La renovación prometida

Yo no sé por qué motivo me cayó encima esta maldición. Precisamente a mí, que soy tan buena persona. De verdad que, por mucho que lo pienso, no me lo explico. Pero el caso es que cuando nací, nací de letras. Mi familia todavía anda alucinada, preguntándose qué hizo mal y revolviendo en el árbol genealógico. Sin embargo, no ha encontrado pistas. No hay papel ni tinta en los genes de nuestros antepasados. Tampoco mi madre pactó con el diablo juventud eterna a cambio de su primogénita. En definitiva, no hay nada que a mi gente le hiciera sospechar tal desgracia. Pero sucedió. Maldita desde la cuna. Condenada. Y, claro, ahora no me queda otro remedio que afrontar esta agonía con entereza. A veces, en privado, me imagino que llegué a este mundo sana. Que nací completamente de ciencias. Y, entonces, pienso en los miles de proyectos que podría haber convertido en beneficios y en las empresas bien calculadas con las que podría empapelar mi jubilación. Por ejemplo, si mi cerebro procesara números con facilidad y mi estómago hiciera buena digestión con la contabilidad, en lugar de literatura, en la Barriada de Nuestra Señora de Candelaria invertiría ladrillo, cemento y pintura. Estas viviendas de Santa Cruz, construidas en época franquista a razón de unos treinta y pico metros cuadrados cada una, se resquebrajan por dentro y por fuera. Se despellejan como animales muertos. Se entristecen hasta la depresión y palidecen hasta transparentarse. Es algo así como una hecatombe cuyo origen se remonta a tiempos de grandes leyendas e historias épicas en las que nada era lo que parecía. Épocas en las que cualquier buen gesto encerraba una traición. Y, así, empujados hasta el presente por este prólogo fantasioso, hoy tenemos a cientos de chicharreros ahogándose entre viejas paredes. Paredes de tres al cuarto que ya no aguantan más discusiones, ni reconciliaciones, ni celebraciones, ni siquiera el volumen de la televisión. Paredes en las últimas. Paredes que llevan años y años esperando la renovación prometida, la que nunca llega.

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