La llegada de los serenos

La serenidad es una cualidad muy apreciada cuando se regresa a casa de madrugada. Sobre todo si la vuelta se hace caminando desde un punto A en donde la vida se mide de pie al lado de una barra, hasta un punto B donde siempre hay un baño y una cama. Y eso es así porque en ese trayecto nocturno, no necesariamente lineal, suelen saltar las cosas más inesperadas. Saltan de repente o en franco disimulo, pero saltan. Por eso es conveniente tener la serenidad de tu lado. En mi caso diré que las madrugadas que más frecuenté del punto A al B fueron en Zaragoza, y todas las saboreé andando y sola. Y es que por aquellos días no había dinero para taxis y menos aún amigos que fueran en tu misma dirección. Así que en esos trechos de frío y soledad pude ver ciertas cosas. Cosas que si se juntaban formaban un contexto aceptable, pero que vistas una por una no había Dios que las justificara. Lo bueno de todo aquello fue que logré desarrollar una especie de serenidad en medio del caos que pronto se convirtió en la admiración de mis colegas. Recuerdo en concreto una de aquellas noches en las que volvía a casa con las manos en los bolsillos y el cierzo en la cara, y un ruido a mis espaldas me encogió el estómago. Calle tras calle, alguien me seguía. Éramos dos en medio de la nada. Un dúo a punto de romper el hielo en cualquier esquina. Afortunadamente, para entonces ya sabía serenarme de forma instantánea y en cuestión de segundos tomé una decisión: por mi madre que no iba a mirar atrás ni a acelerar el paso, ya que eso es, aquí y en todas las películas, condenar a uno a la muerte. Diez minutos después llegué a mi portal y, una vez dentro, me di la vuelta. Allí estaba. Un tipo pegado al cristal de la puerta. Y así, retándolo con la mirada mientras bajaba el ascensor, descubrí que lo que creía serenidad solo era chulería. La serenidad, para los serenos. Y ahora que el Ayuntamiento de Santa Cruz de Tenerife se plantea tener unos cuantos por la ciudad, mejor que mejor. Disfrutar de compañía amable a ciertas horas es un placer impagable. Un seguro de llegada a casa, alguien más al que saludar antes de dormir. Y, cuando menos, un testigo al que citar.

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