Pensamientos de muerte

Lo mejor de salir de casa es volver a ella con al menos un par de conceptos cambiados. Eso, o volver con al menos un par de conceptos nuevos. Si no es así, no interesa el esfuerzo de pisar calle. No merece la pena pisarla ni siquiera para sembrar reputación. Y lo sé porque he perdido muchas tardes pasando páginas en blanco. Mucho tiempo mirando relojes estropeados. Afortunadamente, la inercia siempre puede descarrilar. En mi caso, si tuviera que elegir una de las veces que rompí tendencias para poder meterme en la cama con la sensación de provecho, escogería una de hace muchos años, cuando aún me faltaban tres o cuatro desamores para ser oficialmente una adolescente. Recuerdo aquel día perfectamente porque salí de casa segura de que los toros tenían cuernos, y regresé convencida de que lo que tenían eran pensamientos de muerte unificados. Y todo porque aquella tarde acabé husmeando entre las estanterías de la biblioteca del pueblo, desde donde me cayó a las manos la definición que Francisco Umbral dio a los pitones. Desde entonces, asistir a un encierro nunca fue lo mismo para mí. Donde la mayoría veía peligro, yo veía poesía. Y cuando todos se apartaban de las astas, yo metía la cabeza entre los maderos por si descubría en ellas otro propósito que no fuera el de pinchar carne ajena. Así fue. Un breve desvío a la biblioteca bastó para modificar unas cuantas percepciones. Y es que las bibliotecas son una de las mejores maneras de innovar conceptos. Aunque en mi caso también fueron refugio, confusión y, sobre todo, descubrimiento. Por ejemplo, mis jóvenes incursiones de biblioteca siempre estarán ligadas a Memorias de un niño de derechas y Qué dice usted después de decir hola, los primeros libros que cogí al azar para probar suerte. Ahora, con el tiempo ajustado al trabajo, ya no piso estos espacios. Sin embargo, las horas que pasé en ellos se resienten al saber que la Biblioteca Pública del Estado en Santa Cruz de Tenerife cierra sus clubes de lectura, su taller literario y su curso de novela. Tampoco puede comprar más libros ni revistas. Los recortes económicos que sufre la cultura devuelven cuernos en lugar de pensamientos.

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