Tengo una palabra que contartE: Jánovas.

Jánovas asoma en el valle del Ara. Foto de Sol Rincón, hecha con Nikon D3300.

Para los niños y niñas de Jánovas, Jesús Alonso era como el hombre del saco. Cuando lo veían aparecer corrían a refugiarse en sus casas.

—¡Que viene Alonso!

Y sus gritos de pánico se oían en todo el valle del Ara.

Al salvaje Alonso todo ese miedo le daba igual. Ni los gritos, ni las lágrimas, ni la desesperación, ni el desgarro que provocaba le importaban. Él tenía una misión que cumplir, una orden que acatar, y lo haría pasara lo que pasara.

LA MISIÓN (te cuento, te cuento..)

Alonso el cruel era esbirro de una hidroeléctrica. Y esta, a su vez, tenía la bendición de la maquinaria política y judicial para hacer lo que le viniera en gana con la buena gente de Jánovas.

Ahora, hablemos de su misión.

El objetivo era claro como una tarde de verano: vaciar el pueblo de cualquier forma de vida, destruir las casas e inundar toda la zona.

Y el motivo, oscuro como las noches sin luna en el monte: construir un embalse para la producción de energía eléctrica.

Por supuesto, había que expropiar. Y así lo hicieron. Los bárbaros expropiaron con mentiras y acuerdos injustos.

Hubo gente que, tras firmar sin saber que estaba siendo engañada, abandonó sus casas y sus tierras, y se marchó.

Pero otra, no.

Y es a esta gente a la que tanto odiaban Jesús Alonso y sus jefes.

Entonces… ocurrió.

EL SUCESO DE LA ESCUELA (o el arte de abrir una puerta)

Supongamos que el día del suceso Jesús Alonso se levantó con el pie izquierdo, que se derramó el café en la entrepierna, que su señora esposa había salido con sus amigas la noche anterior y había regresado risueña y feliz, o, por qué no, que brillaba el sol.

El caso es que ahí estaba, con su peor malhumor, derribando a golpes la casa expropiada de la maestra, mientras en el piso de bajo las clases continuaban como cada día.

Y es que ¿por qué clausurar el colegio en pleno curso escolar si todavía no habían comenzado las obras del embalse?, se preguntó la máxima autoridad política de educación en la zona, dejando que los niños y niñas siguieran acudiendo a sus clases mientras el agua no anegara el lugar.

Pero uyyyyyyy, esa decisión reconcomía a Alonso por dentro.

Así que…

Bajó las escaleras tan rápido como pudo (nos figuramos, claro, porque si lo hubiera hecho lentamente hubiera pasado de cruel a psicópata. Dejémosle un margen de salvación) y derribó la puerta de la escuela de una patada.

Podía haberla abierto como cualquier hijo de vecino ¿no? Incluso podía haberla abierto de forma airada, por supuesto. Pero no. Le dio tal patada que la puerta se soltó de sus goznes y cayó panza arriba.

Los niños y niñas se dieron un susto de muerte. ¿Gritaron? ¿Lloraron? ¿Se arrinconaron juntos al ver entrar al ogro que tanto temían?

Quién sabe. Tal vez hicieron un poco de todo eso.

El caso es que Alonso cogió a la maestra de los pelos y la arrastró fuera de la escuela. Y a los pequeños los echó con patadas, empujones e insultos.

¡Vaya modales! Todo un desalojo violento e ilegal.

Los progenitores de los peques no se quedaron callados, no. ¡Faltaría más! Denunciaron el hecho ante la inspectora de Enseñanza Primaria de la zona, María Rosario Pie, quien, sintiéndose que le faltaban al respeto (vaya usted a saber por qué), los denunció por injurias.

Finalmente, el juez de turno condenó a los padres y madres denunciantes a un mes y un día de arresto y a pagar las costas procesales.

¡Oh yeah!

La escuela de Jánovas, ya reconstruida y convertida en La casa del pueblo. Foto hecha por Sol Rincón Borobia con Nikon D3300.

LA TAZA DE TÉ Y EL DEDO MEÑIQUE (la palabra Jánovas tiene tela, lo sé)

En fin, continuemos.

Yo me las imagino con una delicada tacita de porcelana en sus manos y sorbiendo el dulce té, con el dedo meñique levantado.

Hubo una época en que me las imaginé con una copa de champán francés, pero me dije: ¡Despierta, que no estás en una novela de Scott Fitzgerald!

Confieso que tampoco estaban bebiendo té. Pero, me las imagino así. Y si me apuráis, con pieles de zorro sobre sus hombros.

Me refiero a las esposas de los ingenieros de la hidroeléctrica, subidas a un alto del valle mientras observaban cómo la dinamita volaba las casas de aquella buena gente.

Las explosiones ocurrieron sin previo aviso para los habitantes del lugar.

¡Boom! ¡Boom!¡Boom!

Pequeños y mayores, muertos de miedo, corrían a refugiarse donde podían mientras, allá arriba, los ingenieros y sus esposas disfrutaban del espectáculo.

La dinamita acabó con tres casas abandonadas: Casa Sarrete, Casa Chaquis y Casa Marité. Pero, como todas las del valle, esas tres también estaban hechas con piedra. Y la piedra (¡oh la la!) saltó por lo aires para caer luego sobre todo lo que había alrededor, incluidas casas habitadas.

No hubo muertos.

Pero el pánico, el saber hasta dónde eran capaces de llegar los salvajes para asustarles y obligarles a abandonar su tierra, les afectó.

Menos mal que las autoridades, una vez que conocieron el suceso, prohibieron el uso de dinamita, ufff.

LA RESISTENCIA (Jánovas: qué palabra más inspiradora)

Resistir era difícil.

Casas abandonadas y casi derruidas, desolación, amenazas de todo tipo, burlas, desamparo, miedo, pobreza.

La justicia y la política no estaban de parte del pueblo.

Los años fueron pasando y la presa seguía sin hacerse, pero ¡por mis muertos que esto es ahora personal y os vais a largar todos de vuestra tierra aunque las obras no empiecen nunca, muertos de hambre!

La gente se fue marchando.

¿Toda?

¡No!

Francisca Castillo y su esposo, Emilio Garcés, decidieron aguantar.

Se convirtieron en la resistencia.

Y ejercieron como tal durante 23 años.

Su valentía se convirtió en la voz del valle del Ara. Entre ellos y algunos vecinos que se habían marchado hacía tiempo siguieron luchando en los despachos políticos, en los juzgados, en la calle, en los medios de comunicación… sin descanso.

Su lucha inspiró canciones a cantautores y grupos musicales; levantó en pie de guerra a asociaciones ecologistas; los periodistas se rindieron ante la evidencia de una injusticia; miles de personas se arrepintieron de haber dado la espalda a ese pequeño pueblo que era masacrado a orillas del río Ara.

La resistencia se hizo graaaaaande.

Mientras tanto, el embalse seguía sin construirse.

Al final, la hidroeléctrica vendió su derecho a construir el embalse a otra empresa del gremio.

El pueblo, ya no era pueblo, solo era Francisca y Emilio.

Pero, de repente, llegó él.

Una calle de Jánovas. Foto de Sol Rincón Borobia, hecha con Nikon D3300.

Y LLEGÓ ÉL (con su integridad a prueba de balas)

Juan Luis Muriel entró en escena, ¡viva!

Por aquel entonces, era el de Secretario General del Ministerio de Medio Ambiente, a cuyas manos y gracias a la resistencia, llegó el proyecto del embalse.

Y lo leyó. Todo, todito.

Y… ¡ay mi madre! ¡si este proyecto contraviene todas las normas medioambientales del universo! (ya, ya, me he pasado). Pero, vamos, que la cosa pintaba mal para la hidroeléctrica y así se lo hizo saber al ministro, su jefazo.

Pero uyyyyyyy, esa noticia le reconcomía por dentro al ministro.

—¡Anda, Juan Luis de mi alma!¡Firma que el embalse es una obra muy bonita y necesaria y me harás muyyy feliz! Un día de estos nos tomamos unas cervecitas ¿vale? —Algo así debió decir.

Afortunadamente, Juan Luis no se acobardó. El proyecto suponía un daño enorme para el medioambiente y así lo dictaminó y firmó. Ahora bien, su integridad le costó el trabajo. Su despido llegó de forma inmediata.

JÁNOVAS NO REBLA (La palabra evolucionó a una forma de ver la vida)

Jánovas no rebla, no. Es decir, no se rinde, no da un paso atrás en su lucha. Porque, aunque los herederos de aquella buena gente que fue maltratada y echada de su tierra han recuperado sus propiedades, ahora se enfrentan a la reconstrucción de las casas y los espacios públicos, además de la recuperación de los servicios básicos de cualquier pueblo.

Jánovas es un pueblo, y una inspiración.

Pero necesita seguir luchando.

