Con la puerta en las narices

Yo no aguanto 24 horas sin dormir. Ya no. Ni por una apuesta, ni por orgullo, ni, en general, por nada. Una o dos veces al día necesito colgar el cartel de no molestar y portear mis asuntos a otra dimensión. Por eso, la iniciativa que prepara el Ayuntamiento de Santa Cruz no es para mí. Y no sólo por lo que he dicho, sino también porque no tengo suelto para tanto gasto. Así que, si finalmente el Ayuntamiento reparte las invitaciones para el estreno de Hoy no cerramos, ya me contarán al día siguiente cómo fue todo. Ya leeré la crónica de turno y repasaré titulares. Ya preguntaré por ahí cuántas cotufas se vendieron y si mereció la pena pagar por entrar. Mi experiencia con los ‘abiertos 24 horas’ siempre ha sido insatisfactoria y al final todos han terminado por darme con la puerta en las narices. Por ejemplo, la tienda de alimentos y bebidas que inauguraron bajo mi casa se llamaba, precisamente, 24 horas. Pero, a pesar de la intención, siempre acababa apagando luces y bajando persiana. Algo parecido me ocurrió con el TEA. Cuando me enteré de que la biblioteca municipal iba a abrir todos los días de sol a sol, me alegré. No porque tuviera la necesidad de ir a leer a las cuatro de la madrugada, sino porque pensé que sería bueno para los estudiantes sin hueco ni silencio en sus casas, y también para los que andamos escasos de tiempo y sólo podemos acercarnos los sábados y domingos a secuestrar algún libro. No obstante, tampoco en esta ocasión tardé mucho en oír el portazo. El 24 horas de esta biblioteca es parcial. Los fines de semana no tiene servicio de entrega ni recogida de libros prestados y, en cuanto al resto de la semana, termina a las siete de la tarde. En definitiva, no sé si las tiendas, los bares, los restaurantes y, en general, los ciudadanos de Santa Cruz querrán seguirle el juego al Ayuntamiento en esto de abrir todo el día dos veces al año, pero no creo que funcione. Me da que para esta clase de proezas hay que tener la bolsa llena, la piel curtida y los músculos entrenados. Al fin y al cabo, ciudad que nunca duerme solo hay una, según cantaba Frank Sinatra.

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