Los tacones de la ministra

Los tacones de la ministra Ana Pastor jamás viajan solos. A su lado, o tal vez detrás, siempre los acompañan otros incisivos más pesados y afilados, más punzantes si cabe. El problema es que no se ven a primera vista. Y no se ven porque cuando los tacones de la ministra de Fomento salen de Madrid, lo hacen a lo grande: de inauguración o promoción, abanicando al personal con ese vaivén ministerial que parece haber sido tocado por Dios. Pisando fuerte para llamar a filas. Machacando asfalto para hacer ruido. Sin embargo, no hay que dejarse engañar. Los tacones de la ministra siempre llevan peso extra. En el caso de su visita a Santa Cruz de Tenerife podríamos decir que por cada paso que daba no sonaba una pisada sino tres. Es decir, mientras sus zapatos inauguraban la nueva terminal de contenedores del puerto tinerfeño, los ecos que producían al caminar se entretenían en la escollera de San Andrés y en las tasas aéreas que castigan Canarias. Y no había que ser muy fino de oído para percatarse de lo que la ministra arrastraba. Bastaba con alejar la mirada de sus pies y posarla en el presidente del Gobierno regional. Y es que Paulino Rivero anda hace meses mostrando a Fomento heridas abiertas. Entre ellas, el encarecimiento de las citadas tasas, que endemonian al sector del turismo y empequeñecen la economía del Archipiélago. “El peor Gobierno de la historia”, llamó Rivero al equipo de Mariano Rajoy hace tan sólo dos días. Y ahora, ayer, lo tenía junto a él en forma de mujer. La mujer que no sólo entorpece aterrizajes, sino que también colecciona decepciones en Santa Cruz. Por ejemplo, el retraso de la construcción de la escollera de San Andrés, un barrio harto de soportar aguadillas cada vez que el mar estornuda. Un pueblo cansado después de 40 años de espera. Al menos, sobre este asunto la ministra ofreció una buena noticia: ya tiene dinero para hacer la obra. Y con esta inesperada suelta de información, nada más airearla en voz alta, Ana Pastor pareció quitarse una preocupación de encima. Incluso parecía caminar más ligera y feliz. Yo diría que hasta lanzó un guiño a sus tacones: “Muchachos, esta vez nos vamos por la puerta grande”.

La llegada de los serenos

La serenidad es una cualidad muy apreciada cuando se regresa a casa de madrugada. Sobre todo si la vuelta se hace caminando desde un punto A en donde la vida se mide de pie al lado de una barra, hasta un punto B donde siempre hay un baño y una cama. Y eso es así porque en ese trayecto nocturno, no necesariamente lineal, suelen saltar las cosas más inesperadas. Saltan de repente o en franco disimulo, pero saltan. Por eso es conveniente tener la serenidad de tu lado. En mi caso diré que las madrugadas que más frecuenté del punto A al B fueron en Zaragoza, y todas las saboreé andando y sola. Y es que por aquellos días no había dinero para taxis y menos aún amigos que fueran en tu misma dirección. Así que en esos trechos de frío y soledad pude ver ciertas cosas. Cosas que si se juntaban formaban un contexto aceptable, pero que vistas una por una no había Dios que las justificara. Lo bueno de todo aquello fue que logré desarrollar una especie de serenidad en medio del caos que pronto se convirtió en la admiración de mis colegas. Recuerdo en concreto una de aquellas noches en las que volvía a casa con las manos en los bolsillos y el cierzo en la cara, y un ruido a mis espaldas me encogió el estómago. Calle tras calle, alguien me seguía. Éramos dos en medio de la nada. Un dúo a punto de romper el hielo en cualquier esquina. Afortunadamente, para entonces ya sabía serenarme de forma instantánea y en cuestión de segundos tomé una decisión: por mi madre que no iba a mirar atrás ni a acelerar el paso, ya que eso es, aquí y en todas las películas, condenar a uno a la muerte. Diez minutos después llegué a mi portal y, una vez dentro, me di la vuelta. Allí estaba. Un tipo pegado al cristal de la puerta. Y así, retándolo con la mirada mientras bajaba el ascensor, descubrí que lo que creía serenidad solo era chulería. La serenidad, para los serenos. Y ahora que el Ayuntamiento de Santa Cruz de Tenerife se plantea tener unos cuantos por la ciudad, mejor que mejor. Disfrutar de compañía amable a ciertas horas es un placer impagable. Un seguro de llegada a casa, alguien más al que saludar antes de dormir. Y, cuando menos, un testigo al que citar.

Recuerdos de Jagua

Hay ciertas amistades en las redacciones de los periódicos que se forjan conjugando rebeldías desde muy temprano. Son rebeldías de base, de esas sobre las que no hay otra forma de mantener el equilibrio que con agallas y práctica. En nada, La Opinión de Tenerife cumplirá 14 años en los quioscos y ya es tiempo suficiente para repasar el tipo de alianzas de las que hablo, sobre todo de cómo comenzaron a fraguarse en mi caso. Una de mis preferidas la sellé con Arturo Rodríguez en el 99, cuando iniciamos camino en este periódico. Desde el primer momento los dos coincidimos en maneras, que ya es mucho coincidir, y eso nos avaló como buenos colegas y, más tarde, como buenos amigos. Arturo perfilaba entonces su carrera en el fotoperiodismo con una cámara al hombro y un discurso combativo en los labios mientras me acompañaba de reportaje en reportaje y de rueda de prensa en rueda de prensa. Años después, su empecinamiento con la profesión lo llevaría a ganar dos World Press Photo. También lo llevaría a Tailandia, donde ejerce ahora. Sin embargo, antes de llegar a todo eso, en el año 2000 la profesión lo llevó conmigo al barranco de Jagua, en Santa Cruz de Tenerife. El día de los hechos, él y yo estuvimos de acuerdo en que los barrancos de esta capital siempre han andado bien de basura y que en eso no se podían quejar. Menos que ninguno el de Jagua, donde los vertidos son un clásico en blanco y negro. Por eso, animados por si acaso pillábamos a alguien tirando un cadáver, estuvimos recorriéndolo de norte a sur y de este a oeste. Subiendo y bajando sus laderas en busca de la suerte del principiante o de la suerte de quien sea. Y aunque no hallamos culpables, no nos fuimos de vacío: cientos de peces muertos aparecieron en uno de los bordes del barranco, agolpados y secos. Desgraciadamente, las administraciones se lavaron las manos y así se quedó todo. Inmóvil y perecedero. Doce años después, Jagua sigue siendo un vertedero y alguien ha vuelto a tirar peces muertos al cauce. Pero no hay mal que por bien no venga. Todo esto me ha traído a la memoria aquel día en que Arturo y yo, entre basura y olor a pescado podrido, comenzamos a solidificar nuestra amistad.

