedras que tanto hicieron por Tenerife en siglos pasados se perdieron por el camino. Se quedaron sin aliados y sin sombra. Los pensadores de ciudad, especuladores al fin y al cabo, evitaron restaurarlas. La veintena de fortificaciones que un día enorgullecieron a los chicharreros, murieron por fuego amigo. Y, entre ellas, las del Castillo de San Francisco, achicado por la malversación y la política de los hechos consumados, y más achicado aún por los robos que sufren sus ruinas, piedra tras piedra.

Necesitamos ayuda

Lograr la compostura de un mal día, de un día aciago y herido, es muy difícil. Para conseguirlo hay que andar ágil en el arte de recoger del suelo los pedazos de miseria. Y no sólo eso. También hay que ser muy resuelto en el oficio de recomponerlos con éxito. Porque lograr la compostura no es cualquier cosa. Por ejemplo, no es cuestión de suerte. Ni tampoco depende del dinero que se tenga en el bolsillo o de la voluntad que se ponga en el intento. La compostura real, la que deja cierta paz por dentro y no produce úlceras, viene dada por el tiempo que uno haya dedicado a analizar bien la vida. Por eso resulta tan fácil perderla y tan complicado mantenerla. Y si ya es así de arduo remendar un sólo día de mal pisar, me imagino lo que costará amarrar la mala leche y los nervios acumulados a lo largo de más de una semana de maldita mala suerte y peor agüero en suelo extranjero. Me refiero a la condena sin culpa que sufren los diez marineros turcos varados en el Puerto de Santa Cruz, prisioneros en su propio barco, sin posibilidad de pisar tierra o estirar piernas, alejados de sus familias, abandonados a bocajarro por su empresa y por Extranjería. Me apuesto un millón a que estos hombres deben ser grandes bebedores de vida, a morro y sin servilleta. Grandes encajadores de lo que pasa por el mundo. Magníficos comprendedores que han curtido sus agallas y paciencia a base de maniobras entre la humanidad. Y me apuesto un millón a que saben de compostura más que cualquier patrón. Pero la compostura no es sumisión. Y ayer, desde cubierta, pedían ayuda en inglés: We need help!. Socorro para ser atendidos como seres humanos y no como mercancía defectuosa. Socorro para volver a sus casas, que es donde quieren estar, por muy paraíso que sea Tenerife y muy capital del paraíso que sea Santa Cruz. Y es que no hay mejor lugar donde plegar piernas y poner los pies que en tu propio sofá, que además habla tu mismo idioma y sabe cómo te gusta el café. Estos diez marineros no entienden español, pero sí las injusticias. Estos diez marineros son víctimas de la bancarrota y la infamia. Estos diez marineros no han venido a vengarse por lo de Lepanto.

Yo estoy muy bien como estoy

El socialismo obrero español en Santa Cruz de Tenerife siempre me ha parecido menos socialismo obrero español. Recuerdo que cuando me lo presentaron hace trece años sólo hubo tiempo para un saludo rápido, consistente en un primer beso hecho efectivo y un segundo beso abortado a mitad de vuelo, que es la amarga condena del peninsular recién llegado. Como entonces yo me había instalado en la capital tinerfeña para ser periodista, nada más terminar aquella escueta bienvenida a la política local me puse de lleno a manchar la libreta de respuestas, datos y conclusiones de lo que acontecía por aquel Ayuntamiento de Santa Cruz. Un ayuntamiento en el que se empezaban a hacer públicos temas como la urbanización de la Playa de Las Teresitas o la elaboración del Plan General de la ciudad. Y aunque en aquellos días ya tenía las cosas bien claras y no esperaba nada extraordinario de los partidos de este país –sobre todo nada con personalidad obrera y socialista–, tengo que confesar que tampoco pensé que iba a encontrarme con un PSOE chicharrero tan descreío de sus siglas. Durante varios años vi desfilar por los asientos del salón del Pleno a concejales socialistas que no lo parecían. A ediles de proletaria ideología que no acaban de arrancar motores. A responsables de la izquierda que no sabían cómo poner los intermitentes. Por eso, que en estos dos meses haya habido ya cuatro dimisiones en las filas socialistas de Santa Cruz no me ha descubierto nada nuevo, y dudo mucho que se lo haya descubierto al veterano Juan Alberto Martín, el último en dar el portazo. O tal vez me equivoque. Tal vez Martín sea sincero y no se esperaba la deserción de su líder. Ya se sabe que a veces las cosas se ven mejor desde fuera. Aunque eso se lo deberíamos preguntar a Felix Baumgartner, que ha visto la vida desde la estratosfera y a toda leche, y eso no lo hace cualquier parroquiano por mucho alcohol que ingiera.
–Señor Baumgartner, soy socialista chicharrero y quería preguntarle si desde allí afuera a uno se le aclaran las ideas y los principios. Sólo es por saber ¿eh? que yo estoy muy bien como estoy.

