Mi primera manifestación

Como mi familia hace estiramientos con dos ideologías radicalmente distintas, a mis padres no les quedó otra que observarnos de reojo a mi hermano y a mí, manteniendo disimulo y respiración, a ver por dónde les salíamos de mayores. Sin ánimo de influenciar o aconsejar, decidieron forrar el nido con una neutralidad tipo Suiza y cruzar los dedos hasta comprobar la influencia real de los discursos que nos llegaban de abuelos, tíos y primos. Por eso, cuando empecé el Instituto y estrené mi primera manifestación, los dos vieron pasar mi vida entera como si se tratara del girar de una ruleta: “No va más. Todo al rojo”. Así que levantaron hombros, tacharon casilla, y centraron la atención en su otro hijo. Sin embargo, lo que mis padres no sabían es que yo andaba metida en estas procesiones debido a un chico de COU. Vamos, que la causa me importaba algo pero no tanto como para andar tomándole el pulso a la Policía sin una buena historia de amor detrás. Y aunque en aquella primera protesta se gritaron cuatro cosas a los uniformados y hasta bloqueamos la Plaza de los Fueros de Tudela, lo que más recuerdo de la jornada es una figura flaca con pantalones vaqueros y chaqueta azul marino de punto inglés, de piel morena y cabello negro revuelto en rizos. Por supuesto, él nunca supo de mi existencia. Y en cuanto a mí, los fracasos acabaron por agotarme. Desde entonces, sólo acudo a las manifestaciones para pulir convicciones. Por ejemplo, la que abarrotó el centro de Santa Cruz de Tenerife el miércoles pasado fue una de esas. Me acoplé a la cola sobre las seis de la tarde y terminé en la Plaza de España como tres horas después, tras un lento avance inicial de dos metros a la hora. Y así, despaciosamente, una vez apartada definitivamente de mi memoria la chaqueta azul de punto inglés, empecé a asumir otros descalabros más serios. Entre ellos, la visión de los bares y supermercados del centro llenos hasta los topes, y la evidencia de las terrazas repletas de gente consumiendo recortes y brindando con la nueva reforma laboral. Porque Santa Cruz protestó al aire libre más que nunca, pero descarriló en su propósito de vaciar negocios, que, en definitiva, es lo que más duele en estas guerras.

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