Tengo una palabra que contartE: Jánovas.

Jánovas asoma en el valle del Ara. Foto de Sol Rincón, hecha con Nikon D3300.

Para los niños y niñas de Jánovas, Jesús Alonso era como el hombre del saco. Cuando lo veían aparecer corrían a refugiarse en sus casas.

—¡Que viene Alonso!

Y sus gritos de pánico se oían en todo el valle del Ara.

Al salvaje Alonso todo ese miedo le daba igual. Ni los gritos, ni las lágrimas, ni la desesperación, ni el desgarro que provocaba le importaban. Él tenía una misión que cumplir, una orden que acatar, y lo haría pasara lo que pasara.

LA MISIÓN (te cuento, te cuento..)

Alonso el cruel era esbirro de una hidroeléctrica. Y esta, a su vez, tenía la bendición de la maquinaria política y judicial para hacer lo que le viniera en gana con la buena gente de Jánovas.

Ahora, hablemos de su misión.

El objetivo era claro como una tarde de verano: vaciar el pueblo de cualquier forma de vida, destruir las casas e inundar toda la zona.

Y el motivo, oscuro como las noches sin luna en el monte: construir un embalse para la producción de energía eléctrica.

Por supuesto, había que expropiar. Y así lo hicieron. Los bárbaros expropiaron con mentiras y acuerdos injustos.

Hubo gente que, tras firmar sin saber que estaba siendo engañada, abandonó sus casas y sus tierras, y se marchó.

Pero otra, no.

Y es a esta gente a la que tanto odiaban Jesús Alonso y sus jefes.

Entonces… ocurrió.

EL SUCESO DE LA ESCUELA (o el arte de abrir una puerta)

Supongamos que el día del suceso Jesús Alonso se levantó con el pie izquierdo, que se derramó el café en la entrepierna, que su señora esposa había salido con sus amigas la noche anterior y había regresado risueña y feliz, o, por qué no, que brillaba el sol.

El caso es que ahí estaba, con su peor malhumor, derribando a golpes la casa expropiada de la maestra, mientras en el piso de bajo las clases continuaban como cada día.

Y es que ¿por qué clausurar el colegio en pleno curso escolar si todavía no habían comenzado las obras del embalse?, se preguntó la máxima autoridad política de educación en la zona, dejando que los niños y niñas siguieran acudiendo a sus clases mientras el agua no anegara el lugar.

Pero uyyyyyyy, esa decisión reconcomía a Alonso por dentro.

Así que…

Bajó las escaleras tan rápido como pudo (nos figuramos, claro, porque si lo hubiera hecho lentamente hubiera pasado de cruel a psicópata. Dejémosle un margen de salvación) y derribó la puerta de la escuela de una patada.

Podía haberla abierto como cualquier hijo de vecino ¿no? Incluso podía haberla abierto de forma airada, por supuesto. Pero no. Le dio tal patada que la puerta se soltó de sus goznes y cayó panza arriba.

Los niños y niñas se dieron un susto de muerte. ¿Gritaron? ¿Lloraron? ¿Se arrinconaron juntos al ver entrar al ogro que tanto temían?

Quién sabe. Tal vez hicieron un poco de todo eso.

El caso es que Alonso cogió a la maestra de los pelos y la arrastró fuera de la escuela. Y a los pequeños los echó con patadas, empujones e insultos.

¡Vaya modales! Todo un desalojo violento e ilegal.

Los progenitores de los peques no se quedaron callados, no. ¡Faltaría más! Denunciaron el hecho ante la inspectora de Enseñanza Primaria de la zona, María Rosario Pie, quien, sintiéndose que le faltaban al respeto (vaya usted a saber por qué), los denunció por injurias.

Finalmente, el juez de turno condenó a los padres y madres denunciantes a un mes y un día de arresto y a pagar las costas procesales.

¡Oh yeah!

La escuela de Jánovas, ya reconstruida y convertida en La casa del pueblo. Foto hecha por Sol Rincón Borobia con Nikon D3300.

LA TAZA DE TÉ Y EL DEDO MEÑIQUE (la palabra Jánovas tiene tela, lo sé)

En fin, continuemos.

Yo me las imagino con una delicada tacita de porcelana en sus manos y sorbiendo el dulce té, con el dedo meñique levantado.

Hubo una época en que me las imaginé con una copa de champán francés, pero me dije: ¡Despierta, que no estás en una novela de Scott Fitzgerald!

Confieso que tampoco estaban bebiendo té. Pero, me las imagino así. Y si me apuráis, con pieles de zorro sobre sus hombros.

Me refiero a las esposas de los ingenieros de la hidroeléctrica, subidas a un alto del valle mientras observaban cómo la dinamita volaba las casas de aquella buena gente.

Las explosiones ocurrieron sin previo aviso para los habitantes del lugar.

¡Boom! ¡Boom!¡Boom!

Pequeños y mayores, muertos de miedo, corrían a refugiarse donde podían mientras, allá arriba, los ingenieros y sus esposas disfrutaban del espectáculo.

La dinamita acabó con tres casas abandonadas: Casa Sarrete, Casa Chaquis y Casa Marité. Pero, como todas las del valle, esas tres también estaban hechas con piedra. Y la piedra (¡oh la la!) saltó por lo aires para caer luego sobre todo lo que había alrededor, incluidas casas habitadas.

No hubo muertos.

Pero el pánico, el saber hasta dónde eran capaces de llegar los salvajes para asustarles y obligarles a abandonar su tierra, les afectó.

Menos mal que las autoridades, una vez que conocieron el suceso, prohibieron el uso de dinamita, ufff.

LA RESISTENCIA (Jánovas: qué palabra más inspiradora)

Resistir era difícil.

Casas abandonadas y casi derruidas, desolación, amenazas de todo tipo, burlas, desamparo, miedo, pobreza.

La justicia y la política no estaban de parte del pueblo.

Los años fueron pasando y la presa seguía sin hacerse, pero ¡por mis muertos que esto es ahora personal y os vais a largar todos de vuestra tierra aunque las obras no empiecen nunca, muertos de hambre!

La gente se fue marchando.

¿Toda?

¡No!

Francisca Castillo y su esposo, Emilio Garcés, decidieron aguantar.

Se convirtieron en la resistencia.

Y ejercieron como tal durante 23 años.

Su valentía se convirtió en la voz del valle del Ara. Entre ellos y algunos vecinos que se habían marchado hacía tiempo siguieron luchando en los despachos políticos, en los juzgados, en la calle, en los medios de comunicación… sin descanso.

Su lucha inspiró canciones a cantautores y grupos musicales; levantó en pie de guerra a asociaciones ecologistas; los periodistas se rindieron ante la evidencia de una injusticia; miles de personas se arrepintieron de haber dado la espalda a ese pequeño pueblo que era masacrado a orillas del río Ara.

