Por imaginar lo que sucedió, imagino esto

A bordo del Defender la tripulación desohajaba la noche a duras penas. Los marineros, acostumbrados a la acción, intentaban apaciguar sus instintos sacándose la mugre de las uñas o estirando las piernas en cubierta. Casi ninguno tenía ganas de conversación. Sus esporádicos comentarios, casi siempre de tres o cuatro palabras por barba, eran a media voz, como desganados. Sin embargo, a pesar de esa circunspección, algunos ciudadanos aseguran que aquella noche del 31 de mayo oyeron escalofriantes rugidos provenientes del buque. Más tarde, preguntados sobre el animal que pudo haber lanzado esos bramidos, no supieron atribuirlos a ninguno en concreto. Normal. Lo que creyeron oír ese viernes no eran rugidos. Eran las tripas de los marineros removiéndose en su interior cada vez que se apoyaban en estribor. Así, acodados en la barandilla y con Santa Cruz a su espalda, la tripulación se fundía con el horizonte. Enfrente, Gran Canaria. Y detrás de Gran Canaria, África. Entre suspiros, los marineros se preguntaban el porqué de su desdicha. El Defender, inmovilizado en Santa Cruz de Tenerife por varias irregularidades y con una multa de 40.000 euros que saldar en tierra, había caído en desgracia. Y no era justo. El buque había nacido para luchar. Era un guerrero, un mercenario, un pirata, un aventurero. Definitivamente, había que terminar con el cautiverio, buscar la grieta por la que escapar, encontrar los puntos flacos de la ciudad. Y entonces, los de a bordo empezaron a pensar. ¿Qué habían averiguado estos días de anclaje? ¿Qué historias habían escuchado durante su visita a la capital tinerfeña? Según les dijeron, el pasado marzo muchos ciudadanos de esta tierra se echaron a la calle al creer que los cajeros de los bancos regalaban dinero. ¿Sería eso un síntoma de ingenuidad que debían de aprovechar? No opinaban así. Como mucho, era una anécdota que contar. Ellos sabían muy bien lo que se es capaz de hacer por el oro. Había que buscar otro punto débil.
– ¿Sabéis?, comenzó uno. Me han dicho que hace poco, en el Carnaval, se les disparó un cañón e hirieron a uno de los suyos. Una chica, al parecer.
Enfrente, Gran Canaria. Y más allá, África. Alguien volvió a romper el silencio:
-Señores, leven anclas. Nos vamos.
Por imaginar, imagino esto. Pero a saber.

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