Lo necesita porque:

  • fue destrozado para nada.
  • sus habitantes fueron expulsados de su tierra.
  • ahora necesitan dinero para hacer de nuevo el pueblo.
  • y porque, después de todo, nadie les ha pedido perdón.

CRÉDITOS (Ya ya, nadie se los lee).

  • Jesús Alonso, en el papel de Jesús Alonso.
  • Hidroeléctrica. Esto es muy lioso por las fusiones, compras, cambios de nombres y demás cosas que hacen las hidroeléctricas. Pero, para resumir, la hidroeléctrica que primero machacó al pueblo fue Iberduero. Después, Iberduero pasó a formar parte de Iberdrola. Finalmente, el asunto del embalse pasó a manos de Eléctricas Reunidas de Zaragoza (actual Endesa).
  • María Rosario Pie, en el papel de María Rosario Pie.
  • Ministro. Bien, el ministro de Medio Ambiente que aparece en esta historia es Jaume Matas (sí, ese al que han procesado por una docena de delitos y condenado a la cárcel). No obstante, antes que él, la ministra de Medio Ambiente fue Isabel Tocino, la cual también pidió a Juan Luis Muriel que intentara aprobar el embalse.

TE REGALO UNA ESTRELLA

Eyyyy, bien hecho. Como premio por leer los créditos, te voy a regalar una estrella.

Para poder verla en el cielo, entra aquí, pon tu nombre y deja un comentario de apoyo a Jánovas.

Cuando lo hagas, asómate a la ventana esta noche y mira hacia arriba.

THE END

La cita

Foto hecha con la app Hipstamatic Classic para iPhone.

Aunque todavía faltaban cuatro días para la Noche Buena, la Navidad había llegado a Pamplona hacía varias semanas. Sin dar tregua para la reflexión, los escaparates atosigaban la ciudad con la insistencia de una felicidad semejante al esfuerzo que hacían los pamploneses para creérsela. Los ventanales de los bares y restaurantes sudaban el vaho más denso del año, y el tráfico, ralentizado, supuraba su mal humor.

La plaza de la Cruz, como una sinécdoque perfecta, condensaba este ambiente navideño en su zona de influencia, donde los árboles de hoja caduca daban por concluida su resistencia, mientras que los de porte perenne persistían en su condición de testigos. Estos últimos competían en altura con el campanario de la parroquia de San Miguel, que en esos momentos difundía su ubicuidad exhalando su melodía de las siete de la tarde, desalentadora de cualquier intento de carnaval o descorche. No parecía, desde esas crestas, que abajo hubiera latidos de cadencia diferente, incluyendo los de aquellos que alzaban la mano o el vaso pidiendo caridad en la escalinata de la iglesia, los de los que se servían filosofía de supermercado en los bancos de la plaza, y los de los que perseguían sus prisas y trastabillaban entre su propia prole. Y es que la altura, injusta, igualaba a vertebrados e invertebrados de anclaje asfáltico, amputaba los despuntes personales y animales, emitía la misma sentencia para todos, se mantenía ajena a los detalles, a los gestos, a los vibratos de carnívoros, herbívoros y omnívoros, manteniendo así la misma consideración que recibía de todos ellos.

Sin embargo, a ras de la gente, todo cambiaba. Las cosas y las no cosas mostraban formas definidas, preparadas para ser recordadas, si es que se querían recordar, y las campanadas de la parroquia de San Miguel, de impar desenlace, no lograban golpear todas las conciencias deseadas.

Cerca de la plaza, en el rincón más alejado de la puerta de un bar, J.J. comenzaba a echar en falta el aire frío que, de vez en cuando, como una tentación, se colaba en el interior. Esperaba de mala gana, encajado en aquel vértice, jugando con la fantasía de retroceder aún más en caso de necesidad, atravesando la pared del almacén y todas las paredes de los edificios contiguos, hasta llegar a su casa, a un par de manzanas de allí.

En el local se acumulaba un humo imaginario que atosigaba sus pulmones y le impedía ver con nitidez las caras de los demás. Calculó que habría algo más de doscientas personas, y otras tantas de camino. El personal de la barra sudaba mientras atendía a la clientela, y la puerta del almacén, justo a su lado, permanecía abierta de par en par para facilitar la salida de mercancía. Se sentía incómodo por ocupar una mesa él sólo, y en sus pies, ya de puntillas, percibía la recta final de su paciencia.

Pero su cita apareció de repente, en un descuido, y se sentó de golpe frente a él, repartiendo frío y perfume a su alrededor. 

La noche de Marcelino

Marcelino siempre lleva bajo la boina un mecagüendiós, incluso cuando está relajado. También carga sobre el hombro una escopeta, aunque nadie la vea. Y, según su boca, la culpa de los males de este mundo la tienen los curas, los políticos y el rey. “Las circunstancias lo hacen todo”, como escribió Pérez Galdós, “si volviera a nacer, Dios mío, querría que fuese en un país donde no hubiera circunstancias”.

Hoy está haciendo migas con chorizo. Cree que es un buen preámbulo antes de introducirse en la tarde y en la siesta, sobre todo tras la agitación sufrida la pasada madrugada. “Aurelia, quiero que sepas que cualquier día me pego un tiro y acabo con todo”, piensa. Pero solo se desahoga. Él morirá en su cama a causa de un cáncer o de un ataque al corazón; no, desde luego, debido a un accidente o a un virus, “¡bah!”.

La noche anterior se la pasó recorriendo y recordando la casa. Toda. Y eso que es grande, un arriba y abajo constante, muchas puertas. “!Ahora bien, Aurelia, la culpa la tuvo el mayor del Eusebio, que le ha dado por ser voluntario y vino a decírmelo a esas horas, desvelándome por completo. ¡Al frente lo mandaba yo de voluntario! Aunque ese no sobreviviría ni un día. Si le tocara lo que me tocó a mí… ¡huérfano desde crío! ¿Y la familia? Pues te diré que me escondía la comida para no compartirla. ¡Así que no me vengan ahora con hostias! ¡A mí, que he pasado hambre, frío y una guerra! Tuve que arreglármelas yo solito trabajando las tierras del conde sin descanso y ¡nunca debí un duro a nadie!”.

El hijo mayor de Eusebio, su vecino, lo sobresaltó a medianoche, cuando llamó a la ventana. Al principio, despistado, Marcelino no supo si orientar su mirada hacia el pasillo o hacia la calle, pero enseguida comprendió que era imposible que alguno de sus hijos o nietos hubiera entrado en la casa. “A ver si te vamos a contagiar, yayo. Tú, aguanta. Te llamaré cada día”, le había dicho su nieta.

-¡Marcelino! Soy Juan Carlos. Abra la ventana y no se preocupe por ponerse la mascarilla, que ya paso a la otra acera.

Marcelino y Aurelia habían acondicionado la planta baja como vivienda para el hijo pequeño y su familia, pero hacía años que solo vivía él.

-¿Qué pues?

-Buenas noches. A casa de mis padres voy, pero como he visto luz en su salón… ¿Qué tal? ¿No hay sueño o qué?

-Ahora me iba a la cama.

-¿Necesita algo? El ayuntamiento ha pedido voluntarios para ayudar a la gente y me he presentado. Puedo hacerle la compra y también traerle comida hecha.

-Anda, anda, que aún te tendré que ayudar yo a ti. ¡Si no vales para nada! ¿Ya sabes hacer un huevo frito?

-Algo sabré hacer ¿o qué?

-Eso lo quiero ver yo.

-Qué ganas tendrá de salir a cazar ¿eh? ¿Qué es ahora?, ¿la temporada del jabalí?

-¿Del jabalí…? Mecagüendiós, ¡pero si no tienes ni idea! Hala, ve a recogerte que no necesito nada. ¿Cómo están tus padres?

-Ahí los tengo, de novios otra vez.

-Ya, ya… Ya oigo sus gritos de amor alguna vez. Cualquier día sale la vajilla volando.

-Eso digo yo, mucho está tardando. Bueno, me voy a echar un ojo a ver si siguen vivos.

-Que vaya bien.

Marcelino cerró la ventana. En la televisión, cifras de muertos y contagiados. Se quedó de pie mirando la pantalla y se dio cuenta de que no quería dar por terminado el día. “Yayo, mira a ver si aún guardas el baúl ese que me gusta tanto. Iré a recogerlo cuando esto pase. Pero solo si no lo necesitas ¿vale?”, le había pedido la nieta.

Salió al pasillo y de ahí al recibidor, desde el que se distribuía la casa. Lo cruzó y abrió la estancia que hacía de trastero. Allí no estaba el baúl. Vio la báscula para pesar sacos. Mejor dicho, sacos y nietos. ¡Menuda diversión!. Apagó la luz, cerró la puerta y subió las escaleras que conducían a su antigua vivienda. Escudriñó todas las habitaciones: la cocina, el dormitorio conyugal, los de los chicos, el cuarto de baño y el salón. Inspeccionó cada mueble y objeto decorativo. Por cada auditoría que realizaba, bueno, pues eso, que rejuvenecía.

