La rana

Voy a contar una historia que ocurrió hace años y que me viene a la memoria cada vez que la ciudad elige reina y la fiesta toma la calle. Se trata de una historia real y la abordo sin adornos ni exageraciones. La narración, prometo, viene con la cara lavada. Antes que nada tengo que decir que yo no la viví. Ojalá lo hubiera hecho. De haber sido así, tendría risas para años. Cuando me la contaron era nueva en la ciudad y en el horizonte ya se divisaban las siluetas de las comparsas y las murgas. Es decir, mi primer Carnaval chicharrero se me venía encima y yo no manejaba habilidad alguna sobre esta fiesta. Por si acaso era necesario algún consejo, pregunté a un amigo que cómo era la cosa.

–¿Quieres saber cómo es el Carnaval aquí?

–Claro.

Y, entonces, me contó lo siguiente:

Un día de amanecida, tras una noche carnavalera sin pegar ojo, él y un amigo subían la calle El Pilar y se encontraron con una pareja de Las Palmas de Gran Canaria que llevaba el mismo camino. Como en estas fiestas las amistades se forjan en cuestión de segundos, enseguida abrieron conversación. La chica y el chico de la otra orilla confesaron que habían venido al Carnaval de Santa Cruz porque les habían dicho que había buen rollo, pocas peleas y mucha diversión. Se quejaron, de paso, que el de su ciudad se había convertido en territorio comanche y que ya no estaban para esas guerras. Hablando, hablando, los cuatro llegaron al parque García Sanabria, donde la pareja visitante les preguntó si de verdad había tan buen ambiente en la fiesta de Santa Cruz. Pero justo en el momento en que los chicharreros iban a responder, algo se movió entre unos arbustos. Sorprendidos, pararon en seco y entornaron los ojos para enfocar mejor. No hizo falta indagar más. Un tío disfrazado de rana, agachado como una rana, completamente mimetizado con la vegetación, les miraba desde el suelo más serio que un muerto. Tras unos instantes de parálisis general y silencio sepulcral, la rana, pasada de vueltas y curada de espanto, abrió la boca y habló.

-Croak, dijo desganada.

Y así terminó mi amigo la historia. Yo pensé que si el Carnaval se vivía de esta forma, me iba a encantar. En cuanto a los grancanarios, no necesitaron saber más. La fiesta pintaba bien.

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