A propósito del homenaje a un independentista

El verode de mi tío Ángel, años después. Foto de Sol Rincón Borobia, hecha con Iphone 4.
El verode de mi tío Ángel, años después. Foto de Sol Rincón Borobia, hecha con Iphone 4.

Mientras me dirigía hacia la casa de Antonio Cubillo no podía pensar en otra cosa que en el verode que había metido en la maleta. En un par de días me iba a ir de vacaciones y un amigo me había dicho que sacar esa planta de Tenerife era ilegal. Pero ilegal, ilegal. Vamos, que como me pillara la Guardia Civil en el aeropuerto me iba a caer una que no veas. Así que, con el susto en el cuerpo y mientras subía la calle, empecé a ensayar excusas y a llenarlas de puntos suspensivos, a ver si entre pausa y pausa conseguía dar pena si me detenían. No obstante, tengo que decir que por mucha preocupación que tuviera con este asunto, no me iba a echar atrás. Se trataba de una cuestión sentimental. Mi tío Ángel, que vivió en la capital tinerfeña en su juventud, llevaba años pidiéndome un verode, ya que el que se llevó cuando abandonó la Isla se heló en uno de esos inviernos navarros que tanto molan. Por eso, y aunque me costara una multa, estaba decidida a llevarme aquella ramita pasara lo que pasara, calculando mi valentía muy por lo alto. Y fue así, con una semineurosis leve y sopesando el delito que cometía, como llegué hasta la casa de Cubillo. El independentista canario me recibió en su despacho de abogado, una habitación abarrotada de libros y papeles, encajada a duras penas en su hogar, en pleno centro de Santa Cruz de Tenerife. Casualmente, si me encontraba allí también era a causa de mi tío Ángel. Ellos dos se conocieron durante las elecciones europeas del 89, cuando mi tío y Karmelo Landa vinieron al Archipiélago a dar un mitin. Las cosas de la vida. Más de dos décadas después, ahí estaba yo, trajinando con sus saludos y sus recuerdos, mientras la noche me caía encima. Finalmente, Cubillo cogió uno de sus libros, Trópico Gris, lo dedicó a mi tío y me pidió que se lo llevara.

–¿Y tú de dónde eres?, me preguntó como despedida.

–De Navarra

–Sí, tienes cara de vasca.

Callé. Cubillo se equivocaba. Lo que él interpretó como gesto vasco sólo era fastidio. El asunto del verode me preocupaba de veras. De hecho, ya que era abogado, quise comentarle el caso. Preguntarle si podía embarcar un endemismo canario vía Madrid. Y a punto estuve de soltarle la interrogación, cuando me encontré con su mirada. Aquella mirada que parecía decir: ¿Te decides a hablar o no? Y, nuevamente, callé. “Ni de coña”, pensé, “prefiero irme con la duda”.

Por imaginar lo que sucedió, imagino esto

A bordo del Defender la tripulación desohajaba la noche a duras penas. Los marineros, acostumbrados a la acción, intentaban apaciguar sus instintos sacándose la mugre de las uñas o estirando las piernas en cubierta. Casi ninguno tenía ganas de conversación. Sus esporádicos comentarios, casi siempre de tres o cuatro palabras por barba, eran a media voz, como desganados. Sin embargo, a pesar de esa circunspección, algunos ciudadanos aseguran que aquella noche del 31 de mayo oyeron escalofriantes rugidos provenientes del buque. Más tarde, preguntados sobre el animal que pudo haber lanzado esos bramidos, no supieron atribuirlos a ninguno en concreto. Normal. Lo que creyeron oír ese viernes no eran rugidos. Eran las tripas de los marineros removiéndose en su interior cada vez que se apoyaban en estribor. Así, acodados en la barandilla y con Santa Cruz a su espalda, la tripulación se fundía con el horizonte. Enfrente, Gran Canaria. Y detrás de Gran Canaria, África. Entre suspiros, los marineros se preguntaban el porqué de su desdicha. El Defender, inmovilizado en Santa Cruz de Tenerife por varias irregularidades y con una multa de 40.000 euros que saldar en tierra, había caído en desgracia. Y no era justo. El buque había nacido para luchar. Era un guerrero, un mercenario, un pirata, un aventurero. Definitivamente, había que terminar con el cautiverio, buscar la grieta por la que escapar, encontrar los puntos flacos de la ciudad. Y entonces, los de a bordo empezaron a pensar. ¿Qué habían averiguado estos días de anclaje? ¿Qué historias habían escuchado durante su visita a la capital tinerfeña? Según les dijeron, el pasado marzo muchos ciudadanos de esta tierra se echaron a la calle al creer que los cajeros de los bancos regalaban dinero. ¿Sería eso un síntoma de ingenuidad que debían de aprovechar? No opinaban así. Como mucho, era una anécdota que contar. Ellos sabían muy bien lo que se es capaz de hacer por el oro. Había que buscar otro punto débil.
– ¿Sabéis?, comenzó uno. Me han dicho que hace poco, en el Carnaval, se les disparó un cañón e hirieron a uno de los suyos. Una chica, al parecer.
Enfrente, Gran Canaria. Y más allá, África. Alguien volvió a romper el silencio:
-Señores, leven anclas. Nos vamos.
Por imaginar, imagino esto. Pero a saber.

