Si yo fuera tú

En la calle, hay coreografías peatonales tan incómodas como la vida misma. Una de las más molestas es la que surge cuando dos personas desconocidas se encuentran de frente y no saben por donde tirar, si por la izquierda o por la derecha, para no chocar entre ellas. Y ahí las ves, bailando como futbolistas en medio de un regateo. Otra de las desesperantes se suele dar al caminar por la acera más estrecha del puente Serrador, donde es difícil despejar trayecto si no es a base de patadas. En este caso, las personas se juegan el tipo adelantando por la calzada o, si no están para esas aventuras, meten tripa y ladean caderas para avanzar sin roces. Y hay muchas más. Infinidad de coreografías peatonales, ridículas por torpes. Pero yo me quedo con la primera. Es la peor de todas, sobre todo para quien viene de calle abajo, dirección calle arriba. Entonces, tener que parar en seco y echar unos pasos de bailes involuntarios, repetidamente obstaculizados por el otro y amenizados con lánguidas sonrisas, duele mucho. Menos mal que yo ya no salgo relajada a la intemperie y tengo esquinazos para dar y regalar. Precisamente debido a esta habilidad, no me ha cogido por sorpresa la decisión de la Concejalía de Cultura de reservar para las autoridades 16 entradas gratis por cada actividad que se realice en el Teatro Guimerá. De hecho, en cuanto Alternativa Sí se Puede propuso que cada edil desembolse la guita si quiere ver espectáculos, como cualquier hijo de su madre, no tardé nada en ver a Cultura dar la vuelta a la esquina. La divisé desde lejos, contoneando intelecto y aspirando aires vetustos, de los de palco y pleitesía. Si hace mucho que quedó trasnochado reservar los mejores asientos, y por la jeta, a los que más tienen, en plena crisis y con tantos chicharreros en paro habría que dar la puntilla a esas prácticas aunque sea por vergüenza. Pero no. Cultura bajaba despacio la calle, a su rollo, y cuando se encontró con la iniciativa de Sí se Puede, con un rápido juego de piernas, sin consentir ni una mínima coreografía irritante, un amago, un disimulo de lo intento por aquí y lo intento por allá, la sorteó con gracia y siguió su pasarela. Cultura, si yo fuera tú, repartiría las entradas entre padres en paro que no pueden llevar a sus hijos ni a una triste obra de teatro. Y pasando del palco.

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