La ruta de Sampedro

He leído que en la calle General O’Donell de Santa Cruz de Tenerife hay unos escalones cuya vocación es bajar. No bajar a cualquier sitio, no. No bajan, por ejemplo, a un trastero o a un garaje. Ni a un sótano o a un entresuelo. La inclinación de estos peldaños va más allá. Concretamente va a parar directamente a un bar de copas. Si mal no recuerdo, lo leí hace un año o así. Desgraciadamente, no he tenido tiempo para averiguar si eso es verdad. Pero por lo que entendí, al parecer son escalones que invitan a brindar por la amistad y por una buena conversación. Incluso por el comienzo de una historia de amor. Esa escalera es así. De fácil descenso. Y ya que ayer me vino a la memoria, creo que de esta semana no pasa. Es más, pienso ir hoy mismo hasta allí, en busca de un vaso ancho que agitar. No obstante, puede que antes de alcanzar su base me dé un paseo por la Rambla de Santa Cruz para entretenerme con las revistas de los quioscos El Rojo, Los Claveles, Rayo y Ángel. En realidad, esa zona de Santa Cruz es la primera que conocí cuando me instalé en la ciudad. Trabajé y viví en ella una temporada, y sé bien que es de gesto señorial, grandes casonas y ajardinados espacios. Pero sobre todo es territorio de la Plaza de los Patos, un singular espacio de misterios, encantos y azulejos sevillanos, que en 1917 se sentó a descansar y ahí está plantado desde entonces. En La senda del Drago, el libro que me llevó a los escalones de la calle General O’Donell, también aparecen estos sitios chicharreros. José Luis Sampedro los incluyó en esa novela, un relato cuya gestación tuvo lugar en la capital tinerfeña, en la época en que el escritor vivía en la calle Robayna, se tomaba los barraquitos en el bar Escorpio y recorría Costa y Grijalba por prescripción médica. Cuando en 2011 recibió el Premio Nacional de las Letras, una gran amiga suya me confesó: “Sampedro lleva 20 años diciendo que se muere”. Bueno, al final el tiempo le ha dado la razón. El tiempo, como las escaleras de General O’Donell, también tiene un empeño vocacional por bajar peldaño a peldaño.

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