Vuelve que te espero

Lo que me separa estos días de mi amigo, el aliado con el que compartí sueños y legañas de Instituto, son 300 euros por aire y 260 por mar. De vacaciones en Gran Canaria, él y su pareja querían aprovechar su paso por el Archipiélago para darse un salto a Santa Cruz, un garbeo de ida y vuelta, un paseo por la ciudad, el placer de recordar viejos tiempos, el gustazo de un beso, el lujo de unas cuantas confesiones. Querían darse tantas cosas en esta capital aislada que mi vida mejoró sólo con imaginármelas. Sin embargo, el día que podían venir también se apuntaron al viaje los 300 euros en avión y los 260 euros en ferry. Demasiado peso para una jornada. Demasiada carga. Por lo tanto y sin remedio, antes que darme el hola mi amigo me lanzó el adiós.
– Creo que lo vamos a posponer. Al final vendremos un lunes de noviembre y nos iremos el martes, porque desde Madrid nos cuesta ¡19 euros! Muy fuerrrrrte. No te preocupes, que el mes que viene vamos seguro.
Así fue como sonó el portazo. Y aunque del golpe perdí por un momento la consciencia, creo recordar que me quedé un rato en el Puerto de Santa Cruz, mirando hacia el horizonte, pensando en la libertad. Pensando también en el tramo de autopista que ayuda al Norte a introducirse en la capital tinerfeña. Un tramo que muchas veces ofrece una impresionante imagen azul de Gran Canaria. Una estampa que parece tan cercana que se diría que está a cuatro brazadas de distancia. Pero no. Santa Cruz está lejos de todo. Lejos y cara. Los malos gestores del transporte la han hecho anacoreta, endogámica, etnocentrista, ‘alejaamigos’, ‘revientaamores’. La han convertido en epílogo antes que en prólogo, en el no por delante, en un monólogo de aficionados, en un diálogo de besugos. Mi amigo me preguntaba el porqué de este divorcio entre islas, la razón de estos precios, el motivo, el móvil. Pero a mí, que seguía mirando hacia el horizonte, pensando en la libertad, se me ocurrían tantas cosas que decirle que no le dije nada. Esteban, esto es así. Lo puedes odiar o lo puedes amar. Pero esto es lo que hay. Tú vuelve en noviembre, que te espero.