La resistencia se hizo graaaaaande.

Mientras tanto, el embalse seguía sin construirse.

Al final, la hidroeléctrica vendió su derecho a construir el embalse a otra empresa del gremio.

El pueblo, ya no era pueblo, solo era Francisca y Emilio.

Pero, de repente, llegó él.

Una calle de Jánovas. Foto de Sol Rincón Borobia, hecha con Nikon D3300.

Y LLEGÓ ÉL (con su integridad a prueba de balas)

Juan Luis Muriel entró en escena, ¡viva!

Por aquel entonces, era el de Secretario General del Ministerio de Medio Ambiente, a cuyas manos y gracias a la resistencia, llegó el proyecto del embalse.

Y lo leyó. Todo, todito.

Y… ¡ay mi madre! ¡si este proyecto contraviene todas las normas medioambientales del universo! (ya, ya, me he pasado). Pero, vamos, que la cosa pintaba mal para la hidroeléctrica y así se lo hizo saber al ministro, su jefazo.

Pero uyyyyyyy, esa noticia le reconcomía por dentro al ministro.

—¡Anda, Juan Luis de mi alma!¡Firma que el embalse es una obra muy bonita y necesaria y me harás muyyy feliz! Un día de estos nos tomamos unas cervecitas ¿vale? —Algo así debió decir.

Afortunadamente, Juan Luis no se acobardó. El proyecto suponía un daño enorme para el medioambiente y así lo dictaminó y firmó. Ahora bien, su integridad le costó el trabajo. Su despido llegó de forma inmediata.

JÁNOVAS NO REBLA (La palabra evolucionó a una forma de ver la vida)

Jánovas no rebla, no. Es decir, no se rinde, no da un paso atrás en su lucha. Porque, aunque los herederos de aquella buena gente que fue maltratada y echada de su tierra han recuperado sus propiedades, ahora se enfrentan a la reconstrucción de las casas y los espacios públicos, además de la recuperación de los servicios básicos de cualquier pueblo.

Jánovas es un pueblo, y una inspiración.

Pero necesita seguir luchando.

Lo necesita porque:

  • fue destrozado para nada.
  • sus habitantes fueron expulsados de su tierra.
  • ahora necesitan dinero para hacer de nuevo el pueblo.
  • y porque, después de todo, nadie les ha pedido perdón.

CRÉDITOS (Ya ya, nadie se los lee).

  • Jesús Alonso, en el papel de Jesús Alonso.
  • Hidroeléctrica. Esto es muy lioso por las fusiones, compras, cambios de nombres y demás cosas que hacen las hidroeléctricas. Pero, para resumir, la hidroeléctrica que primero machacó al pueblo fue Iberduero. Después, Iberduero pasó a formar parte de Iberdrola. Finalmente, el asunto del embalse pasó a manos de Eléctricas Reunidas de Zaragoza (actual Endesa).
  • María Rosario Pie, en el papel de María Rosario Pie.
  • Ministro. Bien, el ministro de Medio Ambiente que aparece en esta historia es Jaume Matas (sí, ese al que han procesado por una docena de delitos y condenado a la cárcel). No obstante, antes que él, la ministra de Medio Ambiente fue Isabel Tocino, la cual también pidió a Juan Luis Muriel que intentara aprobar el embalse.

TE REGALO UNA ESTRELLA

Eyyyy, bien hecho. Como premio por leer los créditos, te voy a regalar una estrella.

Para poder verla en el cielo, entra aquí, pon tu nombre y deja un comentario de apoyo a Jánovas.

Cuando lo hagas, asómate a la ventana esta noche y mira hacia arriba.

THE END

Los joaldunak (Zubieta II)

Martes, 31 de enero de 2017. Cuando llegamos, los joaldunak de Zubieta se preparaban para ir al encuentro de sus vecinos, los joaldunak de Ituren, y recibirlos a la entrada del pueblo. Atadas a un tradicional bucle de reciprocidad, las dos localidades navarras enlazaban así cortesías de anfitrionas, ya que si el lunes fueron los ittundarras los que recibieron a los zubitarras, ese día los papeles se invertían.

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Los joaldunak comienzan a ponerse los trajes en el Carnaval de Zubieta 2017. Foto hecha con Nikon D3300 y objetivo 50mm. Autora: Sol Rincón Borobia.

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Trabajo de colocación de cencerros a un joaldun en el Carnaval de Zubieta 2017. Foto realizada con Nikon D3300 y objetivo 50mm. Autora: Sol Rincón Borobia.

Como había tiempo de sobra hasta que los joaldunak de Ituren salieran y recorrieran a golpe de cencerro los cuatro kilómetros que, calculé, había entre los dos pueblos, no fue hasta bien entrado el mediodía que los de Zubieta no empezaron a vestirse; por cada uno que se colocaba las pieles y los cencerros, dos le tenían que ayudar a fuerza de apreturas, ya que esos corpiños solo parecen sujetarse a cambio de perder oxígeno, sacrificar gramos de lozanía en el rostro, y hasta marchitar el fuelle del habla.

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Los joaldunak se ayudan a ponerse los cencerros. Carnaval de Zubieta, 2017. Foto con Nikon D3300 y objetivo 50mm. Autora: Sol Rincón Borobia.

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Tres joaldunak se ayudan a ponerse los cencerros. Carnaval de Zubieta 2017. Foto con Nikon D3300 y objetivo 50mm. Autora: Sol Rincón Borobia.

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Un joaldun tira con fuerza de una cuerda para sujetar los cencerros de uno de sus compañeros. Carnaval de Zubieta 2017. Foto con Nikon D3300 y objetivo 50mm. Autora: Sol Rincón Borobia.

El encuentro entre las dos comunidades tuvo lugar en el umbral de la tarde, y tan pronto como los oímos a lo lejos, la onomatopeya de los cencerros introdujo su influencia por las aperturas de los sentidos. Mujeres, hombres, niños y niñas integraban los grupos de joaldunak de Zubieta e Ituren, y todos, con sus característicos pasos, lograron confederar los golpes de los badajos bajo una única y reverencial cadencia que nos atrapó de forma inmediata.

Los rostros de los danzantes mostraban porte serio, acorde con su cometido, ya fuera espantar los malos espíritus, despertar la primavera, anunciar el carnaval, o todas estas cosas a la vez. Con sus miradas fijas y prácticamente inexpresivas protegían una concentración máxima, indispensable para llegar hasta el final, que ese día en concreto, a pesar de ser enero, acunaba los 20 grados bajo un sol claro que andaba a vueltas con el invierno.