Pasó al granero. Un saludo estuvo a punto de descolgarse de su tripa: “ya estoy de vuelta”, pero lo sujetó. Oyó las campanadas de la iglesia, tres. “¿Las tres ya?”, se sorprendió. La madrugada le había estado cortejando con recuerdos que no podía recordar pero sí sentir, que es la mejor albada para dejarse seducir; “Esta es la albada del viento / la albada del que se fue / que quiso volver un día / pero eso no pudo ser”, como cantó Labordeta.

En lugar de regresar sobre sus pasos, cruzó el granero y abrió una puerta que daba a las escaleras del corral. Las bajó y se metió en la jaula de los perros. “Eran buenos cazadores”, se dijo, “les daba igual perdices, codornices, conejos o liebres. Los jabalís eran otra cosa, para esa pieza son mejores los podencos”. Y recordó aquel día de caza en el que un jabalí pasó a su lado, le apuntó con la escopeta y: “plis, plas, le di”. Así mismo se lo contó luego a los otros cazadores. “En buena hora lo hice, Aurelia; desde entonces, Plis Plas me quedé. A algún tontolaba se le debió ocurrir el mote. Seguro que fue Vicente. ¡Menudo barrabás estaba hecho!”.

La noche era cálida y olía a campo. A gusto se hubiera quedado allí, pero le apetecía más volver al interior y seguir recorriendo habitaciones en busca del baúl. Echó un último vistazo al corral y se dirigió a la puerta que daba directamente al recibidor de la casa. Cerrada. La había cerrado por dentro antes de cenar. Se rascó la cabeza y miró hacia las empinadas escaleras que subían al granero. “Mecagüendiós”.

Flow

Foto de: Sol Rincón Borobia. Hecha con Hipstamatic para móvil.

-So, when do you leave?

-In a couple of weeks.

-That’s fantastic! I’m green with envy! I really need to travel…to anywhere!

-Oh dear, “il ne s’agit pas tant de voyager que de partir”.

-What?

-George Sand.

Just try.

-It is impossible to summarise this press release. It is absolutely perfect. Nothing is missing, and nothing is superfluous.

-Just try your best.

-I would say no.

-Oh, come on! Look, maybe you can focus on the most important thing. It is no possible to cover every single aspect of such a broad issue.

-Just try your best.

Up

Fachada Roc. El Muro

-Yesterday…-Really?

-Oh, no. I mean tomorrow. Tomorrow I’ll think about that.

-Well, in this case I must say: climb the mountain. Yesterday, tomorrow, and always. And, don’t forget to catch air from below.

-The thing is that I’m in a hurry. Would you, please, tell me what can I do? I can’t longer wait for a answer.

From the east.

-Don’t forget your goal. When you came here, you had things clear, but now I see you and I realize that every single part of you is a chaos. When did you lost your beauty?

The wind blew from the east, against the current of the words.

-Let me do. I had a look around me and I understood that what I really want to be is a unbiased observer.

 

 

 

Los joaldunak (Zubieta II)

Martes, 31 de enero de 2017. Cuando llegamos, los joaldunak de Zubieta se preparaban para ir al encuentro de sus vecinos, los joaldunak de Ituren, y recibirlos a la entrada del pueblo. Atadas a un tradicional bucle de reciprocidad, las dos localidades navarras enlazaban así cortesías de anfitrionas, ya que si el lunes fueron los ittundarras los que recibieron a los zubitarras, ese día los papeles se invertían.

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Los joaldunak comienzan a ponerse los trajes en el Carnaval de Zubieta 2017. Foto hecha con Nikon D3300 y objetivo 50mm. Autora: Sol Rincón Borobia.

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Trabajo de colocación de cencerros a un joaldun en el Carnaval de Zubieta 2017. Foto realizada con Nikon D3300 y objetivo 50mm. Autora: Sol Rincón Borobia.

Como había tiempo de sobra hasta que los joaldunak de Ituren salieran y recorrieran a golpe de cencerro los cuatro kilómetros que, calculé, había entre los dos pueblos, no fue hasta bien entrado el mediodía que los de Zubieta no empezaron a vestirse; por cada uno que se colocaba las pieles y los cencerros, dos le tenían que ayudar a fuerza de apreturas, ya que esos corpiños solo parecen sujetarse a cambio de perder oxígeno, sacrificar gramos de lozanía en el rostro, y hasta marchitar el fuelle del habla.

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Los joaldunak se ayudan a ponerse los cencerros. Carnaval de Zubieta, 2017. Foto con Nikon D3300 y objetivo 50mm. Autora: Sol Rincón Borobia.

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Tres joaldunak se ayudan a ponerse los cencerros. Carnaval de Zubieta 2017. Foto con Nikon D3300 y objetivo 50mm. Autora: Sol Rincón Borobia.

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Un joaldun tira con fuerza de una cuerda para sujetar los cencerros de uno de sus compañeros. Carnaval de Zubieta 2017. Foto con Nikon D3300 y objetivo 50mm. Autora: Sol Rincón Borobia.

El encuentro entre las dos comunidades tuvo lugar en el umbral de la tarde, y tan pronto como los oímos a lo lejos, la onomatopeya de los cencerros introdujo su influencia por las aperturas de los sentidos. Mujeres, hombres, niños y niñas integraban los grupos de joaldunak de Zubieta e Ituren, y todos, con sus característicos pasos, lograron confederar los golpes de los badajos bajo una única y reverencial cadencia que nos atrapó de forma inmediata.

Los rostros de los danzantes mostraban porte serio, acorde con su cometido, ya fuera espantar los malos espíritus, despertar la primavera, anunciar el carnaval, o todas estas cosas a la vez. Con sus miradas fijas y prácticamente inexpresivas protegían una concentración máxima, indispensable para llegar hasta el final, que ese día en concreto, a pesar de ser enero, acunaba los 20 grados bajo un sol claro que andaba a vueltas con el invierno.

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Joaldunak de Zubieta (Carnaval 2017). Foto hecha con Nikon D3300 y objetivo 50mm. Autora: Sol Rincón Borobia.

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Un joaldun en el Carnaval de Zubieta (Navarra) 2017. Foto hecha con Nikon D3300 y objetivo 50mm. Autora: Sol Rincón Borobia.

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Joaldunak de Zubieta, en el Carnaval 2017. Foto hecha con Nikon D3300 y objetivo 50mm. Autora: Sol Rincón Borobia.

Fue entre un sincero y brutal apiñamiento de turistas y no turistas donde los joaldunak acabaron su desfile en la plaza de Zubieta. Afortunados los que pudieron disfrutarlos desde las ventanas y los balcones, porque los de a pie sufrimos un considerable precio por verlos danzar, con el impuesto añadido de molestos y desatados personajes de terror que tiraban petardos a discreción, y manejaban vehículos de dudosas intenciones y capacidades. A pesar de eso, los joaldunak merecieron la pena.

La fábula (Zubieta I).

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Carnaval de Zubieta, 2017. Foto hecha con Nikon D3300 y objetivo 50mm. Autora: Sol Rincón Borobia.

El encorvado semidesnudo, mudo y puntiagudo, contiene en su aspecto brujesco partículas de melancolía, aura tierna, algo inexplicable, imperceptible a la vista y al resto de los sentidos conocidos, que produce pena, una punzada de pesadumbre por reconocer en él la eterna parte de todo. Camina por las calles de Zubieta con un borrico, un perro y una gigantesca rama de árbol, si no es el árbol mismo, y despierta sin querer el preludio de una anarquía salvaje, propia, que por otra parte ya tenía ganas de despertar y desentumecerse después de tanto tiempo. Al principio solo lo vemos a él, exhalándose entre turistas y no turistas, apareciendo y desapareciendo pueblo adentro, como distracción mientras los joaldunak de Zubieta se preparan para recibir a los de Ituren. Sin embargo, enseguida nos damos cuenta de que no solo está él, ya que pronto aparecen los otros.

Versión 2
Personaje del Carnaval de Zubieta, 2017. Foto realizada con Nikon D3300 y objetivo 50mm. Autora: Sol Rincón Borobia.

Versión 2
Sin rostros. Carnaval de Zubieta, 2017. Foto hecha con Nikon D3300. Objetivo 50mm. Autora: Sol Rincón Borobia.

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Personaje del Carnaval de Zubieta, 2017. Foto con Nikon D3300 y objetivo 50mm. Autora: Sol Rincón Borobia.

