Llorar como nunca en la vida

De izquierda a derecha: Radu Buda, un soldado polaco y Tomás Molinet. Foto: Radu Buda.

Radu Buda y Tomás Molinet se preguntan qué meterían en una maleta si tuvieran que huir de sus casas hacia un destino incierto, sabiendo que no van a regresar en mucho tiempo —¿meses? ¿años? ¿nunca?— y sin poder llevar muchos bultos porque, claro, se trata de escapar.

Entonces, ¿qué llevar en la maleta?

Ropa y calzado, eso seguro. Pero ¿qué más? ¿medicamentos?, ¿pañales?, ¿fotografías de los seres queridos que quedaron atrás?, ¿mantas o peluches que consuelen a los hijos a la hora de dormir?…

¿Qué meteríais vosotros?

Mientras lo pensáis:

El pasado 9 de marzo, Tomás y Radu llevaron más de 30 toneladas de comida desde Tudela (Navarra, España) hasta Przemysl (Subcarpacia, Polonia). Fue un viaje de casi 40 horas, pasando por Francia, Bélgica y Alemania. Tras las primeras 20 horas de conducción, descansaron 9 horas y, después, vuelta a la carretera hasta llegar a su destino. Una vez allí, la organización World Central Kitchen les dio de desayunar y, a petición de los dos, los llevaron hasta el paso fronterizo para ayudar.

Así que, sin dormir y sin descargar su camión (lo harían al día siguiente), se pusieron a repartir comida entre las personas que llegaban de Ucrania con sus maletas a cuestas. En un primer momento, al ver los vídeos que Radu hizo, parecen personas que viajan, no que huyen; familias que por lo que sea —vacaciones, negocios, visitas a familiares o amigos, estudios— dejan su país por unos días. Llevan la misma ropa que nosotros, de las mismas marcas, los mismos teléfonos móviles, los mismos muñecos y peluches, imágenes impresas en las camisetas de los mismos dibujos animados y películas que vemos en España.

Pero, como dice Radu, luego están los detalles. Esos detalles que desmontan la primera impresión: caras heridas, asustadas, serias, llorosas, dignas; una mujer que grita «Getafe», «¿Spanish?» y, otra vez, «Getafe»; soldados polacos que ayudan con las maletas; niños y niñas desorientados, asombrados, sin comprender nada.

Tomás y Radu estuvieron allí, pero en este viaje también hay otros protagonistas, otras personas que lo hicieron posible, como Carlos Sesma y David Rincón.

Pero ya hablaré de ellos más adelante; volvamos a Przemysl, con los dos conductores.

Allí, estos dos amigos fueron testigos de un drama que les ha dejado una huella indeleble; de varios episodios que les hicieron llorar de impotencia, como de la mujer que se desmaya o de la niña que desaparece. Aquí os dejo lo que me contaron.

TOMÁS MOLINET. 45 años. Es de Puente la Reina, Navarra, donde también vive.

Tomás es muy sensible y llora con facilidad, pero jamás ha llorado tanto como lo ha hecho en este viaje. Ya de camino a Polonia se le derramaban lágrimas mientras Radu, a su lado, le reprendía y le decía que era un exagerado, o algo parecido.

En los vídeos hechos por Radu, a Tomás se le ve repartiendo comida entre las personas que llegan de Ucrania. Unas la aceptan, otras dicen que no con la cabeza. También se le oye cómo se dirige a ellas: «amigo», y le ofrece un plátano, una manzana, un lo que sea. «Amigo», «amigo», «amigo»… así cien veces, mil veces, seis mil veces.

Dice que le entraron nervios al llegar a Polonia, cuando vio aviones militares sobrevolar sus cabezas. Pero esa inquietud se le pasó enseguida, en cuanto se remangó y comenzó a ayudar a las personas que llegaban de Ucrania. «Estuvimos siete u ocho horas repartiendo comida y, cuando terminamos, nos llevaron al centro de refugiados, un centro comercial. Aquello fue muy duro. No he llorado más en mi vida. Como no hablamos su idioma, les animábamos a nuestra manera, con gestos».

