Sin anestesia

De niña me quitaban las caries sin anestesia ni analgésico alguno. No por navarra, sino por desgraciada. Aclaro procedencia porque el consuelo a mis penas infantiles sonaba invariablemente así: ¡Vamos, que no se diga! ¡Una navarrica como tú! Tanto escuché esta frase que, con la tontería, pasé unos cuantos años pensando que haber nacido en Navarra era la catástrofe más grande de mi vida. Ya de mayor, cuando le pregunté a mi madre la razón de tan horrible tortura dental, me contestó que entonces era otra época, que los profesionales aconsejaban atacar a pelo cuando se trataba de dientes de leche y que, total, para un segundo que me iba a doler… Pero yo, lo único que saqué en claro de todo aquello es un enorme pánico al dentista, como mandan las buenas costumbres. Y justo así, con ese terror pegado a los talones, ayer hice mi visita quinquenal al odontólogo, deseando encontrarme con alguien con quien hablar en la sala de espera para distraer el miedo. Sin embargo, más que hablar, lo que hice fue escuchar. Es un hecho que el día a día en Santa Cruz está constantemente apuntalado por lo que cada uno piensa de la crisis pero, sobre todo, por lo que cada uno teme de la reforma laboral. Y es este temor el que aviva las conversaciones de los chicharreros en cualquier parte y a cualquier hora. Por ejemplo, y como digo, en la sala de espera de mi dentista, a las nueve y media de la mañana. Allí, un joven padre de familia explicaba a dos mujeres que, debido a la reforma laboral, ya no compra nada a plazos. Ni un sofá, decía. También ha aprendido a enfundar la cartera en situaciones que hace cinco años no hubieran sido motivo para recapacitar. Entre ellas, las comuniones de sus dos hijos. Aunque los niños tienen diferentes edades, este año han comulgado a la vez para evitar a la familia el gasto de otra ceremonia el año que viene. Poco a poco, su historia personal derivó en datos sobre el paro, los robos con violencia y los intentos de suicidio en la capital. Para cuando llegó a las pensiones, yo ya estaba deseando que saliera el dentista y me operara allí mismo sin anestesia ni miramientos. En resumen, es mejor acostumbrarse cuanto antes al dolor que nos espera.

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