La cita

Foto hecha con la app Hipstamatic Classic para iPhone.

Aunque todavía faltaban cuatro días para la Noche Buena, la Navidad había llegado a Pamplona hacía varias semanas. Sin dar tregua para la reflexión, los escaparates atosigaban la ciudad con la insistencia de una felicidad semejante al esfuerzo que hacían los pamploneses para creérsela. Los ventanales de los bares y restaurantes sudaban el vaho más denso del año, y el tráfico, ralentizado, supuraba su mal humor.

La plaza de la Cruz, como una sinécdoque perfecta, condensaba este ambiente navideño en su zona de influencia, donde los árboles de hoja caduca daban por concluida su resistencia, mientras que los de porte perenne persistían en su condición de testigos. Estos últimos competían en altura con el campanario de la parroquia de San Miguel, que en esos momentos difundía su ubicuidad exhalando su melodía de las siete de la tarde, desalentadora de cualquier intento de carnaval o descorche. No parecía, desde esas crestas, que abajo hubiera latidos de cadencia diferente, incluyendo los de aquellos que alzaban la mano o el vaso pidiendo caridad en la escalinata de la iglesia, los de los que se servían filosofía de supermercado en los bancos de la plaza, y los de los que perseguían sus prisas y trastabillaban entre su propia prole. Y es que la altura, injusta, igualaba a vertebrados e invertebrados de anclaje asfáltico, amputaba los despuntes personales y animales, emitía la misma sentencia para todos, se mantenía ajena a los detalles, a los gestos, a los vibratos de carnívoros, herbívoros y omnívoros, manteniendo así la misma consideración que recibía de todos ellos.

Sin embargo, a ras de la gente, todo cambiaba. Las cosas y las no cosas mostraban formas definidas, preparadas para ser recordadas, si es que se querían recordar, y las campanadas de la parroquia de San Miguel, de impar desenlace, no lograban golpear todas las conciencias deseadas.

Cerca de la plaza, en el rincón más alejado de la puerta de un bar, J.J. comenzaba a echar en falta el aire frío que, de vez en cuando, como una tentación, se colaba en el interior. Esperaba de mala gana, encajado en aquel vértice, jugando con la fantasía de retroceder aún más en caso de necesidad, atravesando la pared del almacén y todas las paredes de los edificios contiguos, hasta llegar a su casa, a un par de manzanas de allí.

En el local se acumulaba un humo imaginario que atosigaba sus pulmones y le impedía ver con nitidez las caras de los demás. Calculó que habría algo más de doscientas personas, y otras tantas de camino. El personal de la barra sudaba mientras atendía a la clientela, y la puerta del almacén, justo a su lado, permanecía abierta de par en par para facilitar la salida de mercancía. Se sentía incómodo por ocupar una mesa él sólo, y en sus pies, ya de puntillas, percibía la recta final de su paciencia.

Pero su cita apareció de repente, en un descuido, y se sentó de golpe frente a él, repartiendo frío y perfume a su alrededor. 

Todo al rojo, amigo

He aquí Santa Cruz de Tenerife, acurrucada sobre un puñado de datos de paro juvenil. Acurrucada de tal manera que podríamos empaquetarla con medio rollo de papel de regalo y hacerle una gran lazada en rojo pasión. Y para los que piensan que el rojo no sienta bien a todo el mundo, doy fe de que esta capital sabe de sobra encajar los golpes que le llegan manufacturados en ese color. Porque aquí, en mayor o menor medida, todos andamos coloraos perdidos. Es como una apuesta en la ruleta. Todo al rojo, amigo, el color de la vergüenza. Los datos del paro juvenil sobre los que intenta mecerse la Sociedad de Desarrollo de Santa Cruz también son carmesí. Bermellón, si lo prefieren. Según las cuentas, en cuatro años 850 pibes menos de los que preocuparnos. Y las cifras son las cifras. Qué digo. Las cifras son mucho más que cifras. Son titulares. Esperanza. Indiscutibles. Optimismo puro. La luz en la oscuridad. Matemáticas de primero de carrera. Un beso de parte de tus labios. Rajoy escupiendo su mejor consonante. Casi 900 jóvenes desparados es mucho desparar. Y ya está. Si alguien quiere analizar la calidad de esos empleos que lo haga en su tiempo libre. Lo que cobren o dejen de cobrar es algo para desempaquetar en Navidad. Tampoco importa si son ingenieros reponiendo cajas de leche o físicos peinando moños. Si sus contratos son de horas o de un par de meses. Esas cosas son detalles que se deben compartir en la hora del cortadito y con amigos. No con desconocidos a los que les importa un carajo. No frente al cartel de no molestar. La vida aquí viene dada así, en pequeños sorbos de barraquitos. Y por cada trago, un dato. El de hoy es supergenial. Vamos avanzando. Los jóvenes chicharreros están de enhorabuena. Escalan puestos hacia la cima y protagonizan la película del mes. Ya quisieran muchos tener su suerte. Sobre todo, los mayores de 40. Porque esos sí que andan bermejos, tirando a púrpura. Esos, los de la larga experiencia y el discurso firme, lo tienen peor. Pero todo se andará. De repente, cuando menos se lo esperen, vendrá un dato y los hará felices.