Adiaforización

Hace tiempo que siempre me sale que no cuando desmiembro margaritas. No pasa nada. Era de suponer en estos tiempos. Además, estoy acostumbrada. Muy pocas veces me han dado el ok estas flores. Y no me quejo. Es más, lo entiendo: en lugar de con un por favor, les pido el sí arrancándoles los pétalos. Así, con tres bemoles. La verdad, tendría que terminar de una vez por todas con estas crueldades. Algunas ya las dejé atrás cuando superé la infancia, como arrancar las patas a las arañas para ver cuánto eran capaces de vivir con el cuerpo mutilado y, de paso, comprobar si a las extremidades arrancadas les quedaban reflejos para moverse un ratito más. También fui poco piadosa en batallas adolescentes, en las que las lágrimas ajenas me importaban un carajo. Pero eso quedó atrás. No sé cómo, un día te cae encima la reflexión y del golpe se te despierta la moral, la ética y la decencia y, entonces, todo cambia. Por ejemplo, te encuentras con un hormiguero y, en lugar de aplastarlo, te preguntas admirada cómo es posible que las hormigas soporten cuatro veces su peso. Es cierto que se trata de un despertar incómodo, como el pariente pobre que pide ayuda. Un despertar que exige decisiones, pero necesario para averiguar quién eres. Santa Cruz de Tenerife es ahora ese pariente, un arácnido al que le van quitando agarraderas. Y no lo digo por las playas, las carreteras y los otros proyectos que se quedan sin dinero estatal, sino por lo que va a venir, como una bala, directamente al corazón. Los ciudadanos de esta ciudad serán víctimas de una adiaforización cruel, que es la bandera de muchos políticos, afirmo que de la mayoría. Y eso resultará mortal para una capital que ya en su día estuvo bajo el yugo de la emergencia social, declarada por el anterior alcalde en 2009 y que duró hasta casi el estreno de 2011. Yo no veo bien el futuro de las gentes de Santa Cruz mientras dejen hacer y no hagan. No auguro buen cobijo para las pensiones, las prestaciones por desempleo y las ayudas sociales. Y por lo que a mí se refiere, no hacía falta que echara mano al término inventado por Baumann para describir lo que nos espera. Bastaba con imaginarme a los que nos gobiernan acogiéndose a estos versos de Góngora: Ándeme yo caliente y ríase la gente.

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