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Joaldunak de Zubieta (Carnaval 2017). Foto hecha con Nikon D3300 y objetivo 50mm. Autora: Sol Rincón Borobia.

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Un joaldun en el Carnaval de Zubieta (Navarra) 2017. Foto hecha con Nikon D3300 y objetivo 50mm. Autora: Sol Rincón Borobia.

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Joaldunak de Zubieta, en el Carnaval 2017. Foto hecha con Nikon D3300 y objetivo 50mm. Autora: Sol Rincón Borobia.

Fue entre un sincero y brutal apiñamiento de turistas y no turistas donde los joaldunak acabaron su desfile en la plaza de Zubieta. Afortunados los que pudieron disfrutarlos desde las ventanas y los balcones, porque los de a pie sufrimos un considerable precio por verlos danzar, con el impuesto añadido de molestos y desatados personajes de terror que tiraban petardos a discreción, y manejaban vehículos de dudosas intenciones y capacidades. A pesar de eso, los joaldunak merecieron la pena.

La fábula (Zubieta I).

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Carnaval de Zubieta, 2017. Foto hecha con Nikon D3300 y objetivo 50mm. Autora: Sol Rincón Borobia.

El encorvado semidesnudo, mudo y puntiagudo, contiene en su aspecto brujesco partículas de melancolía, aura tierna, algo inexplicable, imperceptible a la vista y al resto de los sentidos conocidos, que produce pena, una punzada de pesadumbre por reconocer en él la eterna parte de todo. Camina por las calles de Zubieta con un borrico, un perro y una gigantesca rama de árbol, si no es el árbol mismo, y despierta sin querer el preludio de una anarquía salvaje, propia, que por otra parte ya tenía ganas de despertar y desentumecerse después de tanto tiempo. Al principio solo lo vemos a él, exhalándose entre turistas y no turistas, apareciendo y desapareciendo pueblo adentro, como distracción mientras los joaldunak de Zubieta se preparan para recibir a los de Ituren. Sin embargo, enseguida nos damos cuenta de que no solo está él, ya que pronto aparecen los otros.

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Personaje del Carnaval de Zubieta, 2017. Foto realizada con Nikon D3300 y objetivo 50mm. Autora: Sol Rincón Borobia.

Versión 2
Sin rostros. Carnaval de Zubieta, 2017. Foto hecha con Nikon D3300. Objetivo 50mm. Autora: Sol Rincón Borobia.

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Personaje del Carnaval de Zubieta, 2017. Foto con Nikon D3300 y objetivo 50mm. Autora: Sol Rincón Borobia.

Los otros van siendo cada vez más. Llegan de abajo y de arriba, por la espalda o de frente. Salen de allí y de allá, vienen y van. No hablan. No sonríen. Algunos arrastran el rigor mortis de pequeños animales de cuerpo entero (un perro, un zorro…) y otros solo muestran las vísceras y las pieles de carnes más grandes. Parecen ajenos a lo que les rodea, almas en pena que rehúyen el contacto con la vida, que quieren pasar desapercibidas, que solo saben caminar sin rumbo, apocadas. Pero eso solo es una ilusión, un vahído momentáneo, una treta tal vez. Sin más, enseguida enseñan su intención, que no es otra que la de molestar y espantar.

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Tres jóvenes en el Carnaval de Zubieta, 2017. Foto con Nikon D3300 y objetivo 50mm. Autora: Sol Rincón Borobia.

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Dos personas acarrean un gato muerto en el Carnaval de Zubieta, 2017. Foto hecha con Nikon D3300 y objetivo 50mm. Autora: Sol Rincón Borobia.

La ignominia con la que estos personajes de Zubieta tratan a los turistas va in crescendo conforme pasa la mañana, calentando su inicialmente moderado descaro con aproximaciones y labores engorrosas que obligan a los visitantes a dar varios pasos atrás. Más tarde, dicho descaro va desarrollando su carácter lanzando al gentío boñigas, pescado podrido y otros sólidos incómodos que dejan en la ropa olores y machas, y en los rostros mohínes de repulsión. Y aún queda la traca final, que acontece cuando los joaldunak terminan, por lo pelos, su representación en la plaza del pueblo. Entonces, como el estallido de la anarquía, vehículos de atronadores motores se abren paso entre la gente a base de amenazas de peligro de muerte, enmascarados de terror enarbolan sierras mecánicas nada tranquilizadoras, enormes petardos son lanzados indiscriminadamente, culos al aire participan en sodomías de temática política y, en definitiva, los comportamientos primitivos se desatan y no cabe en cabeza alguna que vaya a ser posible anudarlos de nuevo.

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Carnaval de Zubieta, 2017. Foto con Nikon D3300 y objetivo 50 mm. Autora: Sol Rincón Borobia.

 

Torres del Río

Torre de la iglesia del Santo Sepulcro.
Torre de la iglesia del Santo Sepulcro.

Ofelia se ha levantado y el frío le ha dado los buenos días y un abrazo. Una vez vestida, coge una chaqueta de lana para abrigarse más y, sin darse cuenta, se la pone del revés. Seguidamente, se la abrocha con un imperdible dorado y se centra en sus quehaceres. Las primeras horas de la mañana pasan rápidas y rutinarias en su casa. Desayuna, limpia, ordena, prepara la comida… hasta que, de repente, antes del mediodía, suena el teléfono. Se trata de una pareja que quiere visitar la iglesia del Santo Sepulcro. “Sí, soy yo. Enseguida voy”, contesta.

Ofelia llega hasta la iglesia, saluda al hombre y a la mujer, y abre la puerta. La pareja entra, mira a su alrededor y le gusta lo que ve: una estancia románica de planta octogonal, con una bóveda de ocho arcos enlazados que forman una magnífica estrella en el centro, de influencia mozárabe. Cenefas ajedrezadas, cabezas de animales salvajes, pequeños ventanales con hermosas celosías coronadas con siluetas de castillos que evocan Jerusalén… Él ha leído que la iglesia pudo pertenecer a la Orden del Temple, y no le cuesta nada imaginarse allí mismo a un místico y solitario templario que, arrodillado y cabizbajo, vela su espada toda la noche mientras promete servir a Dios y a la Orden. También ha oído que en la torre de la iglesia se encendían hogueras para guiar por las noches a los peregrinos del Camino de Santiago, y así lo expresa en voz alta.

Ofelia, cobrando la entrada a la iglesia del Santo Sepulcro.
Ofelia, cobrando la entrada a la iglesia del Santo Sepulcro.

