Lugares condenados

Todos los pueblos y ciudades que he tenido el gusto de tratar de tú a tú, con absoluta, abusadora y desinhibida confianza, tienen lugares insufribles y cargantes que yo evito cuando puedo. Esos sitios son como manías de viejos o caprichos de niños, como una mosca en la comida o una mañana sin café. Los pueblos y ciudades de los que hablo, sin excepción, son muy suyos y no tengo por qué aguantarles todo en todo momento. Así que sí, en cada uno de ellos hay lugares a los que me cuesta sonreír y, como los conozco de sobra, sé cuando no cogerles el teléfono. Por ejemplo, si tuviera que elegir un espacio condenado por mí en Zaragoza, señalaría el paso de peatones entre el Paseo de Pamplona y Gran Vía para cruzar hacia Sagasta en pleno invierno. Justo ahí, en ese punto, el cierzo coge carrerilla y mal humor y atiza tan fuerte que como la ropa no sea de cuero estás perdido. En esa encrucijada o te hielas o se te lleva el viento. Y yo, al pesar poco, siempre ando inclinada, poniendo algo de resistencia, con el orgullo herido y la cara cortada. Al igual que Zaragoza, Santa Cruz también entra en la colección. En este caso, el cruce de calles que me resulta incómodo es el de Valentín Sanz con Castillo, por la mañana y por la noche. Allí, de mañana me asaltan y de noche me inhiben. Desde luego podría soslayar este puerto, pero pagar precio por atravesarlo es lo más práctico que puedo hacer en días laborales. Mi problema es que al mediodía me cortan las prisas hordas de encantadores jóvenes de innumerables organizaciones no gubernamentales que buscan dinero para causas humanitarias. Y como cada día los ponen más guapos y animados, yo sufro mucho dándoles cortes y negándoles posibilidades. Luego cae la noche y vuelvo a pasar la frontera de camino a casa. Los bienintencionados ya no están y en su lugar se reúnen grupos de policías locales, que con las tiendas ya cerradas, parecen más relajados. Yo los veo al lado de los coches patrulla hablar entre ellos, con sus uniformes arrequintados, guaperas algunos, o eso me parece de reojo. Y no sé por qué me incomoda pasar junto a ellos. Son tantos en tan poco espacio. Además, siempre me hacen sentir sospechosa de algo. Pero ese es mi problema. Algo tendrá de verdad.

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