Preámbulos

El trompetista de la calle Castillo se acaba de convertir en preámbulo. En el prólogo de la que podría llegar a ser una gran historia. Y confieso que para mí ha sido toda una sorpresa porque, yo, cada vez que lo oía tocar, pensaba que la historia era él. La biografía que prologa este trompetista es la de su hija Sislena, ganadora de la última edición del concurso Tú sí que vales. La tinerfeña emocionó a los españoles con su voz y ahora no hay quien deshaga esas lágrimas. Sin embargo, para saber el final del cuento habrá que esperar a ver cómo gestiona o le gestionan su éxito.Y es que la gestión que cada uno hace de su vida es fundamental. Sobre todo, si se ha pasado por un concurso de televisión con millones de seguidores. Yo aún me acuerdo de uno de estos casos y de su protagonista. Cuando lo conocí, lo primero que me llamó la atención fue su corbata. Juan Manuel Brito Arceo solía ajustarse al cuello vistosos nudos medio Windsor que atraían todas las miradas. Recuerdo en particular la que llevaba puesta en una entrevista publicada en 2003. En la foto, él estaba sentado encima de una mesa del Ayuntamiento de Santa Cruz, con las piernas separadas y las manos unidas. Y luego estaba aquella corbata, perpendicular a todo lo demás. Al verla, me pareció que Brito Arceo estrenaba concejalía por todo lo grande, sin remordimientos. En la entrevista desveló que su objetivo era modernizar el archivo municipal. Catalogarlo y protegerlo. Quería dejar su huella. Hacer un buen trabajo por él mismo y por su partido, el PP. Pero, si lo hizo, no me acuerdo. A mí, Brito Arceo se me quedó enganchado por otra cosa. Una en la que sus desinhibidas corbatas fueron el prólogo que, como en el caso del trompetista, no supe ver. Brito Arceo me sorprendió de verdad el día en que entró a concursar en Gran Hermano Vip. Eso sí, no entró como concejal de una capital, sino como árbitro de fútbol de Primera División. Y aunque a la casa de Guadalix de la Sierra llegó con una dosis de polémica desde su arbitraje en 1989 de un Sevilla-Barcelona, en el reality show supo resolver enfrentamientos y quedó en segundo lugar. Claro que hubo consecuencias. El alcalde lo suspendió de empleo y sueldo, y perdió credibilidad como político. Pero cada cual se gestiona como quiere.

Vocación

A Santa Cruz se le olvida su vocación de ciudad turística. Y yo lo entiendo. Una vocación debe gestarse en las entrañas si quiere llegar a algo. Una vocación camina erguida, mide más de metro ochenta, peina cabello ondulado y suele marcar músculos de hierro. También es habitual que presuma de buena dentadura y que tenga nociones de Filosofía. Las vocaciones no se pierden entre tonterías. Se despiertan muy temprano y desayunan tostadas y zumo de naranja. De verdad que una buena vocación hace todo esto y más. Yo una vez conocí una que hasta se veía capaz de cambiar el mundo. Tal vez se pasara tres pueblos al creerlo, pero ella era así, vocación, vocación. Sin embargo, Santa Cruz no la tiene. Al menos, no turística. Si la tuviera se notaría. No habría discusión alguna y todos estaríamos de acuerdo en que la capital chicharrera le da mil vueltas a cualquier ciudad de su tamaño que se le ponga por delante. Pero no es así. Hay que rendirse en esto. La ciudad no supera las pruebas y no hay manera de que se concentre. Por ejemplo, uno de los últimos exámenes que ha suspendido iba sobre la iniciatica Santa Cruz, ciudad leída. Para ser justos, todo empezó bien. Relajada y con una sincera sensación de triunfo, la capital se adornó con grandes paneles aquí y allá en los que imprimió fragmentos de obras literarias de autores canarios. Fantástica idea. Genial y prosaica. Una excelente manera de celebrar el Día del Libro. Y todo por mérito propio. Hay que reconocerle el esfuerzo. No obstante, aunque aprobada en literatura, la vamos a suspender en idiomas. Y esto nos lleva al rollo de las habilidades turísticas. A saber cómo se traduce al ruso: “Se preparó para lo peor, para esas caras hoscas de los dueños y las frases desabridas”, de Alfonso García-Ramos. Pero, hombre, como mínimo habría que haber traducido los fragmentos al inglés. Una ciudad en medio del Atlántico, con su sol y sus otros encantos, no puede permitirse estrenar una idea y pensarla solo en español. Las cosas no funcionan así en la cabeza de una vocación que merezca la pena. Funcionan de forma muy diferente. Cómo lo diría… se mueven de manera más rápida, con clarividencia. En definitiva, con un je ne sais quoi de libro.

Desde Diana

Foto hecha por Sol Rincón Borobia con Iphone e Hipstamatic.
Lis en el sofá. Foto hecha por Sol Rincón Borobia con Iphone e Hipstamatic.