Durante el reparto de comida en el puesto fronterizo, Tomás vio a una mujer que gritaba «Getafe». «Le dije que yo me encargaría de llevarla. Pensaba ir a Tudela, devolver el camión y luego coger mi coche hasta Getafe, pero en el punto de control de refugiados nos dijeron que no podíamos porque no había sitio para ella donde dormir en el camión».

Sin embargo, sí que pudieron transportar hasta España las maletas de unas mujeres ucranianas. «Unos chicos que habían dejado la universidad para ayudar en Polonia nos pidieron que las lleváramos en nuestro viaje de vuelta a Tudela y que luego pasarían ellas a recogerlas. Ellas iban, creo, a quedarse en Cáceres, pero no podían viajar con las maletas», ya que facturarlas encarecía mucho el precio de los billetes de avión.

¿Cuánto tiempo pasaron Tomás y Radu en Przemyls, en el punto fronterizo de Medyka, entre los refugiados, las ONG y los periodistas? ¿24 horas? ¿un poco más? ¿un poco menos? Fueran las horas que fueran, les dio tiempo a sentir algunas de las caras del drama de la guerra. Entre ellas, las de las mafias que secuestran niños: una noticia empezó a correr de boca en boca. Una niña había desaparecido. «Estaba con su madre, en el campo de refugiados, pero se separó de ella para ir a uno de los servicios públicos portátiles que han instalado cerca. Desapareció. Al día siguiente, el día en que nos íbamos, aún no había aparecido».

Tomás volvió a España muy afectado, pero también con la idea de regresar a Polonia en cuanto el camión volviera a cargarse de productos. «Las ONG ya no quieren más comida ni ropa. Hay suficiente. Ahora se necesitan pañales y comida de bebés». Una ve en su pueblo, en Puente la Reina, una vecina quiso ayudarle a recaudar dinero para comprar papillas y pañales. Finalmente, la Cofradía de la Pasión y la iglesia de Santiago donaron 1 000 euros; y la empresa Estructuras y Encofrados Cimance dio más alimentos.

Hoy, miércoles 23 de marzo, Tomás está viajando hacia Polonia con otro cargamento de productos para las personas que huyen de la guerra.

RADU BUDA. 38 años. Es de Cluj (Rumanía), aunque vive en Fontellas (Navarra).

Radu dice que no es muy religioso, «pero pienso que si haces el bien te pasarán cosas buenas». Él es menos sensible que Tomás, mucho menos. Pero es que a Radu ha tenido una vida difícil. A pesar de eso, si durante el viaje a Polonia se burlaba de su amigo por llorar, en el camino de vuelta fue Tomás quien le dijo: «¿Y ahora quién es el que llora?», o algo parecido.

En realidad, no hablaron mucho en el camino de regreso a España; cada uno iba sumido en sus pensamientos, repasando lo que habían visto y oído, preguntándose por qué pasan estas cosas, imaginándose a sus hijos (Tomás tiene un hijo de un año y medio; y Radu, una niña de 4 años) en una situación como la que sufren los niños y las niñas que vieron en la frontera.

Uno de los sucesos que más impactó a Radu fue el desmayo de una mujer ucraniana. Ella estaba hablando por teléfono mientras sujetaba a su bebé en brazos. «Era un bebé de meses y tenía otro hijo de unos 4 años, que estaba a su lado. De repente veo que se desmaya y que se le cae el bebé. Fui corriendo, lo recogí y enseguida vino gente de la Cruz Roja a reanimarla. Luego me enteré de que se había desmayado porque le habían dicho que habían matado a su marido. Empecé a llorar y, bueno, eso me marcó».

