Creando comunidad

Las personas que habitan la vieja fábrica de Celgán equilibran su subsistencia mancomunando comida, esfuerzos y malos tragos. Con especial empeño en dignificar sus vidas, adecentan refugios en torno a un patio confederado, apto para trapichear con conversaciones de todo tipo y condición. De problemas andan bien servidas, pero al menos han encontrado cemento bajo el que calentar café y recibir visitas. En definitiva, los habitantes de este lugar sacan el máximo provecho a una arquitectura malparada y afligida por los avatares del tiempo. Una arquitectura que les ha ayudado a pasar la mala racha, pero que desgraciadamente ha terminado por sucumbir, dejando al descubierto la amargura que ha escondido todos estos años. Así, el hundimiento parcial de una de las plantas ha saltado a las páginas de los periódicos como el síntoma que faltaba para poner remedio urgente a la vida que duerme allí. Sin embargo, a mi me da que ese desplome no llega en un buen momento. Y no lo hace porque la opción más inmediata para las víctimas es el albergue municipal. Y, como todos saben, al albergue se le describe en los libros de Historia como un punto y final. Una descripción muy diferente a la que detalla la existencia en la antigua fábrica de yogures, salpicada de verbos como arreglar, construir, pintar, repartir, iluminar, calentar, señalizar, animar, mediar o limpiar. Y una reseña que aglutine tanto infinitivo de buen ver se merece encuadernación de tapa dura. De las personas que conviven allí sólo sé que hay una a la que le gusta leer y que daría lo que fuera por tener luz eléctrica con la que atacar la pila de textos que colecciona en su cobijo. También conozco a otra que anda de aquí para allá organizando a la comunidad vecinal y, de paso, poniendo en orden las opiniones de la sociedad chicharrera, no sea que descarrilen hacia el lado equivocado. Y el orden al que me refiero va más o menos así: nadie allí quiere seguir como está; a todos les gustaría trabajar para pagar un alquiler; y, finalmente, no van a acatar órdenes de amargo sabor a albergue. Y habrá que acostumbrarse a este tipo de fe. Sobre todo, porque a la crisis aún le quedan años.

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