Sinfonía de verano

Llega julio y Santa Cruz desinfla su agobio sin disimulo, hasta el punto de facilitarme el aparcamiento donde sea y cuando sea, sin cita previa ni papeleo. Es, sin duda, lo mejor que saco cada año de las vacaciones, que a mí, gustosamente, siempre se me resisten hasta septiembre. Y a la par de esta ventaja, este mes, como todos los julios de su vida, a la ciudad se le van cayendo por el camino ciudadanos, coches y ajetreos, que van a parar sistemática y sintomáticamente al polo sur de la Isla. Así, un fin de semana de puro verano, la capital es más pueblo que nunca, más silenciosa y pausada. La veo incluso perder peso y ralentizar su tensión sin esfuerzo alguno, porque ella, ante todo, es delgada y perezosa por naturaleza. Pero este mes de 2012, este en concreto, Santa Cruz es también un mes de altas temperaturas, de ausencia de festivales, del regreso de los niños saharauis que quieren disfrutar de la paz y las comodidades que no tienen en los campamentos de refugiados, de recortes económicos agravantemente aplaudidos por los verdugos y de tímidas quejas de sus víctimas. Este julio, que debería tocar una sinfonía a lo Rage Againts the Machine, suelta dulces notas amodorradas en los tendederos de su partitura, meciéndose y meciendo al personal que se deja llevar. Lo peor, es que la ciudad ha dejado de estar sitiada por la sociedad en el momento que más la necesita. Apenas una concentración rala a las puertas de la sede del Partido Popular en Santa Cruz. Apenas una cacerolada frente a la Subdelegación del Gobierno español. Apenas una lucha sin cuartel por las redes sociales, poderosas pero muy pulcras para considerarlas campo de batalla. En definitiva, el verano que debería pasar a la historia como el más protestón que ha visto nunca la ciudad, se va a quedar tendido en la playa, cogiendo sol, mirando el horizonte con cara de sueño. La obertura que yo esperaba después de los infames aplausos en el Congreso de los Diputados ha resultado ser un solo de flauta dulce. Al menos, la manifestación de ayer reavivó la perezosa esperanza que nos invade, ya que reunió a miles de personas, todas contra la mediocridad de un Gobierno carente de capacidad de pensamiento y decencia. Ahora hay que acabar de escribir la sinfonía que nos podría distinguir.

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