Los otros van siendo cada vez más. Llegan de abajo y de arriba, por la espalda o de frente. Salen de allí y de allá, vienen y van. No hablan. No sonríen. Algunos arrastran el rigor mortis de pequeños animales de cuerpo entero (un perro, un zorro…) y otros solo muestran las vísceras y las pieles de carnes más grandes. Parecen ajenos a lo que les rodea, almas en pena que rehúyen el contacto con la vida, que quieren pasar desapercibidas, que solo saben caminar sin rumbo, apocadas. Pero eso solo es una ilusión, un vahído momentáneo, una treta tal vez. Sin más, enseguida enseñan su intención, que no es otra que la de molestar y espantar.

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Tres jóvenes en el Carnaval de Zubieta, 2017. Foto con Nikon D3300 y objetivo 50mm. Autora: Sol Rincón Borobia.

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Dos personas acarrean un gato muerto en el Carnaval de Zubieta, 2017. Foto hecha con Nikon D3300 y objetivo 50mm. Autora: Sol Rincón Borobia.

La ignominia con la que estos personajes de Zubieta tratan a los turistas va in crescendo conforme pasa la mañana, calentando su inicialmente moderado descaro con aproximaciones y labores engorrosas que obligan a los visitantes a dar varios pasos atrás. Más tarde, dicho descaro va desarrollando su carácter lanzando al gentío boñigas, pescado podrido y otros sólidos incómodos que dejan en la ropa olores y machas, y en los rostros mohínes de repulsión. Y aún queda la traca final, que acontece cuando los joaldunak terminan, por lo pelos, su representación en la plaza del pueblo. Entonces, como el estallido de la anarquía, vehículos de atronadores motores se abren paso entre la gente a base de amenazas de peligro de muerte, enmascarados de terror enarbolan sierras mecánicas nada tranquilizadoras, enormes petardos son lanzados indiscriminadamente, culos al aire participan en sodomías de temática política y, en definitiva, los comportamientos primitivos se desatan y no cabe en cabeza alguna que vaya a ser posible anudarlos de nuevo.

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Carnaval de Zubieta, 2017. Foto con Nikon D3300 y objetivo 50 mm. Autora: Sol Rincón Borobia.

 

Torres del Río

Torre de la iglesia del Santo Sepulcro.
Torre de la iglesia del Santo Sepulcro.

Ofelia se ha levantado y el frío le ha dado los buenos días y un abrazo. Una vez vestida, coge una chaqueta de lana para abrigarse más y, sin darse cuenta, se la pone del revés. Seguidamente, se la abrocha con un imperdible dorado y se centra en sus quehaceres. Las primeras horas de la mañana pasan rápidas y rutinarias en su casa. Desayuna, limpia, ordena, prepara la comida… hasta que, de repente, antes del mediodía, suena el teléfono. Se trata de una pareja que quiere visitar la iglesia del Santo Sepulcro. “Sí, soy yo. Enseguida voy”, contesta.

Ofelia llega hasta la iglesia, saluda al hombre y a la mujer, y abre la puerta. La pareja entra, mira a su alrededor y le gusta lo que ve: una estancia románica de planta octogonal, con una bóveda de ocho arcos enlazados que forman una magnífica estrella en el centro, de influencia mozárabe. Cenefas ajedrezadas, cabezas de animales salvajes, pequeños ventanales con hermosas celosías coronadas con siluetas de castillos que evocan Jerusalén… Él ha leído que la iglesia pudo pertenecer a la Orden del Temple, y no le cuesta nada imaginarse allí mismo a un místico y solitario templario que, arrodillado y cabizbajo, vela su espada toda la noche mientras promete servir a Dios y a la Orden. También ha oído que en la torre de la iglesia se encendían hogueras para guiar por las noches a los peregrinos del Camino de Santiago, y así lo expresa en voz alta.

Ofelia, cobrando la entrada a la iglesia del Santo Sepulcro.
Ofelia, cobrando la entrada a la iglesia del Santo Sepulcro.

En ese instante, Ofelia niega con la cabeza y se irrita. Asegura que lo de las hogueras no es posible y que está un tanto harta de oír esa historia. Cuenta que su marido vio cómo estaba la torre cuando la abrieron para restaurarla, y allí no había restos de hogueras. “¿Tú sabes cómo deja una hoguera las paredes? ¡completamente negras! Y más si, como dicen, aquí se encendían hogueras continuamente. Pero no, las paredes de la torre no tenían ni rastro de que allí hubiera habido fuego”, explica. Acto seguido, expone su teoría. Para ella, está claro que cuando los escritos describen la torre como un faro guía, se refieren a que era un lugar de recogimiento. Que las personas que se cobijaban en ese lugar, fueran quienes fuesen, lo hacían para meditar, para dejarse llevar por el silencio y las oraciones y guiar sus almas hacia el camino correcto. Digamos que la torre les guiaba hacia Dios.

Una vez rotas las distancias, Ofelia sigue hablando de esto y lo otro, casi todo relacionado con la iglesia y con símbolos templarios que hay en algunas casas del pueblo, Torres del río, como la Cruz Tau, la Cruz Paté… incluso la iglesia tiene a su entrada una cruz parecida a la Cruz Patriarcal de los templarios. Más animada, también muestra a la pareja otro elemento que contiene la iglesia, aunque nada tiene que ver con ella, sino que fue puesto allí mucho después, hace relativamente poco: un porta velas con un cruz invertida. Ofelia se encoge de hombros cuando la pareja se asombra.

Cruz en la iglesia del Santo Sepulcro, parecida a la Cruz Patriarcal de los templarios.
Cruz en la iglesia del Santo Sepulcro, parecida a la Cruz Patriarcal de los templarios.

 

El porta velas con la cruz invertida.
El porta velas con la cruz invertida.

Es hora de marchar. El hombre y la mujer dan las gracias a Ofelia. Esta les dice que ha sido un placer y que en esta época del año hay pocos peregrinos que pasen por Torres del Río, es febrero y el frío disuade a muchas personas de emprender el camino hasta Santiago. Ofelia se queda sentada un rato más en la entrada de la iglesia, sobre la piedra románica, en un lugar al sol. Dentro tiene una mesita y una silla para cobrar entradas y atender a los y las visitantes, pero hace tanto frío en el interior que prefiere estar afuera, calentando sus huesos. La chaqueta que lleva no ha resultado suficiente para templarle.

 

 

 

 

Orísoain

Iglesia de San Martín de Tours, en Orísoain.
Iglesia de San Martín de Tours, en Orísoain. Foto hecha por Sol Rincón Borobia con una Nikon D3300.

René Guénon apareció en Orísoain y, abriéndose paso a codazos, se otorgó el privilegio de colocarse al lado de Jesús Pérez de Ciriza, que es quien, al fin y al cabo, lo había invocado. De hecho, tras esa invocación Guénon se creía con derecho a eso y a mucho más. Pensó que incluso podía meter baza y replicar cuanto le viniera en gana. Sin embargo, René Guénon se equivocaba. Jesús Pérez de Ciriza lo había evocado, sí, pero como a tantos y tantos otros, y todos esperaban turno para hablar. Por ejemplo, entre ellos estaba Pseudo Dionisio Areopagita, que llegó de repente y se mezcló con los demás. Y es que, al final, se juntaron más de una decena de pensadores. Más de una decena de nombres y apellidos venidos de distintas épocas y países, pero con algo en común: la iglesia de San Martín de Tours.

Y no es que todos ellos hubieran pasado alguna vez por San Martín de Tours, o hubieran escrito sobre su románico. Nada de eso. Es más, algunas de esas mentes murieron cuando la iglesia aún no existía, y el resto ni había oído hablar de ella cuando ya estaba construida. Así que, definitivamente, no era el templo en sí lo que les había reunido ese día en Orísoain, sino la incalculable atracción que Jesús Pérez de Ciriza siente por esa iglesia.

Jesús Pérez de Ciriza
Jesús Pérez de Ciriza. Foto hecha por Sol Rincón Borobia con una Nikon D3300.

Pérez de Ciriza lleva años pensando en románico. Y con ese lenguaje se maneja como nadie en la luz y en la oscuridad, en las estaciones del año y en las horas del día, con silencio o sin él. Por eso, visitar la iglesia de Orísoain en su compañía es ver mundo. En este caso, un mundo donde los símbolos, la espiritualidad, el esoterismo, la naturaleza, las creencias, las tradiciones y el espacio son explicados de mil formas distintas, según de qué boca caigan las explicaciones: de la de René Guénon, de la de Pseudo Dionisio Areopagita, o de las de tantos otros, todos ellos parafraseados por Jesús Pérez de Ciriza, a quienes evoca cuando las interpretaciones del románico lo requieren.

Así, con él y con todos los invocados, el paseo por el interior y el exterior del pequeño templo de San Martín de Tours se hace sendero; y el sendero, bosque; y el bosque, selva. Y de esta forma, profundizando en la naturaleza, la iglesia descubre sus rincones, entre los que destaca su cripta, una de las cuatro románicas que hay en Navarra. Las escaleras que descienden hasta ella surgen tras una trampilla en el suelo, al pie del altar. Hay luz eléctrica, claro. Pero Pérez de Ciriza la suele apagar y, en su lugar, enciende velas. Solo un momento. El justo para que todos sientan mejor los relieves de la piedra tallada, sus formas y su significado.