En ese instante, Ofelia niega con la cabeza y se irrita. Asegura que lo de las hogueras no es posible y que está un tanto harta de oír esa historia. Cuenta que su marido vio cómo estaba la torre cuando la abrieron para restaurarla, y allí no había restos de hogueras. “¿Tú sabes cómo deja una hoguera las paredes? ¡completamente negras! Y más si, como dicen, aquí se encendían hogueras continuamente. Pero no, las paredes de la torre no tenían ni rastro de que allí hubiera habido fuego”, explica. Acto seguido, expone su teoría. Para ella, está claro que cuando los escritos describen la torre como un faro guía, se refieren a que era un lugar de recogimiento. Que las personas que se cobijaban en ese lugar, fueran quienes fuesen, lo hacían para meditar, para dejarse llevar por el silencio y las oraciones y guiar sus almas hacia el camino correcto. Digamos que la torre les guiaba hacia Dios.

Una vez rotas las distancias, Ofelia sigue hablando de esto y lo otro, casi todo relacionado con la iglesia y con símbolos templarios que hay en algunas casas del pueblo, Torres del río, como la Cruz Tau, la Cruz Paté… incluso la iglesia tiene a su entrada una cruz parecida a la Cruz Patriarcal de los templarios. Más animada, también muestra a la pareja otro elemento que contiene la iglesia, aunque nada tiene que ver con ella, sino que fue puesto allí mucho después, hace relativamente poco: un porta velas con un cruz invertida. Ofelia se encoge de hombros cuando la pareja se asombra.

Cruz en la iglesia del Santo Sepulcro, parecida a la Cruz Patriarcal de los templarios.
Cruz en la iglesia del Santo Sepulcro, parecida a la Cruz Patriarcal de los templarios.

 

El porta velas con la cruz invertida.
El porta velas con la cruz invertida.

Es hora de marchar. El hombre y la mujer dan las gracias a Ofelia. Esta les dice que ha sido un placer y que en esta época del año hay pocos peregrinos que pasen por Torres del Río, es febrero y el frío disuade a muchas personas de emprender el camino hasta Santiago. Ofelia se queda sentada un rato más en la entrada de la iglesia, sobre la piedra románica, en un lugar al sol. Dentro tiene una mesita y una silla para cobrar entradas y atender a los y las visitantes, pero hace tanto frío en el interior que prefiere estar afuera, calentando sus huesos. La chaqueta que lleva no ha resultado suficiente para templarle.

 

 

 

 

Orísoain

Iglesia de San Martín de Tours, en Orísoain.
Iglesia de San Martín de Tours, en Orísoain. Foto hecha por Sol Rincón Borobia con una Nikon D3300.

René Guénon apareció en Orísoain y, abriéndose paso a codazos, se otorgó el privilegio de colocarse al lado de Jesús Pérez de Ciriza, que es quien, al fin y al cabo, lo había invocado. De hecho, tras esa invocación Guénon se creía con derecho a eso y a mucho más. Pensó que incluso podía meter baza y replicar cuanto le viniera en gana. Sin embargo, René Guénon se equivocaba. Jesús Pérez de Ciriza lo había evocado, sí, pero como a tantos y tantos otros, y todos esperaban turno para hablar. Por ejemplo, entre ellos estaba Pseudo Dionisio Areopagita, que llegó de repente y se mezcló con los demás. Y es que, al final, se juntaron más de una decena de pensadores. Más de una decena de nombres y apellidos venidos de distintas épocas y países, pero con algo en común: la iglesia de San Martín de Tours.

Y no es que todos ellos hubieran pasado alguna vez por San Martín de Tours, o hubieran escrito sobre su románico. Nada de eso. Es más, algunas de esas mentes murieron cuando la iglesia aún no existía, y el resto ni había oído hablar de ella cuando ya estaba construida. Así que, definitivamente, no era el templo en sí lo que les había reunido ese día en Orísoain, sino la incalculable atracción que Jesús Pérez de Ciriza siente por esa iglesia.

Jesús Pérez de Ciriza
Jesús Pérez de Ciriza. Foto hecha por Sol Rincón Borobia con una Nikon D3300.

Pérez de Ciriza lleva años pensando en románico. Y con ese lenguaje se maneja como nadie en la luz y en la oscuridad, en las estaciones del año y en las horas del día, con silencio o sin él. Por eso, visitar la iglesia de Orísoain en su compañía es ver mundo. En este caso, un mundo donde los símbolos, la espiritualidad, el esoterismo, la naturaleza, las creencias, las tradiciones y el espacio son explicados de mil formas distintas, según de qué boca caigan las explicaciones: de la de René Guénon, de la de Pseudo Dionisio Areopagita, o de las de tantos otros, todos ellos parafraseados por Jesús Pérez de Ciriza, a quienes evoca cuando las interpretaciones del románico lo requieren.

Así, con él y con todos los invocados, el paseo por el interior y el exterior del pequeño templo de San Martín de Tours se hace sendero; y el sendero, bosque; y el bosque, selva. Y de esta forma, profundizando en la naturaleza, la iglesia descubre sus rincones, entre los que destaca su cripta, una de las cuatro románicas que hay en Navarra. Las escaleras que descienden hasta ella surgen tras una trampilla en el suelo, al pie del altar. Hay luz eléctrica, claro. Pero Pérez de Ciriza la suele apagar y, en su lugar, enciende velas. Solo un momento. El justo para que todos sientan mejor los relieves de la piedra tallada, sus formas y su significado.

En la cripta de Orísoain.
En la cripta de Orísoain. Foto hecha por Sol Rincón Borobia con una Nikon D3300.

También crea sonido. Lo hace colocándose en un punto concreto de la cripta, sin abrir la boca o abriéndola a penas. Y no es un sonido cualquiera. Es un sonido antiguo. Y con ese sonido en el cerebro y la oscuridad en los ojos, al salir al exterior parece que el mundo se cayera encima. Pero enseguida aparecen los canecillos de la iglesia, sus columnas y capiteles, sus piedras calculadas, más símbolos y pesquisas… y, entonces, la atención vuelve a crecer, preparada para recibir más Historia.

En realidad, podrían pasar horas y más horas, y la red de información que teje Pérez de Ciriza alrededor de la iglesia no acabaría nunca. Porque desde ahí, desde ese pequeño lugar de piedra, salen tantas conexiones como se quiera investigar. Así que sí, podríamos pasar horas y horas allí, con intervalos de refrigerios para alimentar el cuerpo, y no veríamos el fin. Por este motivo, el secreto es cortar por lo sano, reservar más para otro día y alejarnos del templo mientras atrás todavía siguen vertiendo pensamientos los evocados por el guía: René Guénon, Pseudo Dionisio Arepagita, y tantos y tantos otros.

 

Zuasti y el Muro

Trozo del Muro de Berlín en Zuasti (Navarra). Foto de Sol Rincón Borobia hecha con IPhone.
Trozo del Muro de Berlín en Zuasti (Navarra). Foto de Sol Rincón Borobia hecha con IPhone.

