La confianza en frío

A Carmen Perdomo le ha pasado lo que a muchos en esta vida: que se ha hecho mayor a base de confiar. Y la confianza, como no sea en uno mismo, es un mal depósito donde dejar los ahorros. Los 82 años de Carmen Perdomo visten de negro. Un negro mate, religioso, abrigado y largo. Un negro de pueblo español. Sus 82 años tienen arrugas, el gesto severo y las raíces en cana. En definitiva, Carmen Perdomo podría ser carne de un objetivo que yo me sé; del objetivo de Cristina García Rodero y su España oculta. Sin embargo, la imagen que me llega de esta anciana no es en blanco y negro, sino en color. En la foto, ella apoya su preocupación en una columna del Ayuntamiento de Santa Cruz, como si se tratara del único soporte que le queda para salvar su chiringuito de la Playa de Almáciga. Un negocio de bocadillos y refrescos que según Urbanismo no tiene licencia, pero que se le permitió abrir hace 30 años porque cedió unos terrenos a la capital. Y, así, una vez formalizado aquel trueque, Carmen Perdomo se volvió a su casa con la sensación de haber cerrado un acuerdo entre caballeros, un pacto de honor, una alianza para toda la vida, tan digna y sagrada como el luto que viste ahora. Sin embargo, la fianza que dejó como garantía de su futuro no daba para tanto horizonte de vida como ella creía. De repente, la competencia bajó a la arena con licencias, permisos y denuncias, y consiguió quebrar de un plumazo la poca autonomía de esta mujer. Ahora, achicada por las circunstancias, la octogenaria se dedica a resolver papeleo en el Ayuntamiento, a ver si evita la quema de los cálculos que tenía hechos para pasar el invierno. Desgraciadamente, no se da cuenta de que el nuevo mundo se paramenta con atavíos hechos a base de patrones que poco tienen que ver con los que conoció en su juventud. Por este motivo, a no ser que se le encuentre una alternativa de última hora, Carmen Perdomo tendrá que recogerse, replegarse, encender un buen fuego, y contar a sus nietas la historia de cómo un día le dio por ponerse a confiar en frío, sin pensárselo dos veces.

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