La epidemia de los ‘tags’

Santa Cruz anda por la vida tatuada con los tags de los grafiteros. Éstos, empeñados en dejar sus firmas artísticas en las paredes, en estampar su identidad, su marca, su yo y ahora, trazan curvas y rectas hasta dar con la clave de su creación. Y aunque algunos de estos autógrafos son obras de arte por sí solos, yo echo de menos el mensaje. El mensaje siempre es importante. La primera vez que asumí el grafiti como resumen del pensamiento crítico, como un arma utilizable, como la voz de una sociedad despierta, fue gracias a Banksy, el grafitero al que muy pocos han visto la cara, el artista de biografía desconocida, el crítico más audaz, el más buscado. Sus grafitis son mundialmente conocidos, fotografiados hasta la saciedad, coleccionados en libros, publicados de mil maneras por internet. Pero, sobre todo, lo que este autor ha conseguido con ellos es esquematizar como nadie la historia de la sociología, que es la historia de la humanidad. La joven que cachea al soldado, el pobre que mendiga un cambio, el revolucionario que lanza un ramo de flores, la niña que sujeta como si fuera un globo la ‘o’ de No Future… son lecciones de vida que ningún ayuntamiento se atreve a borrar. Pero antes de Banksy también hubo grafitis que marcaron una época. Por ejemplo, los de las protestas francesas de Mayo del 68, que llenaron los muros de las ciudades con mensajes como: La barricada cierra la calle, pero abre la vía. Por eso, con la que está cayendo en Santa Cruz y en el mundo entero, con la que se nos viene encima, me extraña que la epidemia de los tags chicharreros no haya evolucionado ya hacia un discurso claro. Hay algunas zonas altas de la ciudad donde sí se empiezan a ver pintadas que se acogen a la actualidad económica y financiera para defender su valía. Pintadas que podrían ser síntoma de que algo empieza a moverse en la sociedad, aunque sea muy tímidamente. Algunos llamarán a estos grafitis vandalismo. Pero ahora que la crisis ha desenvainado prácticas abusivas, desvergüenzas y frívolos hedonismos, habría que redefinir qué es ser un vándalo.

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