También le afectó ver a una mujer con heridas y grapas en la cara. «No sé qué le habría pasado, tal vez le explotó cerca una bomba o le pegaron… y algo peor», dice. «Ves todo eso y te vienes abajo. Luego, te repones un poco y piensas que no puedes ayudar a todo el mundo, que haces lo que puedes».

Radu y Tomás estuvieron hablando con periodistas y gente de varias ONG. «Por ejemplo, conversamos con periodistas que cubrieron la guerra de Siria y nos dijeron que a los refugiados sirios no les dieron el mismo trato en las fronteras. Vivimos en una sociedad racista. Los sirios son moros, los ucranianos son europeos y hasta los soldados polacos les ayudaban con las maletas», dice.

¿Qué pasará con la nueva generación de Ucrania? ¿Cuál será su futuro? Son preguntas que se hace Radu. «Imagínate una chavala que estaba estudiando una carrera en su país y que ahora debe refugiarse en Alemania si saber alemán. Supongo que tendrá que ponerse a trabajar de lo que sea para comer. Se acabó estudiar. ¿Y qué pasa con los chicos de 20 años que se han quedado en la guerra y que han tenido que matar a soldados rusos? ¿Cómo les dices a ellos que un día tendrán una vida normal?».

Veamos ahora a otros de los protagonistas de este viaje. No son los únicos, claro, pero son una buena representación.

David Rincón (en primer término) junto a un trabajador de Jamones Volatín, en una fotografía con el camión llego de productos antes de partir hacia Polonia. Fotografía: David Rincón.

DAVID RINCÓN. 45 años. Es de Cortes (Navarra) y vive en Tudela.

David acaba de crear su propia empresa de transportes: Transportes Frigoríficos El Ribero. Desde el comienzo de la guerra de Rusia contra Ucrania, él quería ayudar. Preguntó aquí y allá sobre la posibilidad de que le ayudaran con los gastos del viaje. Según había calculado, entre la gasolina, las comidas, las autopistas, el sueldo del conductor… necesitaba unos 4 500 euros.

En esas estaba cuando uno de sus clientes, Carlos Sesma, de la empresa Jamones Volatín, lo llamó para preguntarle si quería unirse a una iniciativa de recogida y transporte de alimentos para las personas que llegaban a Polonia desde Ucrania.

Y todo empezó a rodar.

David puso uno de sus tres camiones a disposición y enseguida lo llenaron con más de 30 toneladas de alimentos provenientes de distintas empresas tudelanas.

«Tomás y Radu son los verdaderos héroes de este viaje. Cuando me enviaron fotos, vi una en la que salía una niña con una muñeca en brazos. Fue verla y pensar en mi hija; podría ser mi hija», dice.

No es la primera vez que David ofrece su ayuda a causas humanitarias; también lo hizo, por ejemplo, durante el confinamiento provocado por el virus Covid-19. En esa ocasión, ofreció transporte para llevar material médico desde el Hospital de Tudela hasta el de Pamplona.

CARLOS SESMA. 65 años. Es de Tudela, Navarra, donde también vive.

Al igual que David, esta tampoco es la primera vez que Carlos participa en iniciativas humanitarias. Dice que justo andaba dándole vueltas a la mejor manera de ayudar a las víctimas de esta guerra cuando su amigo Santiago Puello, un empresario de Tarazona, le propuso unir fuerzas.

Carlos contactó con la ONG World Central Kitchen y tomó nota de los alimentos que precisaba para seguir ofreciendo comidas a las personas refugiadas en Polonia. «Reunimos más de 30 toneladas de productos como jamón, pollo, arroz, conservas… Creo que, concretamente, fueron unas 36 toneladas, que es una barbaridad para un camión».

Pero la ayuda no quedó ahí. Además de otro camión lleno de productos que ha partido hoy a Polonia, Carlos Sesma, Santiago Puello y otras personas organizaron otro viaje para traer familias ucranianas a España.

Y esta es otra historia que merece ser contada con más calma.

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