Los zapatos de cristal

Las únicas altas horas de la madrugada que acato sin preguntar son aquellas en las que se despliegan viejas batallas. Suelen ser madrugadas entre amigos y risas tontas. Horas de alcohol en vaso ancho y cazadora sobre los hombros. Noches a escote y en entredicho. Nada en el mundo sabe como esas madrugadas. En ellas se destripan historias pasadas que ponen a cada uno en su sitio, ensalzándolo o degradándolo sin más consecuencias que las onomatopeyas del momento. Hablar de esas altas horas de la madrugada es decir mucho. Son casi clubes privados. Mis mejores alboradas siempre se han dado al aire libre, en las terrazas de los bares, algo encogida por el fresco y totalmente indiferente a las almas que buscan sueño. Y es que estas veladas también son algo piratas. Un poco bárbaras en su esencia. Filibusteras de arriba a abajo. Apetecibles una vez al mes. Por eso, cuando el lado más socialista del Ayuntamiento de Santa Cruz de Tenerife anunció en junio de 2012 que obligaría a las comunidades de vecinos a insonorizar sus edificios para poder animar las calles sin remordimientos, no me pareció totalmente mal. Sobre todo porque yo no soy propietaria, sino inquilina. Y además de inquilina, afiliada a las conversaciones nocturnas bajo ventanas ajenas. Y eso requiere cierto libertinaje. Cierta falta de conciencia también. Pero, al margen de los deseos personales, aquella idea municipal lanzada entre fiebres de verano resultaba ingenua de necesidad. A la Concejalía de Urbanismo se le desprendió un mal empeño sin querer. Qué le vamos a hacer. A quién no se le ha escapado alguna vez una ocurrencia infeliz. No es grave. Las ocurrencias tienen una gran ventaja: su volatilidad. Mientras no se materializan aún hay esperanza.Y eso ya es mucho hoy en día. Porque cuando la mirada deja de vagar para posarse en algo fijo, la cosa ya no tiene remedio. Y precisamente eso es lo que ha ocurrido esta semana en la gran guerra contra el ruido. El Ayuntamiento ha tomado una decisión: acortar las madrugadas en Santa Cruz. Las aburre de golpe. Las relaja también. Las acota hasta la medianoche. Y eso, me temo, dejará un reguero de zapatos de cristal.

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