Sin traje ni corbata

Como rareza, no hay nada más raro que ver a un tipo vestido de traje y corbata caminando por ciertas calles de El Toscal. Me refiero a esos tipos que se desenvuelven mal en territorio proletario, aireando ropajes de a mil la pieza como quien airea orgulloso sus equivocaciones. Yo, cada vez que me encuentro a uno por la zona, lo miro de arriba a abajo y pienso: este se ha perdido. Y aunque es posible que no ande más extraviado que yo misma, lo sigo pensando igualmente. Al fin y al cabo, cada barrio reconoce a sus forasteros y los asimila a su manera. Otra forma diferente de digerir el tránsito de los trajeados en rica seda es la que tienen otros muchos vecinos de astucia probada, que no creen en los despistes de cierta facha y que, cuando ven pasar una fortuna en ropa, simplemente recelan. Y es que en El Toscal, lo que hay básicamente es recelo. Por él han pasado especuladores, medidores de parcelas, contables de edificios en ruinas, engañadores y políticos de ocultas intenciones que, a base de escarmientos, han endurecido la confianza de los toscaleros. Y mientras dura este desfile, público o encubierto, el barrio envejece o se mosquea, o las dos cosas a la vez. Al oír ayer hablar así a un viejo del lugar, recordé el día en que me instalé allí, hace trece años. No había pasado ni una semana cuando me percaté de que aquel barrio era un paisaje de azoteas reventadas, gatos y cucarachas, grafitis, bellezas desgastadas y aparcar complicado. Luego, con todas esas primeras impresiones en mi cabeza, elaboré un resumen con fotos para amigos y familiares –que más que felices se quedaron preocupados y haciendo cuentas– y me dispuse a vivir mi vida en la calle San Miguel primero, y en la calle Santiago después. Hoy, cada vez que recibo correos de mis amigos preguntándome si ya me han subido el sueldo lo suficiente para cambiar de zona, me acuerdo de que tengo un asunto pendiente que aclararles. Ante todo, que El Toscal, como todo lo bueno, es de contenido complejo, de fácil querer, y de marcado carácter. Personalmente, no le deseo traje y corbata. Me lo imagino más sin tanto corsé.

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