Diana llegó a vieja y empezó a tener celos. Celos de la juventud de Niebla, mucho más rápida que ella. Por eso, un día se marchó de casa y estuvo una semana ausente, curándose la mala baba a solas, escondida en el campo en plan zen y eso. Sin embargo, aquel rollo de terapia no le sirvió de mucho. Era vieja. Vieja y una braco alemán de los pies a la cabeza que no iba a permitir que una sabueso cualquiera le dejara en mal lugar. También está Minuto, fruto de un amor entre chuchos sin pedigrí y, aun así, muy chulo el tipo. Malcriado con calor de brasero y comida de la nevera, aguantaba las tonterías justas y, al final, ni eso. Al pobre lo atropelló un coche y pasó la vejez cojeando y de muy mal humor. Lara era muy diferente. Por esta pointer corría sangre de campeones. Fue magnífica en sus relaciones y una buena compañera. Cuando barruntaba la epilepsia acudía al primer miembro de la familia que veía y se acostaba junto a él. Así pasaba los ataques, entre caricias y piropos. Lara convivió muchos años con Thais, una setter inglesa. Las dos se lo pasaron pipa juntas. De hecho, Thais no dejaba que se le acercaran otros perros que no fuera Lara. Por este motivo, durante las cacerías, los demás canes le pusieron la etiqueta de antipática. Muchas veces quise decirles cuatro cosas bien dichas, pero, claro, a saber si me iban a entender. Ahora tenemos a Lis y a Jara. La primera es hija de Thais y un cielín de chica. Como su madre, también es de esas que gana concursos si se los ponen delante. Estos días anda algo fastidiada por la edad, pero todavía es capaz de soportar la vida. En cuanto a Jara, es una podenco andaluza de ojos color miel. Cuando la conocí no empezamos con buen pie. Me vio llegar unas vacaciones con maletas y cara de Tenerife y le entró una repentina desconfianza perruna. Pero eso quedó atrás. Ya somos amigas. Estas semanas en las que en Santa Cruz de Tenerife se han encontrado a tantos animales necesitados de ayuda me acuerdo de los que han pasado por mi casa. Si hace tres días localizaron a un grupo en un solar del barrio de Tíncer, el mes pasado hubo que rescatar a 40 de una casa del centro, víctimas del síndrome de Diógenes de su dueño. Y aunque en estos casos las adopciones suelen ser rápidas, por la pena y esas cosas, lo que hace falta es educar. Educar como lo hace la Asociación Valle Colino, de colegio en colegio, de aula en aula. Una labor que habría que multiplicar por mil.

Una visita inesperada

A Paco Padilla se le presentó la crisis en casa y lo pilló sin haber pasado antes por el cuarto de baño. No hay nada que fastidie más que eso: un timbrazo de buena mañana, cuando uno no ha hecho más que poner la cafetera y rascarse la cabeza. Pero las cosas vienen como vienen, y eso es justo lo que ayer le pasó a Paco Padilla. En cuanto oyó que llamaban a la puerta, se asomó discretamente por la ventana y se quedó helado. Allí abajo había un montón de gente esperando. Durante uno segundos no supo cómo reaccionar. No podía mover las piernas. No se atrevía ni a respirar. Instintivamente miró con tristeza la puerta del cuarto de aseo. ¡Cuánto daría por haber pasado por ahí antes de la visita! Pero ahora ya no le daba tiempo. Ahora tenía que atender a todas aquellas personas, una por una, sin haberse siquiera mirado al espejo ese día. Y, la verdad, le hubiera venido de maravilla poder haber hablado consigo mismo frente a frente. Haber podido prepararse un poco. Si eso hubiera sido posible, si el cielo le hubiera dado esa oportunidad, hubiese ensayado un discurso, unos gestos amistosos, una mirada amable… Pero no. Tendría que improvisar. Cuando puso el anuncio de se busca personal para el verano pensó que se presentarían unos cuantos desempleados, pero no 600. Los negocios que iba a abrir en el Parque Marítimo de Santa Cruz daban para 20 o 30 puestos de trabajo, nada más. El timbre volvió a sonar. Paco Padilla se encogió de hombros, lanzó un suspiro, bajó las escaleras y abrió la puerta. En cuanto las bisagras giraron, un golpe de aire caliente le dio en el rostro y le provocó fiebre. Durante unos segundos volvió a pensar en su cuarto de baño. “Así que así están las cosas en Santa Cruz”, pensó. Y comenzó a recoger currículos y, sobre todo, a escuchar historias. Historias de familias en paro, de hijos que alimentar, de carreras universitarias inútiles, de edades mal vistas por las empresas, de hambre, de alquileres e hipotecas, de la reforma laboral, de Rajoy, de España. Al terminar, cuando todos se marcharon, Paco Padilla cerró con llave y subió las escaleras. Una vez arriba, volvió a mirar la puerta del excusado. Sin embargo, ya no le apetecía entrar. “¿Para qué?”, concluyó.

En el lecho del barranco

Santa Cruz tiene un eje que la divide en dos y la convierte en una ciudad con orillas y afluente. Este eje parece que no, pero lo cierto es que siempre ha dado mucho juego a la hora de iniciar conversaciones de ascensor. No es un eje cualquiera. Es magnífico en su extensión. Severo y dramático también. Si uno lo observa bien puede incluso intuir su historia, llena de epopeyas y sátiras, poesías y novelas. El Barranco de Santos es así, pretérito en literatura. Y si continúa a este ritmo, también almacenará futuro. Por ejemplo, en su próximo tomo dedicado a la primera mitad del siglo XXI ojearemos algún día el año 2013 y podremos recordar que entonces hubo gente que se echó al cauce en busca de algo que comer. Algo insólito en otros tiempos. Y es que desde hace días los vecinos de la calle Aguere ven cómo algunos ciudadanos bajan al barranco y con la mirada fijada en el suelo recorren su lecho bolsa en mano. Sin ir más lejos, yo me topé con dos la semana pasada. Vestían ropa holgada y ajustaban gorras a sus frentes. Los vi bajar juntos unas escaleras de piedra y, nada más pisar el cauce, se separaron sin decirse nada. Cada uno en una zona, se concentraron en unas plantas que había por aquí y por allá. Acariciaban las hojas, separaban los tallos, removían la tierra. Pasaron algunos minutos y, justo cuando yo ya estaba imaginándome lo peor en cuestión de plantaciones, alguien a mi lado soltó: “creo que están buscando tomates o alguna hortaliza”. Al parecer, el Barranco de Santos también es huerto. Aunque, eso sí, un huerto de extranjis, que es la locución adverbial que más se da en toda buena crisis que se atreva a azotar el mundo. En fin, que aquellas dos personas se pasaron un buen rato tanteando el terreno, ajenas al público de las ventanas y a los peatones que se apoyaban en la barandilla. De vez en cuando arrancaban algo de las plantas, se lo llevaban a la nariz y lo metían en sus bolsos. A saber qué era. Qué fruta u hortaliza. El caso es que las curvas del barranco sirven ahora para mucho más que para llevar agua o tirar basura. Hoy en día hasta se cosechan.