En la cripta de Orísoain.
En la cripta de Orísoain. Foto hecha por Sol Rincón Borobia con una Nikon D3300.

También crea sonido. Lo hace colocándose en un punto concreto de la cripta, sin abrir la boca o abriéndola a penas. Y no es un sonido cualquiera. Es un sonido antiguo. Y con ese sonido en el cerebro y la oscuridad en los ojos, al salir al exterior parece que el mundo se cayera encima. Pero enseguida aparecen los canecillos de la iglesia, sus columnas y capiteles, sus piedras calculadas, más símbolos y pesquisas… y, entonces, la atención vuelve a crecer, preparada para recibir más Historia.

En realidad, podrían pasar horas y más horas, y la red de información que teje Pérez de Ciriza alrededor de la iglesia no acabaría nunca. Porque desde ahí, desde ese pequeño lugar de piedra, salen tantas conexiones como se quiera investigar. Así que sí, podríamos pasar horas y horas allí, con intervalos de refrigerios para alimentar el cuerpo, y no veríamos el fin. Por este motivo, el secreto es cortar por lo sano, reservar más para otro día y alejarnos del templo mientras atrás todavía siguen vertiendo pensamientos los evocados por el guía: René Guénon, Pseudo Dionisio Arepagita, y tantos y tantos otros.

 

Extracto de un fotoperiodista

Arturo Rodr’guez. 2013. Amigos.

PREÁMBULO

Cuando Arturo Rodríguez cerró los ojos para intentar recuperar sueño en el hall de un hotel de Skopie, capital de la República de Macedonia, se encontraba ya a pocas horas de llegar a su destino: Kosovo. Era 1999 y hacía poco que la OTAN había bombardeado la zona. Su objetivo era ir allí y documentar la tragedia. Sin embargo, antes tenía que esperar y descansar, aunque fuera encajado en un sillón, que era todo lo que se podía permitir. Con muy poco dinero para gastar, dormir en una habitación quedaba absolutamente fuera de su alcance. Tampoco conocía a nadie en ese lugar. Lo único que llevaba encima era su cámara, algo de equipaje y un papel que certificaba que era un fotoperiodista de Santa Cruz de Tenerife. Esa era su situación en aquel momento y con ella encima claudicó al cansancio y se quedó dormido.

A la mañana siguiente, cuando despertó, descubrió que el hall estaba lleno de periodistas y, afortunadamente, no pasó mucho tiempo hasta que escuchó a uno de ellos hablar en español. A partir de ahí, todo fue mejor. Un grupo de corresponsales lo llevó en coche hasta Kosovo y allí buscó a su contacto, Santiago Lyon, de la agencia internacional de noticias AP.

Cuando Lyon vio a Arturo, se encontró con un chico de 22 años, sin experiencia en conflictos, sin apenas un duro en el bolsillo y sin estar respaldado por ningún medio de comunicación. Sin embargo, ocho años después, Arturo ganaría dos World Press Photo en 2007, el concurso anual más prestigioso de fotografía de prensa, gracias a sus imágenes que documentaron la masiva y dramática llegada de pateras a las costas tinerfeñas. Pero para eso aún faltaban ocho años. Mientras tanto, allí, en Kosovo, estaba dando los primeros pasos de su carrera. Levantando su andamiaje.

COMIENZOS

Nació en Santa Cruz de La Palma y se crió en uno de sus barrios, Mirca. De niño, mucho antes de que el asfalto llegara hasta la puerta de su casa y las viviendas de protección oficial bloquearan el paisaje, solía correr descalzo por los canteros de su abuelo. Un día, su padre le regaló una cámara compacta de carrete. Recuerda que la llevaba a todas partes, bien sujeta con elásticos debajo del sillín de su bicicleta. Por su objetivo pasó toda su familia y todos sus amigos, incluyendo paisajes y lo que se le pusiera delante.

Pero el puzzle de su futuro tiene varias piezas, y otra de ellas resultó ser un tío suyo, cámara de televisión en La Palma. En torno a Arturo comenzaba a cerrarse el cerco. Los últimos metros corrieron a cargo de una compañera del instituto, que le informó sobre la carrera de Imagen y Sonido que se impartía en La Comercio, actual Instituto de Formación Profesional César Manrique de Santa Cruz de Tenerife. Sin haber cumplido los 17 años, puso rumbo a la capital tinerfeña y se matriculó. Su intención era especializarse en cámara de televisión, como su tío, pero acabó enganchado a la fotografía. “Entonces no sabía si se podía vivir de eso, pero lo que sí supe enseguida es que la fotografía sería parte de mi vida para siempre”, afirma.

Nada antes había despertado en él tanto interés. De repente, se vio devorando libros y revistas especializadas, aprobando asignaturas, disparando ráfagas. Era tanto su entusiasmo, que sus padres desembolsaron 30.000 pesetas y le regalaron una Minolta X-300. Santa Cruz de Tenerife se convirtió en la realidad a abatir. Con un grupo de amigos de la carrera encauzó su aprendizaje hacia la fotografía de prensa. Sin trabajar para ningún medio de comunicación, acudía a todos los acontecimientos noticiables que tenían lugar en la capital. Medía la luz, encuadraba, enfocaba, disparaba y documentaba. En esa época también realizó un viaje a África, a los campos de refugiados saharauis, adonde años más tarde volvería en dos ocasiones. Su ronda por el mundo había dado comienzo.

Arturo Rodr’guez. 2013. Amigos.

BAGAJE

En realidad, Arturo almacena muchos comienzos. Muchos borrones y cuentas nuevas. No siempre fáciles ni cómodos ni, según le han dicho tantas y tantas veces, responsables. Sin embargo, cada paso que ha dado ha sido una muestra de confianza en sí mismo y en sus convicciones. Su padre le dijo una vez que la mejor sensación del mundo era levantarse cada lunes y poder decir con alegría “me voy al trabajo”. Y se lo tomó en serio. Cada vez que no disfruta como fotoperiodista, coge los bártulos y cambia de empresa, ciudad, país o proyecto.

Tras pasar por varios medios de comunicación, cubrir informaciones en África, Kosovo, Palestina y Haití, un día, en plena crisis económica, aburrido de hacer fotos en Moncloa, Zarzuela y fútbol de primera división, decidió dejar su trabajo en Madrid para la agencia AP y trasladarse a Tailandia, a empezar de nuevo. “Nunca he tenido miedo a no tener nada fijo porque sé quién soy y lo que quiero”, afirma.

Ahora está inmerso en un proyecto que comenzó hace unos años: Face Oblivion. Se trata de un fascinante y arduo trabajo de campo para documentar todos los grupos étnicos de  antes de que desaparezcan. Rostros inmortalizados en blanco y negro y con cámara de carrete. Etnias en su entorno natural, con miradas que lo dicen todo, con vestimentas que los hermanan con sus quehaceres. Face Oblivion es la actual gran apuesta de Arturo Rodríguez, pero también es el trabajo de un fotoperiodista que se adentra en la madurez profesional con una mirada sobradamente entrenada y, sobre todo, con unos argumentos incontestables.

Zuasti y el Muro

Trozo del Muro de Berlín en Zuasti (Navarra). Foto de Sol Rincón Borobia hecha con IPhone.
Trozo del Muro de Berlín en Zuasti (Navarra). Foto de Sol Rincón Borobia hecha con IPhone.

Durante años desayuné sin saberlo a pocos metros de un aforismo hecho de pensamiento y piedra. Un potente axioma en forma de L que, por mucho que se pusiera delante, no conseguía llamar mi atención. Totalmente ajena a este precepto, cada septiembre, en mis excursiones al Norte, hacía un alto en la estación de servicio de Zuasti, pedía café y algo de comer, y me sentaba al lado de los grandes ventanales. Desde allí, con aquella L irrumpiendo en el horizonte, miraba hacia la Cuenca de Pamplona, Sarasa, la Peña de Izaga y el Monte de San Cristóbal, y pensaba en los caseríos, los prados verdes, las eguzkilores y las sorginak que me iba a encontrar durante el día. Zuasti era el prólogo de la aventura. Un buen estímulo con sabor a cafeína.

Sin embargo, horas más tarde, de regreso a casa, muy pocas veces me detenía en esa estación. Con ganas de llegar a tiempo para la cena, pasaba de largo Zuasti, dejándola a mi izquierda mientras miraba de reojo aquella L que la corona, una especie de piedra vigía que reina por encima de la Ap-15, a la altura del kilómetro 102. La miraba cada septiembre. La miraba mientras desayunaba tras los ventanales de Zuasti, y la miraba después, cuando volvía de mis excursiones. La miraba, pero no la veía. Y así fue durante mucho tiempo, hasta que me enteré. Hasta que en una de las raras ocasiones en que paré de vuelta a casa, una camarera de la estación me lo dijo: “Esa piedra en L que está ahí es un trozo del Muro de Berlín“.