Durante años desayuné sin saberlo a pocos metros de un aforismo hecho de pensamiento y piedra. Un potente axioma en forma de L que, por mucho que se pusiera delante, no conseguía llamar mi atención. Totalmente ajena a este precepto, cada septiembre, en mis excursiones al Norte, hacía un alto en la estación de servicio de Zuasti, pedía café y algo de comer, y me sentaba al lado de los grandes ventanales. Desde allí, con aquella L irrumpiendo en el horizonte, miraba hacia la Cuenca de Pamplona, Sarasa, la Peña de Izaga y el Monte de San Cristóbal, y pensaba en los caseríos, los prados verdes, las eguzkilores y las sorginak que me iba a encontrar durante el día. Zuasti era el prólogo de la aventura. Un buen estímulo con sabor a cafeína.

Sin embargo, horas más tarde, de regreso a casa, muy pocas veces me detenía en esa estación. Con ganas de llegar a tiempo para la cena, pasaba de largo Zuasti, dejándola a mi izquierda mientras miraba de reojo aquella L que la corona, una especie de piedra vigía que reina por encima de la Ap-15, a la altura del kilómetro 102. La miraba cada septiembre. La miraba mientras desayunaba tras los ventanales de Zuasti, y la miraba después, cuando volvía de mis excursiones. La miraba, pero no la veía. Y así fue durante mucho tiempo, hasta que me enteré. Hasta que en una de las raras ocasiones en que paré de vuelta a casa, una camarera de la estación me lo dijo: “Esa piedra en L que está ahí es un trozo del Muro de Berlín“.

El Muro de Berlín cayó el 9 de noviembre de 1989 y, poco después, José Antonio Jáuregui Oroquieta ya estaba pensando en cómo convertir aquel símbolo de vergüenza y muerte en un ariete con el que abrir paso a la esperanza y la libertad. Aquella idea, ese empeño por la redención, fue plasmada finalmente en Zuasti. Las gestiones del famoso antropólogo navarro terminaron el 4 de mayo de 1991, con la inauguración del monumento, diseñado por el arquitecto Fernando Redón Huici. “Me preguntaron si quería hacerlo y yo les dije que encantado de la vida”, recuerda Redón. Y, así, sin más dilación, se puso manos a la obra.

La base que proyectó para ubicar la histórica L consiste en dos enormes bloques de hormigón y granito negro separados momentáneamente por una hiriente hendidura. Una grieta sangrante que intenta romper la armonía del conjunto, debilitándolo por un lateral. Afortunadamente, Redón detuvo la hemorragia uniendo los bloques en el vértice y colocando ahí la que un día formó parte del Muro de la Vergüenza y que hoy representa la L de Libertad. Una de 2 metros de altura y 2.500 kilos de remordimiento que fue traía en un camión desde Alemania para recordar a quien pase por Zuasti que hay muros que deben caer. Y junto a este aforismo, se puso otro más a los pies del monumento. Otro en forma de pensamiento: El camino hacia la paz en Europa debe pavimentarse con las piedras arrancadas al Muro de Berlín, Salvador de Madariaga, Oxford 1967.

Ahora, cuando desayuno en Zuasti mientras me imagino las eguzkilores y las sorginak que me esperan en el Norte, miro la Cuenca de Pamplona, Sarasa, la Peña de Izaga y el Monte de San Cristóbal, y luego me detengo en la L del Muro de Berlín, viéndola en toda su extensión, desde todos los puntos posibles, preguntándome cuántas personas murieron intentando saltarla.

(Ayer, 9 de noviembre, se cumplieron 24 años de la caía del Muro de Berlín).

El paréntesis de Zacarías Piernabierta o la Batalla de Belchite

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Ruinas del pueblo viejo de Belchite. Foto hecha por Sol Rincón Borobia, con Nikon D300S.

Años antes de que a Paulina y a su hermana Antonia les cayera una bomba encima y sus vidas quedaran reducidas a una historia de fantasmas y apariciones, Zacarías Piernabierta saboreaba los días entre su casa, el colegio y la calle. Sin grandes preocupaciones que le fruncieran el ceño, ayudaba a su padre con las labores agrícolas, jugaba a las canicas con sus amigos y cumplía con sus estudios en El Ferial, la escuela hasta donde arrastraba una enciclopedia de dos duros la factura y donde compartía aula con 99 alumnos más y un único profesor. Allí, como mandaba la educación de entonces, los niños pasaban por la primera, la segunda y la tercera sección, hasta cumplir los 14 años.

Sin embargo, Zacarías Piernabierta no pudo terminar sus estudios de un tirón. Y no porque no quisiera, sino porque un día le creció un paréntesis justo en la puerta de su casa. Era, lo recuerda bien, el 26 de agosto de 1937, y aquel paréntesis, bien construido por la diestra y la siniestra, sin fisuras en su estructura, lo encerró como si fuera de su propiedad y se comió su rutina y sus planes, interrumpiendo su infancia en cuestión de segundos. Y es que Zacarías Piernabierta nació en 1926 y en Belchite. Y eso, amigos, era tener el destino marcado a fuego. Un destino fuertemente amurallado, bien construido por la diestra y la siniestra, sin grietas en el techo.

Y fue así que, con 11 años, quedó atrapado en su propio pueblo, asimilando la guerra como podía, aceptando que las batallas de ese tipo no se ganan a base de indirectas, y aprendiendo que las balas checas no son munición de paso, sino que cuando se hunden en la carne explotan dentro y luego celebran el trabajo bien hecho. Por lo tanto, como en aquel tapete se jugaba al todo o nada, no le quedó otro remedio que dejar su edad para más tarde y apostar su vida a un solo número.

Ruinas del pueblo viejo de Belchite. Foto hecha por Sol Rincón Borobia, con Nikon D300S.
Ruinas del pueblo viejo de Belchite. Foto hecha por Sol Rincón Borobia, con Nikon D300S.

La Batalla de Belchite se libró en el pueblo del 26 de agosto al 6 de septiembre de 1937. Durante aquellos doce días de enfrentamientos entre republicanos y nacionales, con heridos y muertos por todas partes, Zacarías Piernabierta endureció la piel y avivó el coraje. Su casa, ubicada en el número 1 de la plaza del Convento, quedó arrasada por el fuego. Y él, sin haber cumplido los 12, ya sabía lo que era echar un pulso a un carro de combate.

Fue un día en que, ayudado por su primo Roque Torba, metieron líquido inflamable en un bote y lo arrojaron contra un T26 soviético del Batallón Lincoln que intentaba entrar al pueblo por la iglesia de San Agustín. “Le tiramos aquella bomba y el rafagazo con el que respondió por poco nos liquida”, recuerda. Así son las guerras. Si me disparas yo te disparo, y muchas veces ni eso. Muchas veces, la mayoría, uno recibe sin más. Como Paulina y su hermana Antonia, a las que les cayó una bomba en su casa y allí se quedaron para siempre, alimentando con los años historias de fantasmas.