Los lunes

Hoy en día los ánimos no están para muchos trotes. Aguantan lo mínimo para sobrevivir y, si hay suerte, repuntan un poco los viernes. También despuntan bajo ciertos estímulos y con imputaciones a infantas. Pero, en general, los ánimos andan por el suelo y duermen en las cunetas. Hoy en día es así. Y la correlación más inmediata de esta situación es que si los ánimos no están para muchos trotes, los lunes no están ni para que los miren. Y menos aún en Santa Cruz, donde la algazara brilla por su ausencia incluso los fines de semana. En mi caso, hace muchos lunes que no compadreaba de noche con la barra de un bar. Concretamente desde que me instalé en la capital tinerfeña. Sin embargo, no sé muy bien por qué, la racha terminó hace unos días. Recuerdo que ese lunes fue un lunes raro de narices porque empezó con mucha primavera y al final sucumbió al viejo otoño, que por entonces es el que mandaba aquí. No obstante, a pesar de ese cambio de humor celestial, a mí me dio por una cerveza de última hora y salí a recorrer la alfombra roja de la calle La Noria en busca de buen cobijo. Lo encontré al fondo, al lado del campanario de La Concepción, y allí pasé unas horas con amigos. Buenos amigos. De esos que acatan que a partir de una cierta hora ya no se puede beber otra cosa que alcohol. Desgraciadamente, aparte de los nuestros, no había más ánimos alrededor. En aquel garito rebotaba el eco. No era el único. Todos los demás bares de la zona andaban faltos de cariño. Con una o dos mesas ocupadas, los camareros se movían a impulso de bostezo y yo me preguntaba si a esos negocios les merece la pena la factura de la luz. Yo añoro lunes de mejor ver. Una vez los hubo. De eso me acuerdo bien. No en esta ciudad, claro. De las noches de los lunes chicharreros yo no sé nada. En cuanto a los que conocí, me dicen que ya no existen. Que ya no son los que eran. Es la crisis la que habla. La que pone el punto y final. Y si esto es así donde hubo vida, no me quiero ni imaginar el dinero que se le escapa a Santa Cruz por el agujero de sus lunes.

Haciendo ‘crowdfunding’

El abrigo que proporciona un corrillo de amigos es de lo mejor que hay para entrar en calor. Es como un plumas o un cortaviento The North Face. En corros así he capeado temporales y he brindado por el futuro. He toreado más de una crítica y he criticado hasta hacerme sangre. Pero, sobre todo, en esos ruedos me inicié en el maravilloso mundo de la financiación colectiva. Solo quien ha sido miembro de un buen corrillo de amigos sabe lo que eso significa. Las implicaciones que conlleva. Para quien no tenga ni idea, la cosa funciona de esta manera: tú y tus colegas salís merendados y peinados de casa, con la hora de vuelta engrilletada al tobillo y las miradas de vuestras madres clavadas en la nuca. A zancadas por la calle, vais dejando atrás esquinas y farolas, mientras los vecinos del pueblo os ven pasar bajo sospecha y piensan: qué tramarán estos. Minutos después os encontráis en la plaza y, alejados de todo, formáis el corro. Entonces, con las cabezas muy juntas y las puntas de los pies formando un cónclave de colores, os metéis las manos en los bolsillos y váis sacando monedas hasta reunir lo que se pueda. Hay que tener claro que siempre habrá algún colega que no tenga un duro. Pero dentro del círculo no se hacen reproches. Y si se hacen, no van en serio. Una vez con el dinero al descubierto, por fin tenemos el montante, el que sea. Ahora solo queda invertirlo. La inversión es muy personal. Cada corro tiene sus preferencias, que pueden ir desde una bolsa de golosinas hasta un paquete de cigarrillos, pasando por unas latas de cerveza o un puñado de petardos. Da lo mismo. Eso es lo de menos. Lo importante es que así comencé a dominar la financiación colectiva, que hoy en día se llama crowdfunding, cuestación popular o micromecenazgo. Es lo último de lo último para hacer realidad proyectos empresariales a través de las redes sociales. En Santa Cruz ocurrirá algo parecido el domingo. El Ayuntamiento ha llamado a filas para despertar a la ciudad a base de animación al aire libre, y ha conseguido que casi dos mil comerciantes abran ese día. Se trata de un esfuerzo grupal. De colaborar con lo que uno pueda para levantar el ánimo a la capital. Y a eso yo me apunto.