El mar llega con retraso

A continuación, y para todo el público: el número 6 de la Calle Rheins Chazze de Basilea, Suiza. Allí, en esa dirección a la que llega la línea 11 del tranvía, y tras una puerta de hierro muchas veces agujereada, los arquitectos Jacques Herzog y Pierre De Meuron guardan los trazos de la mayoría de las obras más relevantes que se han hecho en Santa Cruz en los últimos años: la Plaza de España, la Alameda del Duque de Santa Elena y el TEA. Tres espacios que fueron conquistados de inmediato por los ciudadanos de la capital tinerfeña, que son los que, en definitiva, deciden si algo mola o no. En estos casos en concreto, el éxito que han tenido viene avalado por el cartel de completo que cuelgan a menudo. Y aunque el Ayuntamiento no ha sabido sacar todo el provecho estético y funcional al estanque de la Plaza de España, éste se ha convertido ya en una especie de malecón, a falta de uno auténtico donde colgar los pies y comer pipas. Porque el acercamiento al mar ha sido eternamente aplazado por unos y por otros. Santa Cruz es secano. La única esperanza de romper diques queda relegada a la ejecución de otro de los proyectos paridos en el número 6 de la Calle Rheins Chazze de Basilea, Suiza: el Muelle de Enlace y la Marina. En ese estudio de arquitectura que aglutina cinco pequeños edificios y amontona las bicicletas de los más de cien empleados de Herzog y De Meuron, espera desde hace años la solución por la que optó Santa Cruz para tocar el mar, la mar. Sólo la mar. Y tras todo este tiempo de espera, ahora la Autoridad Portuaria solicita permiso para desembarcar, desembalar y montar la Marina de los suizos, que ya vale de tanto retraso. Pero para eso hay que modificar el Plan Especial del Puerto que, por cierto, ha caducado en la nevera por no ser consumido en tiempo y forma. Entre unas cosas y otras nos pondremos en la siguiente década y la ciudad seguirá sin contagio de mar. Con lo bien que se veían las cosas desde el 6 de la Calle Rheins Chazze allá por junio de 2005, cuando los proyectos de Santa Cruz se expusieron en Londres para la admiración general del mundo.

Lo mejor de esta casa

Yo crecí columpiándome en legendarias frases subrayadas con gruesa y pueblerina ironía, que son, lo juro, las que mejor saben a cualquier hora del día, se tengan o no suficientes migas con las que tragarlas. Crecí a su sombra tan feliz, como el cura lo hace al resguardo de la sotana o el alcalde al calor del puro. Eran frases socarronas, con sentido del humor, finísima puntería y de mucho acento antiguo, como de otra época y categoría, inalcanzables para los niños de ciudad. Algunas se inventaban sobre la marcha, según el ingenio de cada cual, y otras ya venían hechas y empaquetadas, preparadas para reutilizarlas en innumerables y diferentes situaciones. Desgraciadamente, con el paso del tiempo y la tontería de la capital fui perdiendo habilidad y agudeza y, ahora, cuando lanzo una de esas, se me nota demasiado la ironía, lo que desenmascara hirientemente la intencionalidad de la frase, al igual que sus respectivas obras desenmascaran al cura y al alcalde. Sin embargo, aún recuerdo algunas de las más populares, como una que perteneció a mi infancia y que se empleaba para sugerir justo lo contrario de lo que se decía: “Mira, ahí va lo mejorcito de cada casa”. Enunciado guasón que solía llevar incorporado un leve levantamiento de barbilla y un buen cruce de brazos. Después de semejante aforismo sólo quedaba mirar al grupo e identificar caras y apellidos para llamar a cada gamberrada por su nombre. Pero una cosa era escupir “lo mejorcito de cada casa” y otra muy distinta era recitar “lo mejor de cada casa”. Lo mejor era lo mejor. Sin discusión. Así que, aclarada la diferencia, y en lo que a Santa Cruz se refiere, lo mejor de esta casa es, sin duda, el barrio de El Tablero, al que me dirijo destocada para reconocerle y agradecerle el Festival Rural de Creación que organiza al calor de los tres últimos días de septiembre. El Tablero, que se ha convertido en ejemplo y vanguardia de esta urbe, reúne una vez al año una serie de obras de teatro, conciertos, seminarios, talleres, chocolatadas, charlas, gastronomía, cine canario y unas rutas guiadas por la agricultura, arte y patrimonio del barrio que atraen cada vez a más gente y que terminará por ser un motivo por el que yo retrasaré o adelantaré mis vacaciones, para disfrutarlo.

