y altivos elfos (los de orejas puntiagudas, ¿cuáles si no?, no hay otros). También veo a un enano con prisas; no uno de las montañas, sino uno de las colinas. Va con el ceño fruncido, refunfuñando. Pero, para se sincera, ¿cuándo no refunfuña un enano?, ¿tal vez cuando duerme? ¡Qué va!, incluso dormidos los enanos no dejan de gruñir. Aún así, dan ganas de cogerles de los mofletes y besarles. Son adorables.
¿Qué más veo desde el balcón de mi hotel? ¡Ah, sí!, dragones. A eso iba, a que veo dragones. Algunos son rojos. Otros, azules. También los hay de color bronce y cobre. Pero los más molones son los dorados y los plateados. No sé qué hacen en esta parte del mundo, pero es una maravilla verlos volar sobre los tejados de la ciudad. He intentado sacarles fotos para colgarlas en mis redes sociales y presumir de vacaciones, pero no es posible obtener una en condiciones. ¡Se mueven tanto y tan rápido! Y aunque pasan cerca de mí, cuando luego miro las fotos que he hecho con el móvil se ven lejísimos. Lástima. Si tuviera aquí mi Nikon y un buen teleobjetivo… ¡ibais a alucinar!
Los descubrí muy temprano, como a las seis de la mañana, justo cuando estaba anotando unas ideas para un guion de videojuego que quiero escribir. Al principio, no podía creerlo. ¿Qué hacen unos dragones tan lejos de su hogar?, ¿debía tener miedo?, ¿iban a atacar?, ¿tenía que llamar a la policía? o, mejor dicho, ¿a los bomberos? Luego, al comprobar que no tenían intención de hacerme daño, dejé de hacerme preguntas y comencé a disfrutar.
En el balcón de la habitación de al lado también había alguien que había madrugado y que se lo estaba pasando mucho mejor que yo: un kender. Ya sabéis, ¿no?: bajito, como todos los kender; con orejas puntiagudas, como los elfos; y con cara de no haber roto un plato aunque a lo largo de su vida haya hecho añicos muchas vajillas. Lo vi saltar de emoción y, cinco minutos más tarde, ya estaba saliendo por la puerta del hotel gritándoles a los dragones: «¿puedo montar encima vuestra?, ¿puedo?».
Yo no llego a tanto. Prefiero verlos volar desde el hotel. Es que me mareo con facilidad y luego lo paso fatal todo el día, con el estómago revuelto y muchas náuseas. Además, al ver al enano, al kender, a los elfos y a los dragones, he sido víctima de un rayo de inspiración y se me han ocurrido varias cosillas para el guion que tengo en mente. Así que me he sentado y me he puesto a escribir y escribir y escribir y escribir. Hasta ahora, que he creído conveniente compartir con el mundo que desde mi hotel veo dragones.
Posdata: Gracias al profesor Rubén Carretón Márquez por recomendarme algunas de las novelas de «Dragonlance» y «El elfo oscuro» para estudiar a sus personajes y enriquecer así mi guion de videojuego. Además, me he entretenido mucho leyéndolas una tras otra sin parar.