San Andrés, ese gran país

Andaba yo a la caza del despiste, cuando de repente se me ocurrió que la mejor forma de perder la concentración que me punzaba era entrar en un bar del centro de Santa Cruz, de esos con aire acondicionado, rincones ahumados y cómodos asientos rojos o dorados, a elegir según el gusto. Nada más sentarme, se acercó una camarera de fácil querer a la que le pedí un café con hielo, un refresco del que, confieso, nunca abuso suficiente. Entre que me lo traían y no, me puse a ojear el periódico desde la 48 hasta la 1, una vieja manía direccional sin motivo conocido. En cualquier caso, para cuando llegué a la página 8, el café ya nadaba en su propia agua y yo me había despistado por completo de la lectura pensado en San Andrés, el barrio de Santa Cruz al que este año se le han dedicado los actos conmemorativos de la Gesta del 25 de Julio de 1797. En concreto, lo que me vino a la memoria es que un día San Andrés fue municipio, tuvo policía local propia, alcalde pedáneo, juzgado y registro civil. Miraba al mar de frente y pisaba playa e historia a cada paso que daba. Es decir, hubo un tiempo en que este pueblo fue grande y digno, de confiado y rápido caminar en progresión. Pero, no sé cómo, una noche de borrachera bastó para que a la mañana siguiente se despertara con resaca y eternamente anexionado con Santa Cruz, al más puro estilo Las Vegas. Ahora, muchos años después de la boda, la gente de San Andrés se reúne en torno al fuego y cuenta lo que pudo haber sido y no es. Por ejemplo, pudo haber sido castillo y fortaleza, batallas recordadas, museo al aire libre, senderos, plazas y parques, bancos y quioscos, jardines, calles y callejuelas de renombre, gran paseo marítimo, más playa, cultura. Pudo haber sido muchas cosas, incluso un gran país con casco antiguo y turistas japoneses. Pero no lo es. Cerré el periódico, cerré también San Andrés, y me dirigí a la barra a pagar, ya que aquel café me quedaba grande. Al menos había conseguido mi propósito: alejarme de un par de quebraderos de cabeza. Al final, la distracción me costó 1,60. Es decir, 90 céntimos más que en el bar donde me suelo ir a despistar cada día.

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