Santa Cruz, 18:30 horas

La capital, por capital y hermana mayor de la familia tinerfeña, debería liderar el despertar de las conciencias. Ser al menos el campo de batalla, la referencia, el castigo, la voz. Ser algo. Es lo que se espera de las grandes ciudades, que todo lo engullen y todo lo regurgitan. Sin embargo, Santa Cruz no es tan inmensa ni tan fuerte. Es como es. Tiene el músculo que tiene. Y, por aclarar, Santa Cruz somos todos. Pero en estos tiempos de recortes, pérdidas de derechos, hambre y desánimo, ni siquiera las manifestaciones son lo que deberían ser en una capital. Y así, justo en medio de este cuadro, ayer mojé en el café varios renglones de inglés americano en los que se informaba al mundo de lo mal que nos va a ir en España y de cómo se van a llenar las calles de demonstrators, es decir, de manifestantes. Y es que ahora los españoles tenemos que aprender idiomas para descifrar España. Tenemos que mirarla desde fuera para saber lo que nos espera, sobre todo para no andar muy despistados por casa. Porque en casa, a veces, parece que no pase nada. Ayer mismo, en el centro de la ciudad, un policía local atendía a un turista con una sonrisa y un inglés bastante fluido, que precisamente por ser un fluido policial me llamó la atención. Un inglés así no lo maneja cualquier uniformado. Y dos calles más arriba, un negocio de comida preparada lucía cola larga, tan larga que llegaba hasta la acera. Está comprobado. En casa, con las zapatillas, la bata y el café, es como si el infierno fuera un mito. No obstante, el averno se coló dentro hace tiempo. Por eso precisamente los sindicatos canarios se han citado hoy a las 18:30 horas a las puertas de la sede de la Subdelegación del Gobierno en Santa Cruz. Para escupir tabaco amargo. A ver qué músculo saca la ciudad en esta cita. Con qué fuerza empuja. Cómo maneja la situación. Qué realidad pisa: si la del policía amable y diestro en idiomas o la del policía de toma porra y pega. Y, por aclarar, demonstrators no somos todos. Y nunca lo seremos. A lo máximo que podríamos llegar es a ser casi todos. Pero Santa Cruz anda aún lejos de este adverbio.

Desde los miradores

Mirador de Las Teresitas, Santa Cruz de Tenerife. Foto: Sol Rincón Borobia, hecha con IPhone.

Desde el punto de vista de un mirador, la vida es bella. Y precisamente para verla así suelo acudir a uno en concreto, fuera de Santa Cruz. Tan a menudo como puedo me cuelgo de él y paso un rato aniquilada por un bocadillo, que es como mejor se vive el momento. Yo comencé a asimilar perspectivas de altura no hace muchos años, cuando de novata me llevaron a probar Humboldt, Ayosa y Cruz del Carmen. Luego, ya con la inercia en quinta, seguí por mi cuenta y riesgo en claro ascenso hacia una nueva rutina. Los miradores ofrecen paisajes que crean expectativas de algo mejor, y eso relaja pulsaciones y amortigua ruidos. Y ya está. No hay mucho más que esto. Pero es suficiente. En Santa Cruz también subí a uno que me aconsejaron cuando empecé a vivir aquí: el de La Piconera, más conocido como el de Las Teresitas. En cuanto me lo situaron en el mapa, cogí coche y ganas y me planté de golpe en aquel lugar funesto. Espacio ruinoso, de eternas y oscuras ojeras. A mí me impactó mucho porque jamás había estado en un mirador que odiase tanto la vida. Así que me fui de allí y nunca volví. Hasta esta semana, que me ha dado por regresar y acercarme al borde entre cristales y basura. Este trozo de tierra abismal sostiene en equilibrio a la Playa de Las Teresitas en su mano derecha y a la Playa de Las Gaviotas en su siniestra. Juega así con el horizonte, situando al mar en primer término y a una parte de ciudad al fondo y a la diestra. Pero en cuanto cierras la ventana, el mirador se retuerce entre despojos de piedra y cemento, peligrosos recovecos y rincones malcarados y malolientes que apremian a los visitantes a que hagan la foto y se larguen cuanto antes. Las construcciones que aún se mantienen en pie están llenas de pintadas que piden a gritos revolución. Ahí está, por ejemplo, el subversivo de V de Vendetta. Hace once años que el propietario de todo aquello se puso en contacto con la Gerencia de Urbanismo para saber qué tenía que hacer para embellecer la zona y abrir un restaurante. Pero ahí se quedó el interés. O el dinero. O las influencias. O la especulación. Desde el mirador esas cosas no se ven bien.

