Tengo algo que decirte

Tengo un amigo de fácil definición y complicados pormenores. Un amigo de toda la vida al que no veo desde hace años. Un tío de escenarios y capitales. Un tipo muy largo de explicar. Sin embargo, con el fin de concretar, solo diré que se trata de un amigo superlativo. De todas las cosas que compartí con él, me acuerdo ahora de una en particular. De un día en que quedamos con unos colegas de la radio para recorrer la noche de bar en bar. Al principio, todo fue normal. Unos bailes por aquí y por allá, unos cubatas en tubo de plástico, unos intentos de ligar con la gente más guapa del lugar, unas risas, unos insultos al jefe y un aquí no aguanto un año más, que el mundo es muy ancho chaval. Lo habitual. Sin embargo, conforme las horas pasaban y los camaradas se largaban, a mí me parecía que mi amigo se enganchaba con demasiada insistencia a mi sombra. Y era extraño. Las reglas rezan que está bien empezar juntos la aventura pero que, a la mínima posibilidad de triunfar, cada uno por su lado y ya hablaremos mañana corazón. No obstante, aquella vez no había forma de soltar lastre. Pegado a mis pasos, hablaba y hablada sin parar. Así, entre pitos y flautas, nos dio la madrugada y todo cerró de repente. Conformada con mi suerte y consagrada a mi amigo, comenzamos a pasear. Él, empeñado en alargar la situación hasta el infinito, me propuso sentarnos en un portal. El portal definitivo. El portal donde por fin se desahogó:
–Tengo que decirte algo. Y, bueno, los demás ya lo saben. Soy homosexual”.
–¿Y para esto me has tenido secuestrada toda la noche? Ya te vale, tío.
Tras una hora riéndonos del mal trago que había pasado, finalmente se levantó, me acompañó a casa, se quejó de los homosexuales que votan al PP y vomitó algún que otro cubata por la calle. Hace días, con motivo del Día Internacional a favor de la Libertad Sexual y el apoyo institucional del Ayuntamiento de Santa Cruz de Tenerife a los gays y lesbianas, me acordé de él. Hoy en día sigue sin votar al PP, claro. Es de los que piensan que por pagar los mismos impuestos que todos tiene derecho a casarse y a tener hijos. Eso sí, ya no me acompaña a casa. Vive lejos. Y en cuanto a lo de vomitar cubatas, quedó muy atrás. Muy atrás, pero siempre a mano. No sea que.

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