Manuel

Yo aquí no voy a fastidiar a nadie que ya ande tragando fastidios por la vida. Tampoco tengo la intención de boicotear hábitos de supervivencia ni de desvelar confidencias que, si se supieran, condenarían a unos cuantos a más ostracismo del que pueden masticar. Pero hay algo que vi un día y creo que merece ser santificado en literatura. En esa clase de literatura rápida y de tapas blandas que viene bien tener a mano durante las esperas. Se trata de la historia de un hombre del que no sé su identidad, aunque sí conozco su secreto. Para que resulte más fácil el relato, lo llamaré Manuel. Me topé con Manuel hace unos años por casualidad, cuando los dos estábamos al aire libre de Santa Cruz, con el sol de la mañana aún rozando el horizonte y la crisis sudando en el ring. Yo esperaba a un amigo y él se apoyaba en un muro. De vez en cuando veía cómo Manuel me echaba miradas de ceño fruncido, supongo que por entretenerse con algo. Por mi parte, también por pasar el rato, le devolvía las ojeadas como si se tratara de un partido de tenis. Y tantas le devolví, que hasta me dio tiempo de buscar un buen encuadre y hacerle una foto. Una foto robada. Una foto que, precisamente por hacerla a traición, sólo es para consumo propio. Ese día, Manuel combinaba pantalones negros con una sudadera roja, y a su lado, apoyadas en el suelo, tenía dos bolsas de plástico y otra de piel sintética, clara y raída. Despeinado y sin afeitar, echaba rizos negros y barba canosa y se adornaba con pulseras y cadenas. Lo que me llamó la atención de la estampa y me animó a fotografiarla fueron los cables que salían de su bolsillo y de uno de sus bolsas. Eran dos cargadores de teléfonos que se alimentaban de un par de enchufes que había en el muro. Minutos más tarde, cuando las miradas caducaron y sobrevino la conversación, Manuel me explicó que la gente sin muchos recursos acude a ese lugar a cargar teléfonos. Lo hacen con disimulo, sin abusar, y agradecidos de que les dejen. Porque en Santa Cruz, además de ver cada vez a más personas asomadas a contenedores y durmiendo en cajeros y parques, ahora no les queda otro remedio que cargar móviles en enchufes al aire libre. Y yo diría dónde exactamente, pero prefiero guardar silencio y no aguar la vida a nadie.

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