El pantano y las termas

Caminando hacia las ruinas de las termas de Tiermas. Foto: Fran Pallero, hecha con IPhone.

Los Bueno de Escó, como tantas otras familias de este pueblo aragonés, sacaron músculo y salario en las canteras que dieron vida al Pantano de Yesa, hace más de 50 años. Sacaron músculo, salario y también muchas agallas, ya que sabían que la llegada del embalse supondría la expropiación de sus tierras. De esta forma, golpe a golpe, mientras la piedra hacía pantano, el pantano deshacía Escó. Ahora, abandonado, el pueblo es pasto de pastores. Las 80 familias que vivían allí, indemnizadas y destinadas a criar historias en otros lugares, se marcharon hace tiempo. Tan sólo regresan el primer domingo de cada mayo para celebrar la romería de Escó. Porque una cosa es hacerse a un lado y otra muy distinta renegar de los orígenes.

A principios de este mes, durante una visita al Pantano de Yesa, conocí a Paz Bueno, de la familia de los Bueno de Escó, que habitaban la casa conocida como Casa Tía Manuela. Había acudido a las viejas termas de Tiermas, cuyas ruinas quedan al descubierto cada septiembre, cuando el pantano pierde parte de su caudal. Allí, entre grandes piedras, sentada en una silla y envuelta en un albornoz blanco, Paz almorzaba junto a su hija a todo sol. A sus espaldas, encima de un monte, asomaban cabeza los restos de la villa romana de Tiermas, igualmente desahuciada por la construcción del embalse. “Yo recuerdo toda la vida oír: cuando llegue el pantano nos tendremos que ir”. Y fue precisamente la cadencia de esta consigna la que acabó por resignar algunas voluntades.

Troncos de árboles surgen del fondo del Embalse de Yesa. Foto: Sol Rincón Borobia, hecha con IPhone.

Paz y su familia se marcharon de Escó hace 53 años, cuando ella tenía 20. No obstante, sus dos décadas a la sombra de este pueblo siguen rondándole de cerca, imbatibles y orgullosas, como si se trataran de los mejores renglones de sus recuerdos. Y, entre ellos, cómo no, aún flota el balneario de Tiermas y sus cálidas aguas termales, también borrado en eterna aguadilla cuando llegó el embalse.

Las viejas termas sólo resurgen durante septiembre y octubre, cuando el nivel del pantano baja. Entonces, el lugar se llena de gente en busca de las propiedades curativas que se les atribuye a esas aguas que emanan directamente del subsuelo. El día que conocí a Paz Bueno este lugar estaba repleto de gente, embarrada o a remojo. Desnuda o en bañador. En grupo o en soledad. Ella asegura que esas aguas van bien para los huesos y la piel, pero por las caras de placer de algunas de las personas que había allí, se diría que también son vitamina para el alma. Una experiencia única.

Dos personas en las aguas termales de Tiermas. Foto: Fran Pallero, hecha con IPhone.

 

Un hombre desnudo hace estiramientos en las termas. Foto: Fran Pallero, hecha con IPhone.

