Una vieja partitura

La gran esperanza de El Toscal es poder peinar sus azoteas, desentumecer sus huesos y evitar sombras alargadas como si se trataran del mismo diablo. Si alguna vez se cumplieran estos tres deseos, este barrio de Santa Cruz ya podría bajar las armas y dedicarse a otra cosa, que la vida apremia. Sin embargo, estos anhelos todavía parecen una utopía y, desde luego, no creo que la fisonomía de este lugar esté bien asegurada, y mucho menos a salvo del derecho de pernada. Los peligros que acechan a El Toscal provienen, básicamente, de los que lo miran y en lugar de casas y calles ven hornacinas vacías y desfiladeros demasiado ceñidos para poder respirar a gusto. Las amenazas llegan directamente de los que compraron para estirar alturas y engordar carteras. De los que cantan sonetos funerarios para adelantar velatorios. Esos son los verdaderos riesgos que se esconden en la partitura toscalera, a pesar de los 200 inmuebles que el Ayuntamiento quiere proteger y los árboles que quiere plantar. Así que habrá qué ver cómo se maneja la iniciativa privada en zona de guerra, con francotiradores apostados en las ventanas. Y es que después de tantas caceroladas, manifestaciones y tensiones no resueltas, no será fácil colarle a este barrio un gol al bies, ni de frente ni a traición. Si le marcan un tanto será, simplemente, por decreto, que es el camino más corto para conseguir algo. Un ejemplo de esto último viene en forma de aparcamientos –nada menos que 1.335– para paliar los que quieren eliminar de varias calles toscaleras. Es decir que ahora habrá que pagar por dejar el coche cuando antes uno alineaba las ruedas sin soltar un céntimo. De esta manera, el Ayuntamiento de Santa Cruz empobrece a los vecinos y enriquece al constructor y gestor del párking, una idea tan manida como el peor de los refranes: Ande yo caliente y ríase la gente. Al más puro estilo político. Porque, si hay que resolver las cosas, mejor hacerlo usando viejas fórmulas, que son las que vienen de fábrica y arrastran inercias de rancio abolengo y viejos trajes de postín.

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