Desde los miradores

Mirador de Las Teresitas, Santa Cruz de Tenerife. Foto: Sol Rincón Borobia, hecha con IPhone.

Desde el punto de vista de un mirador, la vida es bella. Y precisamente para verla así suelo acudir a uno en concreto, fuera de Santa Cruz. Tan a menudo como puedo me cuelgo de él y paso un rato aniquilada por un bocadillo, que es como mejor se vive el momento. Yo comencé a asimilar perspectivas de altura no hace muchos años, cuando de novata me llevaron a probar Humboldt, Ayosa y Cruz del Carmen. Luego, ya con la inercia en quinta, seguí por mi cuenta y riesgo en claro ascenso hacia una nueva rutina. Los miradores ofrecen paisajes que crean expectativas de algo mejor, y eso relaja pulsaciones y amortigua ruidos. Y ya está. No hay mucho más que esto. Pero es suficiente. En Santa Cruz también subí a uno que me aconsejaron cuando empecé a vivir aquí: el de La Piconera, más conocido como el de Las Teresitas. En cuanto me lo situaron en el mapa, cogí coche y ganas y me planté de golpe en aquel lugar funesto. Espacio ruinoso, de eternas y oscuras ojeras. A mí me impactó mucho porque jamás había estado en un mirador que odiase tanto la vida. Así que me fui de allí y nunca volví. Hasta esta semana, que me ha dado por regresar y acercarme al borde entre cristales y basura. Este trozo de tierra abismal sostiene en equilibrio a la Playa de Las Teresitas en su mano derecha y a la Playa de Las Gaviotas en su siniestra. Juega así con el horizonte, situando al mar en primer término y a una parte de ciudad al fondo y a la diestra. Pero en cuanto cierras la ventana, el mirador se retuerce entre despojos de piedra y cemento, peligrosos recovecos y rincones malcarados y malolientes que apremian a los visitantes a que hagan la foto y se larguen cuanto antes. Las construcciones que aún se mantienen en pie están llenas de pintadas que piden a gritos revolución. Ahí está, por ejemplo, el subversivo de V de Vendetta. Hace once años que el propietario de todo aquello se puso en contacto con la Gerencia de Urbanismo para saber qué tenía que hacer para embellecer la zona y abrir un restaurante. Pero ahí se quedó el interés. O el dinero. O las influencias. O la especulación. Desde el mirador esas cosas no se ven bien.

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