Al dejar aquella zona de curación, a unos metros de las ruinas del balneario, me encontré con dos pescadores que echaban anzuelo en busca de percas, completamente ajenos a las termas. “Yo jamás me bañaría en ellas”, decía uno. Le dan cierto asco. Así que él y su compañero se centraban en pescar. Según informaron, este año hay más percas que nunca en el Embalse de Yesa. Tantas, que tienen permiso para capturar piezas de más de 28 centímetros, el tamaño límite del año pasado. “Las que pesquemos irán de aquí a la mesa”. Hasta ese momento sólo habían picado dos.

Mientras tanto, detrás de ellos seguían bajando por la ladera más personas con ganas de termas. Porque el balneario se habrá quedado sin paredes, pero su esencia sigue filtrándose desde las profundidades de la tierra, caliente y azufrosa.

Un pescador muestra dos percas capturadas en el Pantano de Yesa. Foto: Sol Rincón Borobia, hecha con IPhone.

‘Keep Santa Cruz Weird’

El Ecce Homo del Santuario de Misericordia (Borja). Foto: Sol Rincón Borobia, hecha con Nikon D300s.

 

Sin quererlo, Cecilia Giménez ha hecho filosofía. Con unas pinceladas de buena fe borjana, ha transformado el rostro del Ecce Homo del Santuario de la Misericordia (Borja) en un acto de interpretaciones incalculables, tan variadas y trascendentales como la más pequeña porción del obrar humano. Pero aún más importante que todo eso es que Cecilia Giménez ha convertido mi verano en el mejor del mundo. Nada más ver el resultado de sus labores de restauración de la santa imagen me invadió el buen humor y así sigo desde entonces. Por este motivo, la peor noticia que podría recibir es que a la pobre mujer le entrara una depresión o le diera un ataque de ansiedad. Cecilia Giménez se merece un monumento, una calle, un aplauso, una cena homenaje, una invitación a Santa Cruz, a ver si pone a la capital tinerfeña en el punto de mira del universo. Porque esta aragonesa de 85 años y su trazo resuelto han convertido agosto en pura inspiración. Yo, si fuera el alcalde de ese pueblo, ya habría registrado la marca: Mantén raro Borja, como hicieron los habitantes de Austin (Texas) con su eslogan Keep Austin Weird para fomentar el comercio local a base de convertir la ciudad en la más rara de Estados Unidos. Pero si los borjanos no se deciden a desarrollar esta historia, no me importa aparcar la idea en Santa Cruz, a ver si cuaja algo. Que como no sea a base de saltos sin red, a esta capital no hay quien la espabile ya. Los corsés, tacones y anacronismos con los que todavía caminan los políticos chicharreros impiden su avance ágil y resuelto. En fin, que tengo más fe en los borjanos. Y como mi pueblo está a media hora escasa del Santuario de la Misericordia, este septiembre me lo voy a pasar en grande hablando con los vecinos del lugar. Para empenzar, la foto con el desfigurado Ecce Homo cae seguro, que el otro día vi en las noticias a un japonés fotografiando la obra, y ya se sabe que cuando los japoneses aparecen en algún sitio apuntando con sus cámaras el negocio está asegurado. Vamos, que ya quisiera Santa Cruz tener un turista japonés paseando por sus calles.

