El arte

De toda la gente que acudió a la gala de los premios Goya, sólo una persona, un hombre, me llamó la atención. En cada plano general que ofrecían las cámaras de televisión lo veía sentado en primera fila, atento al escenario y al lado de su mujer, que es actriz y el motivo de su presencia allí. No era la primera vez que me fijaba en él. Me interesé por François-Henri Pinault hace tiempo, cuando estaba al mando de la fnac, donde tantas horas he pasado hojeando libros. Pero el flechazo no duró mucho y al poco tiempo dejé de seguirle la pista para fijar mi curiosidad en su padre, un empresario que dejó los estudios muy joven, se puso al mando de un negocio de maderas y hoy en día es uno de los magnates de lujo más poderosos. Sin embargo, no es precisamente esa faceta la que me atrae de su historia, sino su perfil de coleccionista de arte. Posee una de las mejores colecciones privadas que existen en el mundo, en la que destacan obras de Rothko, Fontana, Koons o, por poner algún español, Joan Miró. La poca información que tengo sobre él me vino a la cabeza al ver a su hijo en la gala de los Goya. Desde ese momento, todo fue cuestión de una asociación de ideas que llevó mis pensamientos hasta Santa Cruz. La concatenación fue más o menos así: Pinault hijo–Pinault padre–colección de arte–Joan Miró–parque Viera y Clavijo–La femme bouteille–grandes firmas que hay en la ciudad mal conser- vadas. Así, tirando del hilo, comencé a pensar en la escultura de Chirino, mutilada por el Ayuntamiento, y también en la Femme bouteille, una escultura declarada Bien de Interés Cultural de Miró, tan deteriorada que la fundación del artista ha tenido que pedir que la restauren. Sin duda, en la capital tinerfeña hay grandes firmas. Ahí están Henry Moore, Óscar Domínguez o Xavier Corberó, cuyas obras nunca están suficientemente bien cuidadas. Aún recuerdo la primera vez que creí que el Ayuntamiento se equivocaba con su gestión del arte; fue cuando renunció al conjunto escultórico del japonés Kan Yasuda. Las piezas estuvieron más de dos años en un contenedor, a la espera de una ubicación que nunca llegó. Finalmente, fue el propio artista el que decidió llevárselas a otro lugar, a Garachico, ciudad que ahora está en innumerables páginas web gracias a esa obra.

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