Amarras

El Correíllo La Palma pudo haber sido rescatado de su deriva hace muchos años, si hace muchos años hubiera habido gobernantes de avispado despertar y presteza compulsada. Incluso pudo haber disfrutado de un retiro de paseos por la mar e historias de viejo, si hubiera acabado encallado en lares más propensos a la crianza del patrimonio. Sin embargo, al correíllo le sobrevino la jubilación en aguas de política canaria, que no deja de ser una mala suerte de narices para ciertas cosas. Y no hay cosa más ceniza que la vida misma. Así que, transcurrido un buen trozo de tiempo desde su baja forzosa, y después de ir de mano en mano sin un timón de pulso firme que pusiera rumbo fijo a refugios seguros, este buque acabó en el puerto de Santa Cruz de Tenerife, donde peina canas en espera de su restauración. Yo no tengo nada que contar sobre viajes en barco porque en cuanto piso cubiertas pierdo la compostura, algo de consciencia y todo lo comido y pagado. Sin embargo, aún me alcanza el parecer para dejar escrito que este navío coetáneo del Titanic se merece cuerda para más que un rato. Y aunque sé que este mandamiento va contra la manía generalizada de desemplear a los mayores de 40, apuesto a que el centenario correíllo todavía podría ser rentable como museo flotante, altar de bodas, escenario de películas, excursiones con aperitivo, atracción turística, biblioteca naval, laboratorio de investigaciones, taller de prácticas, objeto de concursos, orgullo de canarios. Tras haber sido elemento imprescindible para las comunicaciones entre las islas, rescatador de naufragios, aguador en épocas de sequías, transportista de la descolonización de África, y testigo de tantas historias como cartas y pasajeros llevó a lomos, este barco desborda méritos suficientes como para haber sido restaurado hace una eternidad, cuando la crisis todavía no era un diagnóstico. Pero se dejó para más tarde, y resulta que ahora es tarde confirmada. Me temo que a este correíllo le quedan muchos ocasos más que ver desde la orilla, después de toda una vida de servicio. Desde luego, la cosa tiene amarras.

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