La ruta de Sampedro

He leído que en la calle General O’Donell de Santa Cruz de Tenerife hay unos escalones cuya vocación es bajar. No bajar a cualquier sitio, no. No bajan, por ejemplo, a un trastero o a un garaje. Ni a un sótano o a un entresuelo. La inclinación de estos peldaños va más allá. Concretamente va a parar directamente a un bar de copas. Si mal no recuerdo, lo leí hace un año o así. Desgraciadamente, no he tenido tiempo para averiguar si eso es verdad. Pero por lo que entendí, al parecer son escalones que invitan a brindar por la amistad y por una buena conversación. Incluso por el comienzo de una historia de amor. Esa escalera es así. De fácil descenso. Y ya que ayer me vino a la memoria, creo que de esta semana no pasa. Es más, pienso ir hoy mismo hasta allí, en busca de un vaso ancho que agitar. No obstante, puede que antes de alcanzar su base me dé un paseo por la Rambla de Santa Cruz para entretenerme con las revistas de los quioscos El Rojo, Los Claveles, Rayo y Ángel. En realidad, esa zona de Santa Cruz es la primera que conocí cuando me instalé en la ciudad. Trabajé y viví en ella una temporada, y sé bien que es de gesto señorial, grandes casonas y ajardinados espacios. Pero sobre todo es territorio de la Plaza de los Patos, un singular espacio de misterios, encantos y azulejos sevillanos, que en 1917 se sentó a descansar y ahí está plantado desde entonces. En La senda del Drago, el libro que me llevó a los escalones de la calle General O’Donell, también aparecen estos sitios chicharreros. José Luis Sampedro los incluyó en esa novela, un relato cuya gestación tuvo lugar en la capital tinerfeña, en la época en que el escritor vivía en la calle Robayna, se tomaba los barraquitos en el bar Escorpio y recorría Costa y Grijalba por prescripción médica. Cuando en 2011 recibió el Premio Nacional de las Letras, una gran amiga suya me confesó: “Sampedro lleva 20 años diciendo que se muere”. Bueno, al final el tiempo le ha dado la razón. El tiempo, como las escaleras de General O’Donell, también tiene un empeño vocacional por bajar peldaño a peldaño.

Cuando todo tiembla

 

Si uno cierra los ojos y se calma un poco puede sentir cómo tiembla el suelo. Cómo tintinea el cristal y cómo los muebles desalojan el polvo. No se trata de un temblor al uso: amor o terremoto. Se trata de otro tipo de cosquillas. Otra clase de taconeo. Ese baile de copas se debe más bien al brío de un buen par de misiles en camino. Y quien dice dos, dice tres. Porque a Santa Cruz la torpedean por tierra, aire y mar desde hace tiempo. Y no sé si alguien ha pescado la gravedad del asunto, pero el ataque tiene su aquel porque va directamente contra el mismísimo argumento de la capital tinerfeña: El Plan General de Ordenación. Personalmente, estas grandes ocasiones me gusta tomarlas con partículas de aspirina disueltas en un whisky on the rocks, aunque también podría tragarlas sin respirar. Cualquiera de las dos formas me vale. El caso es que pasen de la garganta. De momento, lo que sabemos es que los últimos barridos hechos con aviones espía revelan la peligrosa aproximación de los proyectiles de tierra y aire. Empezando por este último, diré que es el que más me preocupa. Y es que si hay algo que merezca la pena en esta vida es aterrizar. Sobre todo, si es en el Aeropuerto de Los Rodeos. Eso sólo ya es un subidón de mucho cuidado. Así que el empeño de Aviación Civil para que el Plan General de Ordenación no interfiera en las maniobras de los aviones me viene de perlas para lo mío. En cuanto al segundo torpedo, recorre las calles a ras de tierra, sorteando esquinas y farolas, directo al blanco: el patrimonio histórico de la ciudad. El Cabildo de Tenerife advierte del daño que causará el impacto a más de 300 edificios de valor cultural. Asegura que el Plan General de Ordenación no conserva, sino que destruye historia. Empobrece y desarraiga. Si eso es así, tampoco sorprende mucho. Desde tiempos inmemoriales, y aún más atrás, los responsables de traje y corbata casi siempre han avanzado a machete. Sin perspectiva ni grandeza, abruman con sus ideas de progreso y decapitan identidades que ya quisieran para sí otras ciudades. Santa Cruz tiembla. Para percibirlo sólo hay que cerrar los ojos y concentrarse un poco. En cuanto al impacto, será rápido. Casi indoloro.

Un fracaso a la deriva

Cuentan que no hace mucho tiempo avistaron un fracaso a la deriva. El desdichado andaba a merced de las frías olas del Atlántico, frente a las costas de Santa Cruz de Tenerife, y tenía síntomas de congelación y desnutrición. Según los testimonios, hasta ahora se las había arreglado mal que bien para aguantar los salados embates, pero sus fuerzas ya no daban para mucho y con el temporal de la pasada semana terminó por rendirse y partirse en dos. Los vecinos del lugar aseguran que el fracaso surgió como un fantasma en el mar hace aproximadamente un año y que, desde entonces, no han pegado ojo pensando en que algún día podía acercarse demasiado o, peor, aojar a los pescadores que faenan en la zona. Y, la verdad, no iban desencaminados. La reciente borrasca acabó por despedazarlo y una parte de él llegó hasta la Playa del Llano, en Igueste de San Andrés. Así, varado y maltrecho, la gente del lugar pudo por fin mirar a los ojos a aquel fracaso aguado. Se trataba de una jaula marina. Una que un día crió peces en sus entrañas, hermanada en un sistema de producción acuícola tan provechosa como la que más. Pero eran otros días. Días de boyas luminosas, mar en calma y balizas protectoras. Tiempos de limpios horizontes y bellos amaneceres. De aire fresco y dulces ensoñaciones. Sin embargo, la dicha trocó y todo perdió interés. Las ganas se ahogaron y donde una vez hubo vida apareció el fracaso. Un fracaso a la deriva frente a las costas de Santa Cruz. Y es que la crisis suele dejar así las cosas: oscilando entre penas bajo el sol y la lluvia. Es, en definitiva, la crisis de las prisas: Si hay que correr se corre y no se mira atrás. La empresa que abandonó las jaulas marinas no se molestó en desmontarlas. Es comprensible. Las huidas nunca dejan tiempo para mucho si de lo que se trata es de salvar el pellejo. Y para mí que el baile de los desamparados no ha hecho más que comenzar. Que se preparen las autoridades portuarias, los ayuntamientos y los gobiernos porque me da que van a tener que remolcar muchas más debacles hasta tierra firme, para que descansen en paz.

