Orísoain

Iglesia de San Martín de Tours, en Orísoain.
Iglesia de San Martín de Tours, en Orísoain. Foto hecha por Sol Rincón Borobia con una Nikon D3300.

René Guénon apareció en Orísoain y, abriéndose paso a codazos, se otorgó el privilegio de colocarse al lado de Jesús Pérez de Ciriza, que es quien, al fin y al cabo, lo había invocado. De hecho, tras esa invocación Guénon se creía con derecho a eso y a mucho más. Pensó que incluso podía meter baza y replicar cuanto le viniera en gana. Sin embargo, René Guénon se equivocaba. Jesús Pérez de Ciriza lo había evocado, sí, pero como a tantos y tantos otros, y todos esperaban turno para hablar. Por ejemplo, entre ellos estaba Pseudo Dionisio Areopagita, que llegó de repente y se mezcló con los demás. Y es que, al final, se juntaron más de una decena de pensadores. Más de una decena de nombres y apellidos venidos de distintas épocas y países, pero con algo en común: la iglesia de San Martín de Tours.

Y no es que todos ellos hubieran pasado alguna vez por San Martín de Tours, o hubieran escrito sobre su románico. Nada de eso. Es más, algunas de esas mentes murieron cuando la iglesia aún no existía, y el resto ni había oído hablar de ella cuando ya estaba construida. Así que, definitivamente, no era el templo en sí lo que les había reunido ese día en Orísoain, sino la incalculable atracción que Jesús Pérez de Ciriza siente por esa iglesia.

Jesús Pérez de Ciriza
Jesús Pérez de Ciriza. Foto hecha por Sol Rincón Borobia con una Nikon D3300.

Pérez de Ciriza lleva años pensando en románico. Y con ese lenguaje se maneja como nadie en la luz y en la oscuridad, en las estaciones del año y en las horas del día, con silencio o sin él. Por eso, visitar la iglesia de Orísoain en su compañía es ver mundo. En este caso, un mundo donde los símbolos, la espiritualidad, el esoterismo, la naturaleza, las creencias, las tradiciones y el espacio son explicados de mil formas distintas, según de qué boca caigan las explicaciones: de la de René Guénon, de la de Pseudo Dionisio Areopagita, o de las de tantos otros, todos ellos parafraseados por Jesús Pérez de Ciriza, a quienes evoca cuando las interpretaciones del románico lo requieren.

Así, con él y con todos los invocados, el paseo por el interior y el exterior del pequeño templo de San Martín de Tours se hace sendero; y el sendero, bosque; y el bosque, selva. Y de esta forma, profundizando en la naturaleza, la iglesia descubre sus rincones, entre los que destaca su cripta, una de las cuatro románicas que hay en Navarra. Las escaleras que descienden hasta ella surgen tras una trampilla en el suelo, al pie del altar. Hay luz eléctrica, claro. Pero Pérez de Ciriza la suele apagar y, en su lugar, enciende velas. Solo un momento. El justo para que todos sientan mejor los relieves de la piedra tallada, sus formas y su significado.

En la cripta de Orísoain.
En la cripta de Orísoain. Foto hecha por Sol Rincón Borobia con una Nikon D3300.

También crea sonido. Lo hace colocándose en un punto concreto de la cripta, sin abrir la boca o abriéndola a penas. Y no es un sonido cualquiera. Es un sonido antiguo. Y con ese sonido en el cerebro y la oscuridad en los ojos, al salir al exterior parece que el mundo se cayera encima. Pero enseguida aparecen los canecillos de la iglesia, sus columnas y capiteles, sus piedras calculadas, más símbolos y pesquisas… y, entonces, la atención vuelve a crecer, preparada para recibir más Historia.

En realidad, podrían pasar horas y más horas, y la red de información que teje Pérez de Ciriza alrededor de la iglesia no acabaría nunca. Porque desde ahí, desde ese pequeño lugar de piedra, salen tantas conexiones como se quiera investigar. Así que sí, podríamos pasar horas y horas allí, con intervalos de refrigerios para alimentar el cuerpo, y no veríamos el fin. Por este motivo, el secreto es cortar por lo sano, reservar más para otro día y alejarnos del templo mientras atrás todavía siguen vertiendo pensamientos los evocados por el guía: René Guénon, Pseudo Dionisio Arepagita, y tantos y tantos otros.