Todo al rojo, amigo

He aquí Santa Cruz de Tenerife, acurrucada sobre un puñado de datos de paro juvenil. Acurrucada de tal manera que podríamos empaquetarla con medio rollo de papel de regalo y hacerle una gran lazada en rojo pasión. Y para los que piensan que el rojo no sienta bien a todo el mundo, doy fe de que esta capital sabe de sobra encajar los golpes que le llegan manufacturados en ese color. Porque aquí, en mayor o menor medida, todos andamos coloraos perdidos. Es como una apuesta en la ruleta. Todo al rojo, amigo, el color de la vergüenza. Los datos del paro juvenil sobre los que intenta mecerse la Sociedad de Desarrollo de Santa Cruz también son carmesí. Bermellón, si lo prefieren. Según las cuentas, en cuatro años 850 pibes menos de los que preocuparnos. Y las cifras son las cifras. Qué digo. Las cifras son mucho más que cifras. Son titulares. Esperanza. Indiscutibles. Optimismo puro. La luz en la oscuridad. Matemáticas de primero de carrera. Un beso de parte de tus labios. Rajoy escupiendo su mejor consonante. Casi 900 jóvenes desparados es mucho desparar. Y ya está. Si alguien quiere analizar la calidad de esos empleos que lo haga en su tiempo libre. Lo que cobren o dejen de cobrar es algo para desempaquetar en Navidad. Tampoco importa si son ingenieros reponiendo cajas de leche o físicos peinando moños. Si sus contratos son de horas o de un par de meses. Esas cosas son detalles que se deben compartir en la hora del cortadito y con amigos. No con desconocidos a los que les importa un carajo. No frente al cartel de no molestar. La vida aquí viene dada así, en pequeños sorbos de barraquitos. Y por cada trago, un dato. El de hoy es supergenial. Vamos avanzando. Los jóvenes chicharreros están de enhorabuena. Escalan puestos hacia la cima y protagonizan la película del mes. Ya quisieran muchos tener su suerte. Sobre todo, los mayores de 40. Porque esos sí que andan bermejos, tirando a púrpura. Esos, los de la larga experiencia y el discurso firme, lo tienen peor. Pero todo se andará. De repente, cuando menos se lo esperen, vendrá un dato y los hará felices.

La epidemia de los ‘tags’

Santa Cruz anda por la vida tatuada con los tags de los grafiteros. Éstos, empeñados en dejar sus firmas artísticas en las paredes, en estampar su identidad, su marca, su yo y ahora, trazan curvas y rectas hasta dar con la clave de su creación. Y aunque algunos de estos autógrafos son obras de arte por sí solos, yo echo de menos el mensaje. El mensaje siempre es importante. La primera vez que asumí el grafiti como resumen del pensamiento crítico, como un arma utilizable, como la voz de una sociedad despierta, fue gracias a Banksy, el grafitero al que muy pocos han visto la cara, el artista de biografía desconocida, el crítico más audaz, el más buscado. Sus grafitis son mundialmente conocidos, fotografiados hasta la saciedad, coleccionados en libros, publicados de mil maneras por internet. Pero, sobre todo, lo que este autor ha conseguido con ellos es esquematizar como nadie la historia de la sociología, que es la historia de la humanidad. La joven que cachea al soldado, el pobre que mendiga un cambio, el revolucionario que lanza un ramo de flores, la niña que sujeta como si fuera un globo la ‘o’ de No Future… son lecciones de vida que ningún ayuntamiento se atreve a borrar. Pero antes de Banksy también hubo grafitis que marcaron una época. Por ejemplo, los de las protestas francesas de Mayo del 68, que llenaron los muros de las ciudades con mensajes como: La barricada cierra la calle, pero abre la vía. Por eso, con la que está cayendo en Santa Cruz y en el mundo entero, con la que se nos viene encima, me extraña que la epidemia de los tags chicharreros no haya evolucionado ya hacia un discurso claro. Hay algunas zonas altas de la ciudad donde sí se empiezan a ver pintadas que se acogen a la actualidad económica y financiera para defender su valía. Pintadas que podrían ser síntoma de que algo empieza a moverse en la sociedad, aunque sea muy tímidamente. Algunos llamarán a estos grafitis vandalismo. Pero ahora que la crisis ha desenvainado prácticas abusivas, desvergüenzas y frívolos hedonismos, habría que redefinir qué es ser un vándalo.

Lugares condenados

Todos los pueblos y ciudades que he tenido el gusto de tratar de tú a tú, con absoluta, abusadora y desinhibida confianza, tienen lugares insufribles y cargantes que yo evito cuando puedo. Esos sitios son como manías de viejos o caprichos de niños, como una mosca en la comida o una mañana sin café. Los pueblos y ciudades de los que hablo, sin excepción, son muy suyos y no tengo por qué aguantarles todo en todo momento. Así que sí, en cada uno de ellos hay lugares a los que me cuesta sonreír y, como los conozco de sobra, sé cuando no cogerles el teléfono. Por ejemplo, si tuviera que elegir un espacio condenado por mí en Zaragoza, señalaría el paso de peatones entre el Paseo de Pamplona y Gran Vía para cruzar hacia Sagasta en pleno invierno. Justo ahí, en ese punto, el cierzo coge carrerilla y mal humor y atiza tan fuerte que como la ropa no sea de cuero estás perdido. En esa encrucijada o te hielas o se te lleva el viento. Y yo, al pesar poco, siempre ando inclinada, poniendo algo de resistencia, con el orgullo herido y la cara cortada. Al igual que Zaragoza, Santa Cruz también entra en la colección. En este caso, el cruce de calles que me resulta incómodo es el de Valentín Sanz con Castillo, por la mañana y por la noche. Allí, de mañana me asaltan y de noche me inhiben. Desde luego podría soslayar este puerto, pero pagar precio por atravesarlo es lo más práctico que puedo hacer en días laborales. Mi problema es que al mediodía me cortan las prisas hordas de encantadores jóvenes de innumerables organizaciones no gubernamentales que buscan dinero para causas humanitarias. Y como cada día los ponen más guapos y animados, yo sufro mucho dándoles cortes y negándoles posibilidades. Luego cae la noche y vuelvo a pasar la frontera de camino a casa. Los bienintencionados ya no están y en su lugar se reúnen grupos de policías locales, que con las tiendas ya cerradas, parecen más relajados. Yo los veo al lado de los coches patrulla hablar entre ellos, con sus uniformes arrequintados, guaperas algunos, o eso me parece de reojo. Y no sé por qué me incomoda pasar junto a ellos. Son tantos en tan poco espacio. Además, siempre me hacen sentir sospechosa de algo. Pero ese es mi problema. Algo tendrá de verdad.