Los chicos de los guardapolvos negros

Me asomé al mirador de mi casa y vi pasar a dos chicos posmodernos, más altos que la media y vestidos con larguísimos guardapolvos negros. Venían de la estación de tren de mi pueblo y se dirigían a la zona de los bares. De eso hace ya mucho tiempo. Tanto tiempo como de aquí a mi Bachillerato. El caso es que, en cuanto los vi, supe para qué habían hecho el viaje. Uno, para pedirme salir. Y el otro, para infundir ánimo a su amigo y consolarlo si recibía calabazas. Que las recibió, por cierto. De aquel día recuerdo perfectamente que agradecí al destino haberme empujado hacia la ventana justo en el instante en que aquellos dos compañeros del Instituto Benjamín de Tudela cruzaban mi calle. De esta forma, antes de que me llamaran podía pensar en algunas palabras amables que sirvieran tanto para rechazar proposiciones de amor como para hacer amistades de por vida. Y aunque no tuve mucho tiempo para unir frases de Pulitzer, sí el suficiente como para hilar unas buenas razones. Enseguida sonó el teléfono y, quince minutos después de colgar el auricular, ya estaba sentada frente a él en la mesa de un pub. Su amigo, muy discreto, se había quedado apoyado en la barra, guardando las espaldas a su colega. A mí, la verdad, todo aquello me daba un mal rollo tremendo, pero al menos tenía un discurso hilvanado que ofrecer al pretendiente y eso me infundió cierta tranquilidad. Así que, para resumir, escuché la declaración de aquel chico de COU con atención y, en cuanto terminó, le solté un fantástico no. Uno de esos noes que quedan estupendamente en cualquier rincón de la casa. Un rechazo que no deja cadáveres en la alfombra. Vamos, que salí de ahí como una campeona. Y aunque algo sí que me temblaban las piernas, no quiero ni pensar cómo hubiera afrontado aquella situación si llega a cogerme de improviso, sin haberme preparado una respuesta de señorita. Por eso, entiendo muy bien cómo debe estar el alcalde de Santa Cruz con el lío político montado tras el accidente de la Gala del Carnaval y las batallas internas de sus socios socialistas. Para mí que a él también le hubiera gustado asomarse a su ventana y ver cruzar la calle a sus concejales Florentino Guzmán, Julio Pérez e Hilario Rodríguez, vestidos con guardapolvos negros. Posmodernos y más altos que la media.

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