1.400 euros

Farola de Cortes (Navarra). Foto: Sol Rincón Borobia, hecha con Iphone 4.

De toda la vida, las clases de inglés y los alquileres de pisos se han anunciado en farolas plateadas de comprobado pedigrí y privilegiada ubicación. La mejor posicionada, la de más perímetro, la sobresaliente, era la que conseguía el anuncio. Recuerdo que en mi época de estudiante solía darme una vuelta por esos focos callejeros para ver qué había de nuevo. Y es que a veces no quedaba otra que tirar de las farolas para enterarse de arrendamientos, cursos, conciertos, teatros, charlas y fiestas de garaje. La cosa era así:
-¿ A qué hora toca el grupo de Susana?
-Uf, ni idea. Mira a ver si ya está puesta en la farola del patio.
Y, más o menos, de este modo nos movíamos por la información. Aunque, en realidad, más allá de un sitio donde apoyarme, poco necesité de esas farolas. Ni siquiera su luz. Su luz menos aún. Eso sí, para mi propio escarnio, he abrazado farolas, las he besado, y hasta me he dado algún que otro golpe contra su metal. Y no me acuerdo bien si he bailado a su alrededor, que también puede ser. Las farolas, como los troncos de los árboles, son soportes legendarios, los auténticos aguantadores de reclamos en mis tiempos universitarios. Lo que había a mano y lo único que siempre quedaba en pie. Hoy ya no me fijo en ellas. Pero debería, porque se rearman. En la capital tinerfeña ha aparecido un papel de auxilio pegado con celo a uno de esos soportes de los que hablo. En él, una familia se explica: Está muy necesitada. Debe 1.400 euros. Si no paga tendrá que abandonar su casa. Entre sus miembros hay una persona mayor. Acepta céntimos. Da igual uno que cinco. Lo que sea. De quien sea. Y a mí eso me ha dejado helada. Sobre todo por la redacción (mucho mejor que este resumen que he hecho a base de puntos) tan aséptica, desapasionada y fría del mensaje, al que sólo le falta la siguiente posdata: Esto es lo que hay. Una farola y mi miseria. ¿Me ayudan? Y en su desesperación, esta familia se pregunta si hay algún político, empresario o buena gente interesados en ayudar. Adjunta número de teléfono, número de cuenta y un gracias. Es el paroxismo de la impotencia, un apuro exhibido con decencia. Una carta demoledora.

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