Aquellos titulares

En sus mejores tiempos, Mauricio Hayek llegó a ser piedra angular de un buen número de noticias sobre la urbanización de la playa de Las Teresitas. Como representante legal de los compradores de las parcelas de esa zona, los periodistas que a principios de siglo hacíamos guardia en el Ayuntamiento de Santa Cruz andábamos siempre a la caza y captura de aquel hombre de aspecto menudo e irreprimibles prisas de pasitos cortos pero rápidos. Importante portador de titulares, en cuanto lográbamos que los desembuchara, yo y mis colegas podíamos dar por terminado el día. Es más, dependiendo del alcance de la noticia podíamos zanjar hasta la semana. Desgraciadamente, la mayoría de las veces sólo manejábamos rumores sobre su presencia en el consistorio. Datos que nos venían desde varios sitios al mismo tiempo, como fuego cruzado en la batalla. Y cuando eso ocurría, para nosotros era un lío de estrategia. Si algo tiene ese Ayuntamiento son varias puertas por las que salir de la Alcaldía y un par de escaleras por las que abandonar el edificio. De hecho, en más de una ocasión aquel hombre logró pirarse de allí sin rasguños ni comentarios. Afortunadamente, también hubo días en que lo alcanzábamos, aunque fuera ya en la calle. Entonces, con la huida interrumpida y asediado a preguntas, Hayek solía contestar a media luz, como de refilón. No era muy extenso en sus respuestas. Casi siempre se apañaba bien con un sí o un no, e incluso con una minifrase de apresurados verbos. En cualquier caso, con eso nos bastaba. Con eso nos daba para hablar de aparcamientos subterráneos, límites de camas hoteleras, titularidades de los terrenos o la posibilidad de construir una lonja pesquera. Mauricio Hayek era una mina de oro, un pozo de conocimiento. También era moreno y llevaba gafas. Ahora, pasado el tiempo y con ocho años de cárcel suspendidos sobre su cabeza, camina envuelto en canas y sin anteojos a la vista. Yo me lo cruzo a menudo por el Puente Serrador. Suele caminar ágil, sin nada en las manos y con una media sonrisa pegada a la cara. Para mí que aún podrían caérsele unos cuantos titulares. Si quisiera.

Un ruedo de 120 años

La Plaza de Toros de Santa Cruz afinca 120 años de solera. Es una buena cifra. Un gran número. Acumula el límite de velocidad en las carreteras españolas. Resume la línea de guaguas que conecta la capital tinerfeña con Güímar. Describe dos horas en minutos. Pero hay 120 y 120. No todos son iguales. Una cosa es 120 kilómetros por hora y otra cosa son 120 años. Ciento veinte años acongojan. Imponen. Son edades en las que la vida debe doler lo suyo por mucho que a una le haya salido redonda. Personalmente no conozco bien la historia de la redondez que nos ocupa. Nunca vi corridas en esta plaza. No sé de sangre y muerte en arenas chicharreras. Ni de olés, rabos o quites. Cuando llegué a Santa Cruz aquello había terminado hacía 15 años y la última faena que cerró el ruedo quedó atrapada entre las gradas como un eco eterno. Supongo que en sus días de gloria pasaron por allí muchos santacruceros de sol y sombra. Muchos aficionados a las tardes de banderillas y estoque. Sospecho que aquello funcionó a pleno rendimiento alguna vez. Que tuvo sus días de gloria y sus salidas a hombro. En lo que a mi se refiere, lo único que me tocó vivir fueron algunos conciertos, y de refilón. De eso sí me acuerdo. De la música que salía del recinto y alcanzaba un buen trozo del centro de Santa Cruz. También se celebró el Carnaval en ese espacio, hubo terrazas y hasta cine. Y es que ciento veinte años dan para mucho. En mi opinión, dan hasta para encajar un Bien de Interés Cultural entre pecho y espada. Con la Plaza de Toros me pasa lo mismo que con el Espacio Cultural El Tanque. Sin conocerlos mucho, en cuanto me instalé en la ciudad me cayeron bien. Fue amor a primera vista. Los dos, redondos. Los dos, reductos. Los dos pisando el dedo gordo del pie del Plan General de Ordenación de la ciudad. Y partir de ahí llegaron los debates políticos y urbanísticos, las opiniones sobre la Plaza de Toros. Si tenía que sobrevivir o no. Si merecía el indulto o la muerte. Aparcamientos o viviendas. El sí o el no. Yo levantaría el pulgar, claro. Ciento veinte años me sobrecogen.