El Muro de Berlín cayó el 9 de noviembre de 1989 y, poco después, José Antonio Jáuregui Oroquieta ya estaba pensando en cómo convertir aquel símbolo de vergüenza y muerte en un ariete con el que abrir paso a la esperanza y la libertad. Aquella idea, ese empeño por la redención, fue plasmada finalmente en Zuasti. Las gestiones del famoso antropólogo navarro terminaron el 4 de mayo de 1991, con la inauguración del monumento, diseñado por el arquitecto Fernando Redón Huici. “Me preguntaron si quería hacerlo y yo les dije que encantado de la vida”, recuerda Redón. Y, así, sin más dilación, se puso manos a la obra.

La base que proyectó para ubicar la histórica L consiste en dos enormes bloques de hormigón y granito negro separados momentáneamente por una hiriente hendidura. Una grieta sangrante que intenta romper la armonía del conjunto, debilitándolo por un lateral. Afortunadamente, Redón detuvo la hemorragia uniendo los bloques en el vértice y colocando ahí la que un día formó parte del Muro de la Vergüenza y que hoy representa la L de Libertad. Una de 2 metros de altura y 2.500 kilos de remordimiento que fue traía en un camión desde Alemania para recordar a quien pase por Zuasti que hay muros que deben caer. Y junto a este aforismo, se puso otro más a los pies del monumento. Otro en forma de pensamiento: El camino hacia la paz en Europa debe pavimentarse con las piedras arrancadas al Muro de Berlín, Salvador de Madariaga, Oxford 1967.

Ahora, cuando desayuno en Zuasti mientras me imagino las eguzkilores y las sorginak que me esperan en el Norte, miro la Cuenca de Pamplona, Sarasa, la Peña de Izaga y el Monte de San Cristóbal, y luego me detengo en la L del Muro de Berlín, viéndola en toda su extensión, desde todos los puntos posibles, preguntándome cuántas personas murieron intentando saltarla.

(Ayer, 9 de noviembre, se cumplieron 24 años de la caía del Muro de Berlín).

El paréntesis de Zacarías Piernabierta o la Batalla de Belchite

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Ruinas del pueblo viejo de Belchite. Foto hecha por Sol Rincón Borobia, con Nikon D300S.

Años antes de que a Paulina y a su hermana Antonia les cayera una bomba encima y sus vidas quedaran reducidas a una historia de fantasmas y apariciones, Zacarías Piernabierta saboreaba los días entre su casa, el colegio y la calle. Sin grandes preocupaciones que le fruncieran el ceño, ayudaba a su padre con las labores agrícolas, jugaba a las canicas con sus amigos y cumplía con sus estudios en El Ferial, la escuela hasta donde arrastraba una enciclopedia de dos duros la factura y donde compartía aula con 99 alumnos más y un único profesor. Allí, como mandaba la educación de entonces, los niños pasaban por la primera, la segunda y la tercera sección, hasta cumplir los 14 años.

Sin embargo, Zacarías Piernabierta no pudo terminar sus estudios de un tirón. Y no porque no quisiera, sino porque un día le creció un paréntesis justo en la puerta de su casa. Era, lo recuerda bien, el 26 de agosto de 1937, y aquel paréntesis, bien construido por la diestra y la siniestra, sin fisuras en su estructura, lo encerró como si fuera de su propiedad y se comió su rutina y sus planes, interrumpiendo su infancia en cuestión de segundos. Y es que Zacarías Piernabierta nació en 1926 y en Belchite. Y eso, amigos, era tener el destino marcado a fuego. Un destino fuertemente amurallado, bien construido por la diestra y la siniestra, sin grietas en el techo.

Y fue así que, con 11 años, quedó atrapado en su propio pueblo, asimilando la guerra como podía, aceptando que las batallas de ese tipo no se ganan a base de indirectas, y aprendiendo que las balas checas no son munición de paso, sino que cuando se hunden en la carne explotan dentro y luego celebran el trabajo bien hecho. Por lo tanto, como en aquel tapete se jugaba al todo o nada, no le quedó otro remedio que dejar su edad para más tarde y apostar su vida a un solo número.

Ruinas del pueblo viejo de Belchite. Foto hecha por Sol Rincón Borobia, con Nikon D300S.
Ruinas del pueblo viejo de Belchite. Foto hecha por Sol Rincón Borobia, con Nikon D300S.

La Batalla de Belchite se libró en el pueblo del 26 de agosto al 6 de septiembre de 1937. Durante aquellos doce días de enfrentamientos entre republicanos y nacionales, con heridos y muertos por todas partes, Zacarías Piernabierta endureció la piel y avivó el coraje. Su casa, ubicada en el número 1 de la plaza del Convento, quedó arrasada por el fuego. Y él, sin haber cumplido los 12, ya sabía lo que era echar un pulso a un carro de combate.

Fue un día en que, ayudado por su primo Roque Torba, metieron líquido inflamable en un bote y lo arrojaron contra un T26 soviético del Batallón Lincoln que intentaba entrar al pueblo por la iglesia de San Agustín. “Le tiramos aquella bomba y el rafagazo con el que respondió por poco nos liquida”, recuerda. Así son las guerras. Si me disparas yo te disparo, y muchas veces ni eso. Muchas veces, la mayoría, uno recibe sin más. Como Paulina y su hermana Antonia, a las que les cayó una bomba en su casa y allí se quedaron para siempre, alimentando con los años historias de fantasmas.

Según dicen algunos, las dos hermanas aparecen de vez en cuando por el pueblo viejo, como si aún no se creyeran que están muertas. Cuentan que cuando se rodó Las aventuras del barón Munchausen en Belchite, algunos vieron a Paulina y Antonia paseando sus almas entre los figurantes de la película. “Iban vestidas de forma muy diferente a los que participaban en el rodaje, y cuando alguien se acercaba a ellas para llamarles la atención, ya habían desaparecido”, explica Eva María Piernabierta, la hija de Zacarías Piernabierta y una de las guías turísticas del viejo Belchite.

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Casas destruidas durante la batalla de Belchite. Foto de Sol Rincón Borobia con Nikon D300S.

Los doce días de batalla dejaron muchas más historias de tragedia y fantasmas como esa. Afortunadamente, un día todo terminó. Entonces, los habitantes de Belchite fueron distribuidos por otros lugares. A Zacarías Piernabierta y a su madre los llevaron a Codo, y de allí a Calaceite, donde reanudó los estudios. A los pocos meses, la Cruz Roja los reunió con su padre y su hermano en Mas de las Matas.

Poco a poco, el paréntesis que un día lo apartó de su camino fue rompiéndose con el paso del tiempo hasta quedar reducido a ruinas, y al fin pudo reanudar su vida. Hizo el servicio militar en Zaragoza y después empezó a trabajar. Primero, como vendedor ambulante de mantas y de sábanas. No le fue mal. Las sábanas eran de buena calidad, de algodón Viuda de Torla, y en cuanto a las mantas, una adornada por las dos caras costaba 1.000 pesetas. También fue ganadero y agricultor de olivos. Pero Zacarías Piernabierta se jubiló siendo guarda forestal para la Diputación General de Aragón. Ahora tiene 87 años.

Versos convertidos luego en jota, escritos por Natalio Vaquero, un vecino del pueblo, a la entrada de una iglesia de Belchite. Foto hecha por Sol Rincón Borobia con Iphone.
Versos convertidos luego en jota, escritos por Natalio Vaquero, un vecino del pueblo, a la entrada de una iglesia de Belchite. Foto hecha por Sol Rincón Borobia con Iphone.

El viejo Belchite nunca se reconstruyó. En lugar de eso se hizo uno nuevo. Uno que cada vez que levanta la mirada se tropieza con el imponente perfil del pueblo viejo recordándole de donde viene. En él, intramuros, duerme la calle Mayor, las viejas bodegas que servían de refugio, el trujal convertido en fosa común, el Teatro de las Pampas, las ruinas del casino… y, claro, la antigua casa de Zacarías Piernabierta.

(Exceptuando los nombres de las hermanas Paulina y Antonia, los demás no son reales a petición de los protagonistas).

