El dolor de un párroco

Le guste o no le guste, a Mauricio González, cura de profesión y de fe, le ha tocado en esta vida gestionar un gran dolor. Este calvario, de cocción lenta para acabar de fastidiar del todo y a lo grande, ha gritado tanto y se ha retorcido tantas veces en su larga pena, que ha terminado por agrietar la dignidad de cinco siglos de historia, que son los que sostienen la iglesia más antigua de la capital tinerfeña, la Iglesia de La Concepción. La última vez que vi a Mauricio González fue el pasado 3 de mayo, en la procesión del 518 aniversario de la fundación de Santa Cruz. El párroco, que empujaba discreción y obediencia a la sombra de la mitra y el báculo, miraba a ratos al frente y a ratos al  suelo. Y a mí, en ese momento, me pareció que Mauricio González era dos curas en uno. El que levantaba la cabeza con aire observador y mente atenta al protocolo se parecía mucho al eclesiástico de la iglesia matriz de la ciudad. Un cura de oraciones y confesiones, de bodas, bautizos y defunciones. Un pastor católico de misas de domingo. Pero, de vez en cuando, a Mauricio González se le despistaba la atención y lo veía como absorto, entregado a sus pensamientos, con la mirada puesta en el pavimento. Entonces, se asemejaba al otro cura, al gestor, al soldado, al preocupado, al cansado, al velador de una iglesia que se desintegra a los pies de las instituciones públicas, hace tiempo libres de escrúpulos. Y yo, mientras estudiaba a aquel párroco cabizbajo, me preguntaba en qué estaría pensando exactamente, si en la restauración con la que se le llenó la boca un tiempo a la clase política y que se quedó a medias, o en la reparación de los daños que causó la riada de 2002. Aunque me imaginaba que en nada en concreto, porque el dolor que le ha tocado en gracia es de dimensiones abstractas, como los grandes misterios de la vida. Que la iglesia con más historia de la capital lleve años acarreando enfermedad y vómito ante los que se dicen valedores del patrimonio de la ciudad es algo arcano, como de otro mundo. Incomprensible para la gente de bien, que es la que a base de donativos ha logrado reunir 240.000 euros para ayudar a arreglar La Concepción, y para vergüenza de los que luego se reservan los primeros bancos del templo en los actos solemnes.

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