Esos festivos al mes

A Santa Cruz se le escapan los domingos como si fueran suspiros del tipo: qué voy a hacer contigo, amor. Y aunque esta expresión suena casi como una declaración de derrota, la frase también encierra el anhelo de dar una oportunidad más. Y es que por esa cláusula hemos pasado muchos y sabemos lo que esconde. Concretamente, oculta algo que yo resumo como un apocalíptico: ni contigo ni sin ti. Por eso, los domingos, aunque mortales de necesidad, también son el eterno reto de la capital tinerfeña. Por ejemplo, uno de los intentos que el Ayuntamiento de Santa Cruz ejercitó hace un año para espolear la vida aquí fue convertir la autovía de San Andrés en un espacio para ciclistas. La idea era cortar al tráfico dos de los carriles que unen la Playa de Las Teresitas con el resto del mundo para reservarlos a las bicicletas un domingo al mes. E, inevitablemente, una vez publicada la iniciativa comenzaron las apuestas. Apuestas que a mí ni me iban ni me venían, hasta que me tocó cubrir para el periódico el primer día en que se puso en marcha el proyecto, al que los municipales denominaron sabiamente Santa Cruz sobre ruedas. Así que allí que me fui, al meollo de la cuestión, con el Bic destapado y la lengua en la comisura de los labios, dispuesta a llenar páginas de alegría y deporte. Sin embargo, lo que me encontré no fue lo esperado y no tuve otro remedio que enfrentarme a uno de esos momentos en la vida de todo periodista en los que, sin laboratorios ni fórmulas que avalen su criterio, debe pararse y parir un titular en base a lo observado. Yo, en estos casos, suelo preferir las cunetas para reflexionar a gusto. Y tras un largo rato al margen de toda molestia, descubrí que lo que había visto ese domingo había sido un fracaso. No sé si el Ayuntamiento sigue empeñado en Santa Cruz sobre ruedas. Pero, a mi juicio, no le merece la pena. En cuanto al nuevo propósito dominguero: que los comercios abran al menos el primer domingo de cada mes, no me atrevo a aventurar nada. Para eso necesitaría otra cuneta en la que pararme a pensar. Y me han dicho que están todas ocupadas.

Los zapatos de cristal

Las únicas altas horas de la madrugada que acato sin preguntar son aquellas en las que se despliegan viejas batallas. Suelen ser madrugadas entre amigos y risas tontas. Horas de alcohol en vaso ancho y cazadora sobre los hombros. Noches a escote y en entredicho. Nada en el mundo sabe como esas madrugadas. En ellas se destripan historias pasadas que ponen a cada uno en su sitio, ensalzándolo o degradándolo sin más consecuencias que las onomatopeyas del momento. Hablar de esas altas horas de la madrugada es decir mucho. Son casi clubes privados. Mis mejores alboradas siempre se han dado al aire libre, en las terrazas de los bares, algo encogida por el fresco y totalmente indiferente a las almas que buscan sueño. Y es que estas veladas también son algo piratas. Un poco bárbaras en su esencia. Filibusteras de arriba a abajo. Apetecibles una vez al mes. Por eso, cuando el lado más socialista del Ayuntamiento de Santa Cruz de Tenerife anunció en junio de 2012 que obligaría a las comunidades de vecinos a insonorizar sus edificios para poder animar las calles sin remordimientos, no me pareció totalmente mal. Sobre todo porque yo no soy propietaria, sino inquilina. Y además de inquilina, afiliada a las conversaciones nocturnas bajo ventanas ajenas. Y eso requiere cierto libertinaje. Cierta falta de conciencia también. Pero, al margen de los deseos personales, aquella idea municipal lanzada entre fiebres de verano resultaba ingenua de necesidad. A la Concejalía de Urbanismo se le desprendió un mal empeño sin querer. Qué le vamos a hacer. A quién no se le ha escapado alguna vez una ocurrencia infeliz. No es grave. Las ocurrencias tienen una gran ventaja: su volatilidad. Mientras no se materializan aún hay esperanza.Y eso ya es mucho hoy en día. Porque cuando la mirada deja de vagar para posarse en algo fijo, la cosa ya no tiene remedio. Y precisamente eso es lo que ha ocurrido esta semana en la gran guerra contra el ruido. El Ayuntamiento ha tomado una decisión: acortar las madrugadas en Santa Cruz. Las aburre de golpe. Las relaja también. Las acota hasta la medianoche. Y eso, me temo, dejará un reguero de zapatos de cristal.

En busca de música

La música de la que puedo hablar es de muy corto alcance. Casi íntima. Diría que insignificante. Con la música me pasa como con otros muchos asuntos importantes: que no logro retener la atención. Ni nombres, ni apellidos, ni fechas. Nada de eso suele entrar en contacto conmigo. Ni en traje de diario ni vestida de domingo. Yo sobrevivo más bien a base de sensaciones. Y si jugamos con estas reglas, si partimos del punto de vista más abstracto de la vida, sí puedo hablar de la música. Pasé parte de los 90 metida en un estudio de grabación, viendo entrar y salir grupos y solistas. Artistas que consumían las horas repitiendo un acorde o un estribillo hasta que daban con la perfección o con el fin de la noche. Perdí esos años distraída con las luces de las mesas de mezclas y entrevistando a cantantes detrás de los escenarios. También, sentada en el suelo de muchos garajes, sufriendo el pop y el rock en sus ensayos. E incluso husmeando en los estudios de los 40 Principales y Cadena Dial. Por eso, ahora me enfrento a la música con la vista algo cansada y con un cierto regusto a alcohol del malo.  Sin embargo, el miércoles, cuando Santa Cruz encendió las luces del salón para dar la bienvenida a los premios Cadena Dial, me acordé de todo aquello y me entró morriña.Y eso que mi experiencia poco tiene que ver con el espectáculo que tuvo lugar en el Auditorio de Tenerife. El ambiente del que hablo no es ambiente para políticos ni gente de etiqueta. Pero, aún así, la gala del miércoles sí que me hizo preguntarme dónde está la música de aquí. Dónde empieza la pista del circuito musical chicharrero. Dónde se puede asistir a los conciertos de los grupos locales. Si gozan de buena salud. Si se sienten arropados. Si tienen público. Si tienen ideas. Si se acomodan en el rock, en el pop, en el rap, en el heavy, en el mestizaje, en el purismo, en la novedad, en la anarquía o en las cervezas. Si hablan español o inglés. Si aspiran a quedarse o maldicen por tener que salir. Un amigo dice que Santa Cruz podría ser capital de la música. Exagera. Cada ciudad tiene su momento. Y, según lo veo yo, aún no le ha llegado el turno a esta. Para que le llegue faltan cosas. Faltan fans.Tantos como le sobran a Melendi.