Es julio de 2001, otra vez

Es julio de 2001 y aún nos tiemblan las piernas al recordar París. Hace menos de dos semanas que estuvimos allí y, claro, no es distancia suficiente para que se nos desdibujen el Sena, la Torre Eiffel, el Arco de Triunfo, la erre envuelta en gárgaras y los cruasanes. En eso todos estamos de acuerdo, sin excepción. No hay duda de que París da para muchos recuerdos y conversaciones, y justo esto es lo que hacemos mientras los periodistas esperamos en el bar a que comience el Pleno del Ayuntamiento de Santa Cruz: conversar. Hablamos de aquel viaje, de la arquitectura de la ciudad, de lo guapo que estaba Dominique Perrault vestido de negro, de lo guapos que están todos los arquitectos del mundo vestidos de negro, de que deberíamos vestir de negro más a menudo y, por supuesto, de la rueda de prensa que Perrault tuvo a bien concedernos en su estudio para que le preguntáramos sobre el proyecto de Las Teresitas. “Las Teresitas será la mejor playa urbana del mundo”, dijo. Y sus palabras resuenan en nuestras cabezas, ya de camino al Pleno. También estamos de acuerdo sobre lo que va a pasar en el Pleno. En esto tampoco hay fisuras. Sabemos que los grupos de la oposición van a votar a favor de la compra del frente de la playa. Uno de nosotros asegura que incluso podemos ir escribiendo la noticia ya para adelantar trabajo. Y todos volvemos a coincidir en el parecer. Desgraciadamente, no hay tiempo para eso. El Pleno acaba de comenzar. Los portavoces de la oposición escuchan la lectura de los puntos del día: la aprobación de la compra de Las Teresitas y la modificación presupuestaria para adquirirla. El del PSC, Emilio Fresco, justifica su voto a favor: “Votar sí significa poner por delante los intereses públicos”, sentencia. Y su sentencia queda plasmada en nuestros cuadernos. Le toca al del PP, José Emilio García Gómez, político y oráculo: “Aún queda un largo camino por recorrer lleno de dificultades”, augura. Y su augurio agota las páginas de los cuadernos, obligándonos a llamar a nuestros periódicos para que nos envíen más libretas. “Aquí nos dan las uvas”, dice uno de nosotros. Y todos asentimos.

Es julio de 2001

Es julio de 2001 y un Oh là là con acento chicha flota en el París de principios de siglo. Desde las maisons y appartements que flanquean el Sena se escapa la dulce melodía de La vie en rose, que, decidida a dejar su huella en cada extranjero, baja hasta donde estamos nosotros y acampa en nuestros tímpanos y cerebros con una clara vocación de okupa. Tal es su insistencia, que al quincuagésimo quand il me prend dans ses bras acabamos por olvidar el Teide y a nuestras madres, y en cuestión de segundos ya estamos pronunciando gárgaras y jurando por el Arc de Triomphe. Una especie de súbito bienestar se apodera de todos los presentes, tanto de los políticos y técnicos del Ayuntamiento de Santa Cruz, como de los periodistas que los acompañamos. Ahora todo parece mejor. Todo está en su sitio. Los croissants adornan las cafeterías, la Tour Eiffel mantiene el tipo, los bateaux mouches construyen estelas y, encima, no hay nubes en el cielo. Pero, sobre todo, aquí estamos, para escuchar cómo va el proyecto de la playa de Las Teresitas de la boca de su autor, Dominique Perrault. Dominique Perrault se ha levantado esta mañana pensando en los canarios que en unas horas van a hacerle una visita a su estudio de arquitectura. Con un café au lait en una mano y Le Nouvel Observateur en la otra, repasa mentalmente cuánto le ha costado perfilar la nueva playa chicharrera. Cuántas reuniones, cuánto tiempo, cuántos viajes a Santa Cruz, cuántas entrevistas, cuántos problemas, cuántas llamadas internacionales. Pero ahí está. A punto de terminar el plan director de un proyecto del que luego presumirá en foros y exposiciones. Dominique Perrault nos recibe vestido de negro y nos pasea por su estudio, lleno de gente y maquetas. Comenta esto y lo otro, nos presenta a algún que otro pupilo español y, finalmente, nos sentamos en una mesa y empieza a hablar de Las Teresitas. Él lo tiene claro: “Las Teguesitas segá la mejog playaaaa ugbana del mundo”. Y todos sonreímos.

La pelea 142

Alfonso Jorge Frías en Casa Teo, un bar de Santa Cruz de Tenerufe dedicado al boxeo. Foto de Sol RIncón Borobia, hecha con Nikon D300S.
Alfonso Jorge Frías en Casa Teo, un bar de Santa Cruz de Tenerife dedicado al boxeo. Foto de Sol Rincón Borobia, hecha con Nikon D300S.

Frías se quita el reloj y aprieta las dos manos como si estrujara algo. Entorna sus ojos azules y frunce el ceño. Segundos después, relaja los músculos, sonríe y vuelve al presente. Acaba de explicar cómo se encoge el hígado de una persona cuando lo golpean con fuerza; cuando el contrincante esquiva un derechazo y aprovecha la ocasión para lanzar su puño de abajo a arriba y hundirlo en las vísceras del otro. “Caes al suelo y no puedes moverte. Te hablan y entiendes todo lo que te dicen, pero la mitad del cuerpo está dormida y no puedes hacer nada. Solo esperar a que se pase”, dice. Así terminó para Frías la semifinal del campeonato de boxeo de los Juegos Olímpicos de México, en 1968. Se llevó la medalla de bronce. Momentos antes de subir al ring le habían advertido: “Ten cuidado con el mexicano, que tiene muy buen tiro al hígado”. Años más tarde, un entrenador cubano le informó de que el truco para recuperarse de ese golpe es dar una especie de voltereta en el suelo, impulsándose con los pies. Así, el hígado vuelve a su forma. Desafortunadamente, el consejo llegó muy tarde; poco tiempo después de aquella pelea nació su primer hijo y se retiró.

Antes de convertirse en Frías, este chicharrero fue Alfonso Jorge Frías, el cuarto de los seis hijos que tuvieron Lola Frías y Juan Jorge. Impulsivo y siempre metido en peleas, de niño se asomaba a la ventana de su casa, en el barrio de El Cabo, en Santa Cruz de Tenerife, y veía a los boxeadores entrenar en el gimnasio de enfrente. Soñaba con ser como ellos. Más aún, sabía que iba a ser uno de ellos. “El destino de una persona está escrito. El boxeador nace”, asegura. Y aunque era un excelente extremo izquierdo cuando jugaba al fútbol en Los leones de El Toscal, y a pesar de que hasta la selección se había fijado en él para el equipo infantil, lo dejó todo por el ring.

Al principio, Alfonso quiso mantener su afición en secreto para evitar disgustos a sus padres. Sin embargo, poco a poco, estos comenzaron a sospechar. De hecho, hubo un tiempo en que su madre no se iba a dormir hasta que lo veía entrar a casa y le examinaba la cara. Si no había heridas, suspiraba aliviada. Su hijo decía la verdad, no boxeaba. Pero tarde o temprano uno recibe un golpe e, irremediablemente, salen las moraduras. Así que, al final, sus padres descubrieron todo una de esas madrugadas en las que él regresaba a casa después de una competición. No obstante, ya no había vuelta atrás y siguió peleando contra viento y marea. A los 20 años consiguió el título de campeón de España amateur en la categoría de peso pluma. Era 1963. La prensa madrileña lo consideraba el mejor boxeador amateur de todos los tiempos. Si entonces se cobraban 300 pesetas por pelea, él era de los pocos al que pagaban 1.500 pesetas cada vez que se subía al ring. Eran tiempos de gloria. Llegó a ser seis veces internacional.

Y siempre a su lado, en lo bueno y en lo malo, su compañera de vida, Anita. De niños iban al mismo colegio y, tiempo después, coincidieron trabajando en la fábrica Flex, cuando él tenía 15 años. “Primero fui pretendiente, porque entonces las parejas no eran novios hasta que no iban de la mano. Es más, si se pasaban los brazos por encima de los hombros es que había algo raro”, cuenta mientras se ríe. En realidad, todo era muy distinto en aquellos años. En aquellos años la vida se retrataba en blanco y negro, los guantes de boxeo se sujetaban a las muñecas con cuerdas y un barco tardaba siete u ocho horas en ir de La Gomera a Santa Cruz de Tenerife. Todo un sufrimiento para alguien que se marea.

Y eso Frías lo sabe muy bien. Cuenta que lo pasó fatal en uno de esos viajes que hizo en 1968, cuando entrenaba en La Gomera para el campeonato de Europa que se iba a celebrar en la plaza de toros de la capital tinerfeña. Hasta entonces, había participado en 141 combates y estaba entusiasmado con afrontar el siguiente. Así que, cuando llegó el momento de competir, embarcó feliz rumbo a Santa Cruz. Desgraciadamente, la travesía resultó horrible. Al pisar tierra se sentía morir. “Fue una estupidez viajar el mismo día de la pelea”, dice. Pero lo hizo. Lo hizo y no le quedó otro remedio que enfrentarse a su adversario sin haberse recuperado de los estragos de las olas. En esas condiciones, perdió el combate. Perdió su pelea número 142, la última de su vida. Anita y él habían decidido hacía tiempo que el boxeo se acabaría en cuanto naciera su primer hijo, al que llamaron también Alfonso, “todo un manitas y un gran cocinero”, dice con orgullo. Y aquella pelea fue la de la retirada. Bajó del ring y nunca más volvió a subir.

