Arboles caídos

Una ciudad se hace querer cuando sorprende. Si no, es una más del montón. Una, pudiendo ser la única. Lo inesperado, si es bueno, es genial. Y Santa Cruz tiene esos detalles. Esta capital, como objeto y sujeto, de vez en cuando hace que la mire con otros ojos. Sobre todo, porque lo hace sin querer, sin darse cuenta. Y eso es grande, algo auténtico, casi sagrado. Es más, en esos casos es mejor callarse, dejarla estar, no sea que vayamos a fastidiar el invento. De verdad que toda precaución es poca para evitar pifiarla como con los paisajes de Anaga, que desde que se descubrió su belleza, el cinturón de castidad que les han colocado los que piensan por todos aprieta tanto que apenas pueden respirar. Con esa especie de cilicio sujeto al macizo como imán a la nevera es imposible avanzar hacia una reconciliación entre los políticos que creen hacerlo bien -o eso les han dicho los técnicos mientras les ponen los protectores bucales y les azuzan a la espera de que suene otra vez la campana– y los habitantes de esa zona, que quieren cultivar y tener vistas verdes, no secas. Los jóvenes de Anaga se quejan de que si crece un árbol en su huerta, ya no es huerta sino monte y, por lo tanto, no pueden cultivar. Se lamentan porque si cae un árbol en mitad de un camino no se puede mover por ser una caía natural, una costalada deseada por los dioses y las hadas de Titania y Teseo, un derrumbamiento tipo ¡qué se le va a hacer! ¡resignación! Y así está, por ejemplo, el Camino de Las Vueltas, un camino real amenizado con árboles desmayados por aquí y por allá, que han perdido las ganas de vivir y en su depresión impiden a los vivos moverse sin tropezar. Las gentes del macizo advierten además de que no pueden festejar con Anaga, si no es a escondidas, como si fueran niños con mecheros en la mano. Y esta prohibición del toqueteo, del roce, impide la regeneración del verde, que ya coge tintes marrones y fastidia la vida allí. Eso dicen, y si dicen bien, la cosa pinta mal. Los viejos de lugar también lo confirman. Juegan en su campo. Por eso, aunque iba a contar algunas sorpresas de las que Santa Cruz da a veces, mejor me callo y sigo a lo mío, que es comenzar la semana.

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