Según dicen algunos, las dos hermanas aparecen de vez en cuando por el pueblo viejo, como si aún no se creyeran que están muertas. Cuentan que cuando se rodó Las aventuras del barón Munchausen en Belchite, algunos vieron a Paulina y Antonia paseando sus almas entre los figurantes de la película. “Iban vestidas de forma muy diferente a los que participaban en el rodaje, y cuando alguien se acercaba a ellas para llamarles la atención, ya habían desaparecido”, explica Eva María Piernabierta, la hija de Zacarías Piernabierta y una de las guías turísticas del viejo Belchite.

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Casas destruidas durante la batalla de Belchite. Foto de Sol Rincón Borobia con Nikon D300S.

Los doce días de batalla dejaron muchas más historias de tragedia y fantasmas como esa. Afortunadamente, un día todo terminó. Entonces, los habitantes de Belchite fueron distribuidos por otros lugares. A Zacarías Piernabierta y a su madre los llevaron a Codo, y de allí a Calaceite, donde reanudó los estudios. A los pocos meses, la Cruz Roja los reunió con su padre y su hermano en Mas de las Matas.

Poco a poco, el paréntesis que un día lo apartó de su camino fue rompiéndose con el paso del tiempo hasta quedar reducido a ruinas, y al fin pudo reanudar su vida. Hizo el servicio militar en Zaragoza y después empezó a trabajar. Primero, como vendedor ambulante de mantas y de sábanas. No le fue mal. Las sábanas eran de buena calidad, de algodón Viuda de Torla, y en cuanto a las mantas, una adornada por las dos caras costaba 1.000 pesetas. También fue ganadero y agricultor de olivos. Pero Zacarías Piernabierta se jubiló siendo guarda forestal para la Diputación General de Aragón. Ahora tiene 87 años.

Versos convertidos luego en jota, escritos por Natalio Vaquero, un vecino del pueblo, a la entrada de una iglesia de Belchite. Foto hecha por Sol Rincón Borobia con Iphone.
Versos convertidos luego en jota, escritos por Natalio Vaquero, un vecino del pueblo, a la entrada de una iglesia de Belchite. Foto hecha por Sol Rincón Borobia con Iphone.

El viejo Belchite nunca se reconstruyó. En lugar de eso se hizo uno nuevo. Uno que cada vez que levanta la mirada se tropieza con el imponente perfil del pueblo viejo recordándole de donde viene. En él, intramuros, duerme la calle Mayor, las viejas bodegas que servían de refugio, el trujal convertido en fosa común, el Teatro de las Pampas, las ruinas del casino… y, claro, la antigua casa de Zacarías Piernabierta.

(Exceptuando los nombres de las hermanas Paulina y Antonia, los demás no son reales a petición de los protagonistas).

El pantano y las termas

Caminando hacia las ruinas de las termas de Tiermas. Foto: Fran Pallero, hecha con IPhone.

Los Bueno de Escó, como tantas otras familias de este pueblo aragonés, sacaron músculo y salario en las canteras que dieron vida al Pantano de Yesa, hace más de 50 años. Sacaron músculo, salario y también muchas agallas, ya que sabían que la llegada del embalse supondría la expropiación de sus tierras. De esta forma, golpe a golpe, mientras la piedra hacía pantano, el pantano deshacía Escó. Ahora, abandonado, el pueblo es pasto de pastores. Las 80 familias que vivían allí, indemnizadas y destinadas a criar historias en otros lugares, se marcharon hace tiempo. Tan sólo regresan el primer domingo de cada mayo para celebrar la romería de Escó. Porque una cosa es hacerse a un lado y otra muy distinta renegar de los orígenes.

A principios de este mes, durante una visita al Pantano de Yesa, conocí a Paz Bueno, de la familia de los Bueno de Escó, que habitaban la casa conocida como Casa Tía Manuela. Había acudido a las viejas termas de Tiermas, cuyas ruinas quedan al descubierto cada septiembre, cuando el pantano pierde parte de su caudal. Allí, entre grandes piedras, sentada en una silla y envuelta en un albornoz blanco, Paz almorzaba junto a su hija a todo sol. A sus espaldas, encima de un monte, asomaban cabeza los restos de la villa romana de Tiermas, igualmente desahuciada por la construcción del embalse. “Yo recuerdo toda la vida oír: cuando llegue el pantano nos tendremos que ir”. Y fue precisamente la cadencia de esta consigna la que acabó por resignar algunas voluntades.

Troncos de árboles surgen del fondo del Embalse de Yesa. Foto: Sol Rincón Borobia, hecha con IPhone.

Paz y su familia se marcharon de Escó hace 53 años, cuando ella tenía 20. No obstante, sus dos décadas a la sombra de este pueblo siguen rondándole de cerca, imbatibles y orgullosas, como si se trataran de los mejores renglones de sus recuerdos. Y, entre ellos, cómo no, aún flota el balneario de Tiermas y sus cálidas aguas termales, también borrado en eterna aguadilla cuando llegó el embalse.

Las viejas termas sólo resurgen durante septiembre y octubre, cuando el nivel del pantano baja. Entonces, el lugar se llena de gente en busca de las propiedades curativas que se les atribuye a esas aguas que emanan directamente del subsuelo. El día que conocí a Paz Bueno este lugar estaba repleto de gente, embarrada o a remojo. Desnuda o en bañador. En grupo o en soledad. Ella asegura que esas aguas van bien para los huesos y la piel, pero por las caras de placer de algunas de las personas que había allí, se diría que también son vitamina para el alma. Una experiencia única.

Dos personas en las aguas termales de Tiermas. Foto: Fran Pallero, hecha con IPhone.

 

Un hombre desnudo hace estiramientos en las termas. Foto: Fran Pallero, hecha con IPhone.

Al dejar aquella zona de curación, a unos metros de las ruinas del balneario, me encontré con dos pescadores que echaban anzuelo en busca de percas, completamente ajenos a las termas. “Yo jamás me bañaría en ellas”, decía uno. Le dan cierto asco. Así que él y su compañero se centraban en pescar. Según informaron, este año hay más percas que nunca en el Embalse de Yesa. Tantas, que tienen permiso para capturar piezas de más de 28 centímetros, el tamaño límite del año pasado. “Las que pesquemos irán de aquí a la mesa”. Hasta ese momento sólo habían picado dos.

Mientras tanto, detrás de ellos seguían bajando por la ladera más personas con ganas de termas. Porque el balneario se habrá quedado sin paredes, pero su esencia sigue filtrándose desde las profundidades de la tierra, caliente y azufrosa.