Alfonso Jorge Frías jugando al dominó en un local social del barrio donde nació, El Cabo. Foto de Sol Rincón Borobia, hecha con Nikon D300S.
Alfonso Jorge Frías jugando al dominó en un local social del barrio donde nació, El Cabo. Foto de Sol Rincón Borobia, hecha con Nikon D300S.

Frías dijo adiós y regresó Alfonso Jorge Frías, de profesión tapicero, como su padre. Montó su propia empresa, Tapizados Ucanca, que resultó un éxito, un negocio próspero. El qué pasó para que hoy tenga que sobrevivir con una pensión no contributiva es una larga historia que no quiere recordar. Prefiere centrarse en sus paseos por la playa de Las Teresitas, sus mañanas con sus hermanos, su ratito en Casa Teo -un bar de culto para boxeadores tinerfeños-, y en el dominó, su actual pasión. “El dominó te ayuda a desarrollar la mente. Tienes que estar muy concentrado y calcular qué tiene el otro”, explica. Los sábados, a las cinco y media en punto, todas las asociaciones de dominó de Tenerife comienzan a jugar a la vez. Es un ritual. Las competiciones se hacen cada vez en un lugar diferente y siempre, siempre, terminan con un brindis por los amigos del dominó.

Alfonso ha superado con elegancia los días de boxeo. Los momentos en los que al oler los guantes impregnados del aroma del aceite de masaje se envalentonaba y subía al ring con ganas de noquear al contrincante. Ese olor es para él inconfundible e inspirador. Inolvidable. Y con estos recuerdos siguiéndole como una estela, sonríe de nuevo, se vuelve a poner el reloj, coge la bolsa de pipas que ha comprado y se va a jugar al dominó con su hermano Julián.

Esto va como un tiro

Hace poco, Santa Cruz espabiló que da gusto. Pasando un kilo del qué dirán y con un buen par en ristre, la capital tinerfeña volvió al presente y se convirtió en el paradigma de la descarga en red. Desde el 19 y hasta el 21 de julio, miles de personas peregrinaron a la Lan Party 2013 para participar en la célebre oración del ‘Cómo mola tío, esto va como tiro’. El rezo se repite cada año, y lo mejor de esta procesión es que en ella caben todos: desde los que aprovechan la ocasión para conseguir programas, música, películas y juegos, hasta los que prefieren almacenar porno para los fríos días de invierno. Todos ellos son bienvenidos, aunque no a todos les daría la mano. La Lan Party, amigo, es la gran fiesta del verano. La cita en la que si no estás no sabes de qué va el mundo de hoy. Porque en este mundo, además de las rebajas, también hay adolescentes que, aunque apenas levantan la vista de internet y raras veces salen de casa, te hablan un japonés que lo flipas. Y este año la Lan Party vino más fuerte que nunca. Este verano organizó una LCS con el LoL, que es uno de los MOBA más célebres de hoy en día. Y aunque no seas un MMO y no te gusten los RPG, merece la pena ver la batalla en directo. Es más, si no has entendido nada de lo dicho hasta ahora, ve a que te lo miren porque te estás quedando atrás. Para jugar al LoL (League of Legends) se montó un escenario de miedo en el corazón de la Lan Party Tenerife. Los mejores jugadores de Europa compitieron a muerte. Y esto no es cualquier cosa. Este tipo de torneos deja millones de dólares de propina, tiene sus propios comentaristas, y ya está considerado un deporte en Estados Unidos, al mismo nivel que la NBA. Son cosas que pasan. Y pasan rápido, colega. Por eso, para no andar muy rezagado, recomiendo al personal darse una vuelta por el Recinto Ferial de Santa Cruz el año que viene y empezar a tomar nota. Como entrante, ahí va lo esencial: LCS (League Championship Series); RPG (Role Playing Game); MMO (Massively Multiplayer Onli- ne); MOBA (Multiplayer On- line Battle Arena). Sí, en el nuevo mundo se habla en inglés. Tal vez tendría que haber empezado por ahí. Afortunadamente, Santa Cruz no es ajena a esto y, aunque sea sólo por unos pocos días, desentumeció huesos. Algo es algo.

Todo al rojo, amigo

He aquí Santa Cruz de Tenerife, acurrucada sobre un puñado de datos de paro juvenil. Acurrucada de tal manera que podríamos empaquetarla con medio rollo de papel de regalo y hacerle una gran lazada en rojo pasión. Y para los que piensan que el rojo no sienta bien a todo el mundo, doy fe de que esta capital sabe de sobra encajar los golpes que le llegan manufacturados en ese color. Porque aquí, en mayor o menor medida, todos andamos coloraos perdidos. Es como una apuesta en la ruleta. Todo al rojo, amigo, el color de la vergüenza. Los datos del paro juvenil sobre los que intenta mecerse la Sociedad de Desarrollo de Santa Cruz también son carmesí. Bermellón, si lo prefieren. Según las cuentas, en cuatro años 850 pibes menos de los que preocuparnos. Y las cifras son las cifras. Qué digo. Las cifras son mucho más que cifras. Son titulares. Esperanza. Indiscutibles. Optimismo puro. La luz en la oscuridad. Matemáticas de primero de carrera. Un beso de parte de tus labios. Rajoy escupiendo su mejor consonante. Casi 900 jóvenes desparados es mucho desparar. Y ya está. Si alguien quiere analizar la calidad de esos empleos que lo haga en su tiempo libre. Lo que cobren o dejen de cobrar es algo para desempaquetar en Navidad. Tampoco importa si son ingenieros reponiendo cajas de leche o físicos peinando moños. Si sus contratos son de horas o de un par de meses. Esas cosas son detalles que se deben compartir en la hora del cortadito y con amigos. No con desconocidos a los que les importa un carajo. No frente al cartel de no molestar. La vida aquí viene dada así, en pequeños sorbos de barraquitos. Y por cada trago, un dato. El de hoy es supergenial. Vamos avanzando. Los jóvenes chicharreros están de enhorabuena. Escalan puestos hacia la cima y protagonizan la película del mes. Ya quisieran muchos tener su suerte. Sobre todo, los mayores de 40. Porque esos sí que andan bermejos, tirando a púrpura. Esos, los de la larga experiencia y el discurso firme, lo tienen peor. Pero todo se andará. De repente, cuando menos se lo esperen, vendrá un dato y los hará felices.

Tengo algo que decirte

Tengo un amigo de fácil definición y complicados pormenores. Un amigo de toda la vida al que no veo desde hace años. Un tío de escenarios y capitales. Un tipo muy largo de explicar. Sin embargo, con el fin de concretar, solo diré que se trata de un amigo superlativo. De todas las cosas que compartí con él, me acuerdo ahora de una en particular. De un día en que quedamos con unos colegas de la radio para recorrer la noche de bar en bar. Al principio, todo fue normal. Unos bailes por aquí y por allá, unos cubatas en tubo de plástico, unos intentos de ligar con la gente más guapa del lugar, unas risas, unos insultos al jefe y un aquí no aguanto un año más, que el mundo es muy ancho chaval. Lo habitual. Sin embargo, conforme las horas pasaban y los camaradas se largaban, a mí me parecía que mi amigo se enganchaba con demasiada insistencia a mi sombra. Y era extraño. Las reglas rezan que está bien empezar juntos la aventura pero que, a la mínima posibilidad de triunfar, cada uno por su lado y ya hablaremos mañana corazón. No obstante, aquella vez no había forma de soltar lastre. Pegado a mis pasos, hablaba y hablada sin parar. Así, entre pitos y flautas, nos dio la madrugada y todo cerró de repente. Conformada con mi suerte y consagrada a mi amigo, comenzamos a pasear. Él, empeñado en alargar la situación hasta el infinito, me propuso sentarnos en un portal. El portal definitivo. El portal donde por fin se desahogó:
–Tengo que decirte algo. Y, bueno, los demás ya lo saben. Soy homosexual”.
–¿Y para esto me has tenido secuestrada toda la noche? Ya te vale, tío.
Tras una hora riéndonos del mal trago que había pasado, finalmente se levantó, me acompañó a casa, se quejó de los homosexuales que votan al PP y vomitó algún que otro cubata por la calle. Hace días, con motivo del Día Internacional a favor de la Libertad Sexual y el apoyo institucional del Ayuntamiento de Santa Cruz de Tenerife a los gays y lesbianas, me acordé de él. Hoy en día sigue sin votar al PP, claro. Es de los que piensan que por pagar los mismos impuestos que todos tiene derecho a casarse y a tener hijos. Eso sí, ya no me acompaña a casa. Vive lejos. Y en cuanto a lo de vomitar cubatas, quedó muy atrás. Muy atrás, pero siempre a mano. No sea que.