Plaza vigilada

Desde que el cubata es cubata yo siempre he podido justificar un buen puñado de noches de Bachillerato. Mamá, algo me han debido de echar a la coca-cola. Y mientras duró el chollo de esta verdad absoluta, duró también mi libertad. Es decir, poco. No hay madres tontas en este mundo. Años más tarde, con la llegada de mi independencia económica y, sobre todo, de la distancia geográfica, ya no tuve que excusar comportamientos de bar y pude zigzaguear madrugadas con la cabeza muy alta y los tacones en la mano. Pero todo eso ha quedado atrás, retumbando en callejones sin salida y pisos de estudiantes. Ahora ya no ejerzo.Me han alcanzado los tiempos de cenas con charla y vino. Cenas tranquilas con finales garantizados. Y precisamente a una de esas me dirigía el sábado pasado, cuando unos amigos señalaron hacia arriba en la plaza de la Candelaria para mostrarme una cámara de vigilancia de la Policía de Santa Cruz. La cámara es de impresión. Ultramoderna, diría yo sin entender de esas cosas. Algo así como un gran ojo de pez que alcanza metros por un tubo. Parecido a una larga farola ajena a las paredes, este brazo de la ley tiene sombra propia y es de los que quitan borracheras por decreto. De esta forma, de la noche a la mañana, la plaza de la Candelaria se ha convertido en zona vigilada, supervisada, casi cacheada, hostil. Y estoy segura de que los municipales esperan demostrar su eficacia el próximo 12 de mayo, con la manifestación internacional que tendrá lugar para relanzar el movimiento social 15M. Porque esa plaza es lugar habitual de quejas y reproches, de reivindicaciones, de eslóganes, de comunicados públicos, de manifiestos aplaudidos, de gestos contestatarios, de argumentos y de debates. Pero también es zona de esparcimiento, de paseos, de flirteo, de bailes de carnaval, de café en las terrazas, de casino y de copas. En definitiva, la cámara no es seguridad, sino incordio. Algo indecoroso y represivo. En cuanto la vi me entraron ganas de volver a beber cubatas y abordar cenas de retaguardia. Cenas donde no cabe el placer porque no sirven para otra cosa que para
coger fuerzas y resistir.

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