Un pescador muestra dos percas capturadas en el Pantano de Yesa. Foto: Sol Rincón Borobia, hecha con IPhone.

En la trasera de El Granero

Cartel del Barranco del Infierno en Ifonche (Adeje-Tenerife). Cámara utilizada: Nikon D300S y Objetivo: 85 (1.8) Foto: Sol Rincón Borobia.

16 de julio de 2012:

En el Restaurante Dama Rosa, en Adeje, las moscas de julio se lanzaban como kamikazes contra todo Dios. Aunque los empleados trataban de mantenerlas a raya con química rociada a bocajarro, ellas mandaban refuerzos sin parar y sin suponerles gasto alguno. Era como un ciclo interminable. Un ciclo molesto e interminable.

Y mientras las moscas iban a lo suyo, en la mesa de al lado varios miembros de la UME (Unidad Militar de Emergencia) comían. Sus vehículos estaban aparcados fuera, listos para intervenir en el incendio que quemaba los altos del Sur desde hacía un día. A ellos parecía no incomodarles las moscas y se mantenían ajenos a sus revoloteos y zumbidos, centrados en sus platos y en su conversación. Sólo de vez en cuando apartaban la vista de la comida y echaban una ojeada a la televisión para enterarse de los últimos detalles de la noticia.

El incendio comenzó el 15 de julio en la trasera de la casa El Granero, en Ifonche (Adeje). Los vecinos están seguros de que se trató de un acto no intencionado. Afirman que fue una quema de rastrojos maldecida por la ignorancia y por una excesiva confianza en el manejo de un quehacer milenario que, hasta ahora y en aquel lugar, siempre fue coronado con éxito. También se quejan de que las autoridades tardaron mucho en reaccionar.

En cuanto las llamas se descontrolaron, hubo una primera llamada de auxilio. Una llamada rápida, apurada, casi rogatoria. El fuego no era gran cosa, pero se había originado en el monte en pleno verano y, sólo por eso, ya debería ser un socorro prioritario, opinan los habitantes de Ifonche. La llamada la hizo un joven medianero que cuida la Casa Fuerte, ubicada en Benítez, en la parte alta del Barranco del Infierno. Sin embargo, los vecinos aseguran que la respuesta se acomodó por el camino. Informan de que una responsable del Cabildo, de cuyo nombre no se acuerdan, llegó muy rubia y muy adornada con unas gafas negras, así como muy profesional y muy educada, rechazando a diestro y siniestro consejos de los que viven allí. Según creen, para cuando se tomaron decisiones, ya era tarde. El fuego arrasaba el monte. Al día siguiente, los helicópteros de la Brigada Forestal (Brifor) y del Gobierno de Canarias sobrevolaron la zona cargados de agua.

Dos helicópteros intentan apagar el fuego en el barranco que separa los municipios de Adeje y Vilaflor (Tenerife). Cámara utilizada: Nikon D300S y Objetivo: 80-200 (2.8) Foto: Sol Rincón Borobia.

Un helicóptero de la Brigada Forestal coge agua de un estanque privado de Ifonche (Adeje-Tenerife). Cámara utilizada: Nikon D300S y Objetivo: 85 (1.8) Foto: Sol Rincón Borobia.

Y comenzaron los desalojos. Las casas de Tijoco Alto (Adeje) fueron de las primeras en quedar vacías de vida. La estrecha pista que recorre esa zona lucía fincas cerradas a cal y canto, desde la primera hasta la última. La vivienda que da por terminado el ascenso de tierra se llama Falcon Crest. De la verja que cerraba el camino hasta la puerta principal colgaba un candado, un punto y final al corto recorrido que hicimos en coche. Así las cosas, sin un alma por los alrededores, decidimos dar la espalda a aquel sitio e irnos a Ifonche, al origen.

En Ifonche había un puñado de vecinos con la vista puesta en las llamas que arrasaban el barranco que separa Adeje y Vilaflor. Un par de policías locales impedían el paso a la carretera que lleva a la casa El Granero. Al lado, varios miembros de la Brifor esperaban órdenes para acudir al fuego. El horrible calor del mediodía quemaba pieles y gargantas, y todos echamos de menos a los dueños del Bar Restaurante El Dornajo, que habían cerrado el negocio y se habían marchado de vacaciones a Lanzarote.

Al poco de llegar, los profesionales de la Brifor comenzaron a preparar equipo. En sólo unos minutos iban a relevar a sus compañeros en el incendio y, según decían, ya tenían ganas de entrar en combate. Mirar la fogata desde lejos no es para lo que están entrenados. En un abrir y cerrar de ojos montaron el material, se subieron a uno de los vehículos y pusieron rumbo al barranco. Mientras tanto, cuatro helicópteros se afanaban en coger agua de los estanques de la zona para verterla sobre las llamas.

Miembros de la Brigada Forestal (Brifor) se preparan en Ifonche (Adeje-Tenerife) para sustituir a sus compañeros en la zona del incendio. Cámara: Nikon D300S y Objetivo: 85 (1.8). Foto: Sol Rincón Borobia.

Los estanques pertenecen a los propietarios de las fincas que hay allí. Una de ellas es de Lucrecia Moreno Beltrán, de 78 años. En 1956, a los 15 días de haberse casado, ella y su marido compraron la granja y la arreglaron. El segundo día del incendio se encontraba rodeada de familiares. Allí estaban dos de sus hijos, sus nietos, una nuera y hasta un vecino. Todos miraban las maniobras de los helicópteros. El estanque de Lucrecia tiene una capacidad para unas 1.700 pipas de agua, que compran a Balten (Balsas de Tenerife), empresa del Cabildo.

Con ese líquido pueden regar sus papas y zanahorias y dar de beber a sus gatos, gallinas, conejos y también a Platero, el burro. Sin embargo, los helicópteros habían vaciado el estanque. Aunque esta familia sabe que lo prioritario es apagar la quema, esperan que el Cabildo les devuelva el agua. Aunque, para ser sinceros, no saben cómo, ya que el estanque de la Institución insular está completamente seco porque este año no ha llovido.

Tras pasar el día con esta familia y con los vecinos de Ifonche, llegada ya la noche nos fuimos a casa. El monte dejó de avanzar una semana después. Se quemaron más de 2.000 hectáreas. Hoy, 28 de julio, aún no se han cuantificado los daños económicos. El Cabildo de Tenerife se defiende de cualquier crítica y asegura que sus camiones-cubas llegaron al incendio al cuarto de hora de comenzar y que, unos 25 minutos después, apareció el helicóptero de la Brifor. Los helicópteros del Cabildo de La Palma y el del Gobierno de Canarias llegaron el lunes. En total, trabajaron ocho helicópteros. El hidroavión de las Fuerzas Armadas vino de la Península el martes. La investigación sigue abierta y no se descarta ninguna teoría.

