Extracto de un fotoperiodista

Arturo Rodr’guez. 2013. Amigos.

PREÁMBULO

Cuando Arturo Rodríguez cerró los ojos para intentar recuperar sueño en el hall de un hotel de Skopie, capital de la República de Macedonia, se encontraba ya a pocas horas de llegar a su destino: Kosovo. Era 1999 y hacía poco que la OTAN había bombardeado la zona. Su objetivo era ir allí y documentar la tragedia. Sin embargo, antes tenía que esperar y descansar, aunque fuera encajado en un sillón, que era todo lo que se podía permitir. Con muy poco dinero para gastar, dormir en una habitación quedaba absolutamente fuera de su alcance. Tampoco conocía a nadie en ese lugar. Lo único que llevaba encima era su cámara, algo de equipaje y un papel que certificaba que era un fotoperiodista de Santa Cruz de Tenerife. Esa era su situación en aquel momento y con ella encima claudicó al cansancio y se quedó dormido.

A la mañana siguiente, cuando despertó, descubrió que el hall estaba lleno de periodistas y, afortunadamente, no pasó mucho tiempo hasta que escuchó a uno de ellos hablar en español. A partir de ahí, todo fue mejor. Un grupo de corresponsales lo llevó en coche hasta Kosovo y allí buscó a su contacto, Santiago Lyon, de la agencia internacional de noticias AP.

Cuando Lyon vio a Arturo, se encontró con un chico de 22 años, sin experiencia en conflictos, sin apenas un duro en el bolsillo y sin estar respaldado por ningún medio de comunicación. Sin embargo, ocho años después, Arturo ganaría dos World Press Photo en 2007, el concurso anual más prestigioso de fotografía de prensa, gracias a sus imágenes que documentaron la masiva y dramática llegada de pateras a las costas tinerfeñas. Pero para eso aún faltaban ocho años. Mientras tanto, allí, en Kosovo, estaba dando los primeros pasos de su carrera. Levantando su andamiaje.

COMIENZOS

Nació en Santa Cruz de La Palma y se crió en uno de sus barrios, Mirca. De niño, mucho antes de que el asfalto llegara hasta la puerta de su casa y las viviendas de protección oficial bloquearan el paisaje, solía correr descalzo por los canteros de su abuelo. Un día, su padre le regaló una cámara compacta de carrete. Recuerda que la llevaba a todas partes, bien sujeta con elásticos debajo del sillín de su bicicleta. Por su objetivo pasó toda su familia y todos sus amigos, incluyendo paisajes y lo que se le pusiera delante.

Pero el puzzle de su futuro tiene varias piezas, y otra de ellas resultó ser un tío suyo, cámara de televisión en La Palma. En torno a Arturo comenzaba a cerrarse el cerco. Los últimos metros corrieron a cargo de una compañera del instituto, que le informó sobre la carrera de Imagen y Sonido que se impartía en La Comercio, actual Instituto de Formación Profesional César Manrique de Santa Cruz de Tenerife. Sin haber cumplido los 17 años, puso rumbo a la capital tinerfeña y se matriculó. Su intención era especializarse en cámara de televisión, como su tío, pero acabó enganchado a la fotografía. “Entonces no sabía si se podía vivir de eso, pero lo que sí supe enseguida es que la fotografía sería parte de mi vida para siempre”, afirma.

Nada antes había despertado en él tanto interés. De repente, se vio devorando libros y revistas especializadas, aprobando asignaturas, disparando ráfagas. Era tanto su entusiasmo, que sus padres desembolsaron 30.000 pesetas y le regalaron una Minolta X-300. Santa Cruz de Tenerife se convirtió en la realidad a abatir. Con un grupo de amigos de la carrera encauzó su aprendizaje hacia la fotografía de prensa. Sin trabajar para ningún medio de comunicación, acudía a todos los acontecimientos noticiables que tenían lugar en la capital. Medía la luz, encuadraba, enfocaba, disparaba y documentaba. En esa época también realizó un viaje a África, a los campos de refugiados saharauis, adonde años más tarde volvería en dos ocasiones. Su ronda por el mundo había dado comienzo.

Arturo Rodr’guez. 2013. Amigos.

BAGAJE

En realidad, Arturo almacena muchos comienzos. Muchos borrones y cuentas nuevas. No siempre fáciles ni cómodos ni, según le han dicho tantas y tantas veces, responsables. Sin embargo, cada paso que ha dado ha sido una muestra de confianza en sí mismo y en sus convicciones. Su padre le dijo una vez que la mejor sensación del mundo era levantarse cada lunes y poder decir con alegría “me voy al trabajo”. Y se lo tomó en serio. Cada vez que no disfruta como fotoperiodista, coge los bártulos y cambia de empresa, ciudad, país o proyecto.

Tras pasar por varios medios de comunicación, cubrir informaciones en África, Kosovo, Palestina y Haití, un día, en plena crisis económica, aburrido de hacer fotos en Moncloa, Zarzuela y fútbol de primera división, decidió dejar su trabajo en Madrid para la agencia AP y trasladarse a Tailandia, a empezar de nuevo. “Nunca he tenido miedo a no tener nada fijo porque sé quién soy y lo que quiero”, afirma.

Ahora está inmerso en un proyecto que comenzó hace unos años: Face Oblivion. Se trata de un fascinante y arduo trabajo de campo para documentar todos los grupos étnicos de  antes de que desaparezcan. Rostros inmortalizados en blanco y negro y con cámara de carrete. Etnias en su entorno natural, con miradas que lo dicen todo, con vestimentas que los hermanan con sus quehaceres. Face Oblivion es la actual gran apuesta de Arturo Rodríguez, pero también es el trabajo de un fotoperiodista que se adentra en la madurez profesional con una mirada sobradamente entrenada y, sobre todo, con unos argumentos incontestables.

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