Un ruedo de 120 años

La Plaza de Toros de Santa Cruz afinca 120 años de solera. Es una buena cifra. Un gran número. Acumula el límite de velocidad en las carreteras españolas. Resume la línea de guaguas que conecta la capital tinerfeña con Güímar. Describe dos horas en minutos. Pero hay 120 y 120. No todos son iguales. Una cosa es 120 kilómetros por hora y otra cosa son 120 años. Ciento veinte años acongojan. Imponen. Son edades en las que la vida debe doler lo suyo por mucho que a una le haya salido redonda. Personalmente no conozco bien la historia de la redondez que nos ocupa. Nunca vi corridas en esta plaza. No sé de sangre y muerte en arenas chicharreras. Ni de olés, rabos o quites. Cuando llegué a Santa Cruz aquello había terminado hacía 15 años y la última faena que cerró el ruedo quedó atrapada entre las gradas como un eco eterno. Supongo que en sus días de gloria pasaron por allí muchos santacruceros de sol y sombra. Muchos aficionados a las tardes de banderillas y estoque. Sospecho que aquello funcionó a pleno rendimiento alguna vez. Que tuvo sus días de gloria y sus salidas a hombro. En lo que a mi se refiere, lo único que me tocó vivir fueron algunos conciertos, y de refilón. De eso sí me acuerdo. De la música que salía del recinto y alcanzaba un buen trozo del centro de Santa Cruz. También se celebró el Carnaval en ese espacio, hubo terrazas y hasta cine. Y es que ciento veinte años dan para mucho. En mi opinión, dan hasta para encajar un Bien de Interés Cultural entre pecho y espada. Con la Plaza de Toros me pasa lo mismo que con el Espacio Cultural El Tanque. Sin conocerlos mucho, en cuanto me instalé en la ciudad me cayeron bien. Fue amor a primera vista. Los dos, redondos. Los dos, reductos. Los dos pisando el dedo gordo del pie del Plan General de Ordenación de la ciudad. Y partir de ahí llegaron los debates políticos y urbanísticos, las opiniones sobre la Plaza de Toros. Si tenía que sobrevivir o no. Si merecía el indulto o la muerte. Aparcamientos o viviendas. El sí o el no. Yo levantaría el pulgar, claro. Ciento veinte años me sobrecogen.

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