El Hierro 6,5

Mi primera estancia en El Hierro desde que comenzó la crisis volcánica bajo el mar de La Restinga fue corta, sólo dos días: 17 y 18 de octubre. Fueron los dos días en que la curva de la noticia bajó de repente y muchos periodistas perdieron interés por seguir allí. El último eructo del volcán que subió hasta la superficie tuvo lugar en la tarde del 17 y, desde entonces, nada. Al menos, tuve la oportunidad de ver el postrero intento del magma por aliviar su presión.

Como yo no iba a cubrir la noticia para el periódico en el que trabajo, me dediqué a observar cómo transcurría la vida por allí, una vida adulterada por el volcán y por la presencia de periodistas. En los bares de El Pinar, habitantes del pueblo se mezclaban con corresponsales de los medios de comunicación y científicos desplazados hasta la zona. Mientras los primeros jugaban a las cartas y al dominó o veían las noticas, los segundos transmitían sus informaciones gráficas o de texto a sus respectivas empresas y los terceros discutían sobre la evolución del fenómeno.

Entrada del bar El Mentidero, en El Pinar. Foto hecha con una Nikon D300s.

Periodistas en el bar El Mentidero. Foto hecha con una Nikon D300s.

Un reportero de televisión informa desde el control de acceso a La Restinga. Foto hecha con una Nikon D300s.

El fotoperiodista Andrés Gutiérrez observa una imagen de la erupción del volcán. Foto hecha con una Nikon D300s.

Entre toda esta gente, un vecino iba de aquí para allá, entre las mesas de El Mentidero y el Bar Chachi, llamando la atención de los forasteros: Aurelio Abreu Hernández, pescador jubilado. Él podría haber contado muchas historias, no sólo por su edad, sino por las ganas que tenía de hacerlo. Pero no puede hablar. Así es que se dedicaba a mostrar a todos su habilidad con las cuerdas. Ataba y desataba nudos con sus manos siguiendo un patrón en el que combinaba la magia, los efectos ópticos y la simpatía. También hace pulseras. Yo tengo una bicolor, trenzada por Aurelio con hilos demasiado resbaladizos como para atarla bien a mi muñeca. Mi amigo Andrés Gutiérrez le dio un euro por ella.

Empeñado en explicar qué peces solía pescar, dibujó un peto en mi cuaderno y después le estampó su firma. A su lado, su amigo, Alejandro Morales, cuidaba de que Aurelio se hiciera entender y de que nosotros, los periodistas que estábamos a su lado, supiéramos qué intentaba decirnos. Con un pelo esculpido en rastas, Alejandro vive feliz allí. Tiene una casa en La Restinga y otra en El Pinar, así que tenía dónde vivir cuando fue desalojado del pueblo pesquero junto al resto de la población.

Aurelio Abreu en el bar El Mentidero. Foto hecha con una Nikon D300s.

Aurelio Abreu hace un truco con una cuerda. Foto hecha con una Nikon D300s.

A Alejandro le llaman ‘amiguete’ y practica el surf. En Tenerife, prefiere la zona de Bajamar para coger olas. Es esculto y pintor artístico. Sin embargo, el día que le conocí estaba pintando de verde una fachada de una peluquería en El Pinar para ganarse un dinero. Dentro, varias mujeres con el pelo mojado o el tinte puesto, hablaban de sus cosas. Alejandro no tenía prisa por regresar a La Restinga; “el aire allí te quema la piel”, aseguraba. Entre sus muchas actividades, también se dedica a recolectar higos y secarlos al sol para venderlos luego.

Alejandro Morales observa a Aurelio Abreu. Foto hecha con una Nikon D300s.

En el Bar Chachi, junto a El Mentidero, en la Travesía del Pino, también se venden cinturones y collares para perros. Todos están colgados detrás de la barra y debajo de botellas de ‘vino pata’, que también están a la venta, a cinco euros la botella. La mañana del martes, la camarera servía desayunos a los periodistas y estaba atenta a que todos estuvieran a gusto. Hablaba del volcán como quien habla de un nuevo vecino.

Cinturones en venta en el bar Chachi. Foto hecha con una Nikon D300s.

Un cliente del bar Chachi. Foto hecha con una Nikon D300s.

Y mientras la vida transcurría sin histerias en El Pinar, en el puerto de La Estaca, en Valverde, el barco ‘Profesor Ignacio Lozano’ había regresado ya de su misión: recoger peces muertos y muestras de agua del trozo de mar manchado por la erupción del volcán. El 18 por la tarde no había nadie en el puerto. Pudimos hablar tranquilos con el investigador Carlos Barrera, al mando en el barco.

Él y su equipo se habían acercado hasta 200 metros del foco de emanación de lava -a Barrera no le gusta hablar de ‘zona cero’, como ha oído y leído en los medios de comunicación-. Entre los datos que nos facilitó, destacó que el mar de las Calmas y en el de Tacoron había prácticamente la misma temperatura y, eso, en principio, no tiene porqué matar a la fauna y flora de lugar. “La temperatura no ha variado casi nada”, dijo. Pero sí el PH del agua.

Barco Profesor Ignacio Lozano en el puerto de La Estaca. Foto hecha con una Nikon D300s.

Carlos Barrera. Foto hecha con una Nikon D300s.

La zona de mar afectada por el volcán tiene un PH natural de entre un 8,1 y un 8,2. Pero cuando el equipo de Barrera tomó muestras, los valores habían bajado hasta un 6,5 en algunos puntos. Este descenso aumentó la acidez del agua y, por lo tanto, había acabado con muchos peces. Según el investigador, las corrientes locales habían acumulado grupos de entre 20 y 30 peces muertos. Sobre todo, ejemplares bentónicos, de fondo. La tripulación del ‘Profesor Ignacio Lozano’ encontró sin vida pulpos, calamares, galones, salamas, viejas, peces trompeta, meros, abades, sargos, morenas…

Como tabla orientativa, los valores de un PH normal oscilan entre 7 y 14. Por el contrario, un PH ácido, dañino, es el que está entre los valores 0 y 7.

En ese momento, Carlos Barrera estaba esperando la llegada por helicóptero de un vehículo submarino no tripulado, con una batería de litio que le da autonomía para 4 o 5 meses. Controlado vía satélite, obedece órdenes y se desplaza como un pez por el agua. Flota o se sumerge dependiendo de las necesidades, hasta un máximo de 1.000 metros de profundidad. El vehículo, como un mini submarino, tenía como objetivo analizar el agua. Y allí dejé a Barrera, esperando al helicóptero.