Meli, Ángeles y Graciela

Meli, Ángeles y Graciela serían como Thelma y Louise si no fuera porque son tres y no van en descapotable. Bueno, y porque tampoco se van a dar el mismo porrazo ni ninguna de ellas se va a ligar a Brad Pitt. Aun así, salvando diferencias y despeños, a mí estas mujeres me han hecho pensar en la película de Ridley Scott. Y es que Meli, Ángeles y Graciela, una para todas y todas para una, se han sentido aniquiladas desde la retaguardia y los flancos y se han dicho ¡qué carajo! ¡pues nos lanzamos al vacío! Y dicho y hecho. Estas trabajadoras de la Cooperativa Mararía sorprendieron mi desayuno al airear a bocajarro que esta empresa contratada por el Ayuntamiento de Santa Cruz para atender a domicilio a ancianos sin recursos atendía también a pudientes y enchufados sin perder el sueño ni temblarle el pulso. Como decían en la película: “Buenos días, damas y caballeros. Esto es un asalto. Ahora, si nadie pierde la cabeza, nadie perderá la cabeza”. En la vida real, Meli, Ángeles y Graciela han lanzado el órdago a su modo y según sus fuerzas. Desesperadas por la quiebra de la empresa debido a su millonaria deuda con la Seguridad Social, y mientras la cooperativa y el Ayuntamiento andan por el campo de juego echándose las culpas, van estas tres y desvelan al mundo entero que cuidaban demasiado a ancianos “que vivían de lujo”, y poco a otros verdaderamente necesitados. “¿Estás despierta?” “Supongo que sí, tengo los ojos abiertos”, decían las protagonistas de la peli. En la versión chicharrera, Meli, Ángeles y Graciela ya podían haber despertado antes. Las denuncias, cuando se hacen desde un callejón sin salida, son menos denuncias. De todas formas, no hay que ser muy listo para saber de qué va la vida sin tener que mirarla directamente a los ojos. Y si a Meli, Ángeles y Graciela les ha dado por desembuchar ahora, bienvenido sea si lo pueden demostrar. Aquí estamos todos para ver en qué acaba esta historia prologada por tres desesperadas, empujadas por las circunstancias hasta el borde del precipicio. “Bueno, no estamos en el fin del mundo pero desde aquí se ve”, decían Thelma y Louise.

Vuelve la vieja España

Volar es como el whisky. No me gusta, pero es necesario. Es más, de tan necesarias que son estas dos cosas, algún día debería lanzarme y probarlas a la vez, a ver qué pasa. A pecado grave no creo que llegue. Como mucho a venial. Pero, mientras me decido, esos dos malos tragos los afronto por separado. En lo que al segundo se refiere, convenientemente mezclado con refrescos. Y en cuanto al intransitivo, lo asumo con un buen tranquilizante. Porque yo, sin un paliativo que amortigüe turbulencias no me subo a un avión. Por este motivo, antes de hacer maletas voy a que me hagan una receta. El proceso lo he ritualizado de esta forma: si el año ha estado sembrado en despegues y aterrizajes, acudo a la consulta una vez al año. De lo contrario, una vez cada dos. Y así voy tirando en esto de volar. Con el miedo adormecido y el estómago relajado todo se ve diferente desde las alturas. Y para distraerme aún más en el vuelo, me gasto los cuartos en un bocadillo, aceitunas, papas fritas y un capuchino. Es entonces, justo en el momento en que me ponen la bandeja y la pastilla ya me ha hecho efecto, cuando soy feliz. Algo es algo. Y este año haré lo mismo. Lo único que cambia es que he tenido que añadir un trámite más al ritual: pasar por las oficinas municipales para que me peinen a lo residente. Ser residente mola mucho porque abarata billetes y aún sobra algo para poder acudir a las urnas. Una ganga. Sin embargo, con Mariano Rajoy cabalgando las olas ya no basta con presentar el carné de identidad, sino que hay que volver a la España en la que todo se resolvía a base de colas, horarios y funcionarios. Y como esto ya lo sufrí el mes pasado, me acuso sin vergüenza de ser una de las 10.000 personas que han pasado por el Ayuntamiento de Santa Cruz para comprar el certificado de viajes, a 2,50 el folio. Una de las 10.000 que ha cogido número, se ha sentado en una silla y ha escuchado las quejas de todos a los que les salió mal el primer intento. Y, como antaño, he vuelto a sentir la emoción impagable de no saber si te faltará algún papel, alguna firma o la fotocopia de algún documento. Y es que no hay nada como escuchar el viejo himno español: “Vuelva usted mañana”.