El extravío

No recuerdo la primera vez que me perdí en esta ciudad, pero alguna tuvo que haber. De eso estoy segura. Es lo normal cuando se estrenan calles y carreteras, no conoces ni a Dios y las indicaciones que te dan son zurdas por mucho que la tramontana sople a la derecha. Sin embargo, no consigo recordar ese extravío. Supongo que no me impactó mucho. Al menos, no como aquella vez que me hice un lío en el irlandés Tramore y acabó pillándome la noche más oscura y solitaria que he conocido en mi vida, con bruma y todo, incluida en el paquete una iglesia con cementerio al aire, con el que me daba de bruces una y otra vez por mucho que intentara alejarme de él. Gracias que apareció un chico por allí, tan pancho, al que agarré de pensamiento y le grité, también de pensamiento, que o me llevaba a la casa de la familia Proudman, donde yo vivía, o lo mataba ahí mismo, que tumbas había un rato largo. Pero en Santa Cruz nunca me he extraviado de esa manera. Tal vez por eso no lo recuerdo. Lo que sí me viene a la memoria sin esfuerzo es alguna que otra respuesta irónica de callejero. Por ejemplo, cuando uno de mis primeros días en la capital pregunté a una pareja que por dónde quedaba el paseo marítimo. “Sigue calle abajo, sigue y sigue, y cuando vayas a caerte al mar, para. Habrás llegado”, me dijo él, que ella sólo sonreía. Creo que yo también sonreía, aunque mi sonrisa no era una copia exacta de lo que pensaba del tipo en ese momento. A pesar de eso, obediente, bajé la calle Castillo, pasé la plaza de la Candelaria, sorteé los coches aparcados en la plaza de España, crucé la carretera desde un lateral del Cabildo y, aún así, todavía me quedaba un buen tramo para poder caerme al mar. Pensé que por muy perdida y despistada que anduviera, en esa ciudad era imposible tragar sal. Por eso, cuando meses más tarde conocí el proyecto de los suizos Herzog y De Meuron para reconciliar la capital tinerfeña con el Atlántico, me pareció algo grandioso, una novedad para enmarcar, de buena firma y ortografía. Pero ahora, doce años más tarde, peligrando la financiación, las ganas, las buenas ideas y demás, ya no espero nada facturado en Basilea. Y si algún turista perdido me pregunta por el mar, yo como si no lo entendiera. Aquí lo que se come es encallado poco hecho.

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